Misión
misionero en formación PDF Imprimir E-mail
Por: Eloy Rogelio Díaz Beltrán
 
Soy Eloy Rogelio Díaz Beltrán, natural de la región de Arequipa. El gusto por la misión lo adquirí de los Misioneros de San Pablo, cuando conocí la labor evangelizadora que realizan en mi zona.
En un tiempo no llevaba una vida muy cercana al Evangelio y radicaba en Lima. Cierto día recibí una invitación para acompañar a unos niños en una zona donde abundaba la drogadicción, el alcoholismo y los problemas de índole familiar. Sólo con lo básico de mi fe tuve que hacer frente a sus preguntas. Esta experiencia me motivó a conocer un poco más de mi religión.
De regreso a Arequipa ingresé en un grupo juvenil con la intención de mejorar mi vida personal y conocer más de mi fe. Más tarde recibí una invitación para pertenecer al movimiento misionero «Jóvenes Sin Fronteras», de las Obras Misionales Pontificias. Puedo decir que dentro de este grupo me entregué a la labor apostólica y dediqué gran parte de mi tiempo a diferentes actividades, siempre en contacto con personas con hambre de Dios.
El trabajo en las zonas alto andinas hicieron que me acercara más y más al Señor para llenarme de él y poder compartir mi experiencia con los demás. Y después de participar en encuentros y congresos misioneros locales, nacionales e internacionales, recibí una invitación de los Misioneros Combonianos para asistir a una jornada vocacional. Luego de conocerlos me sentí identificado plenamente con su misión. Entonces me dije: ¡Esto era lo que yo buscaba!
Ahora, después de cinco años y algunos meses de formación de base (tres años y medio en el postulantado de Lima y dos en el noviciado de México), reafirmo mi vocación específica como «hermano» comboniano y voy a continuar mis estudios de Teología en Colombia.
Elegí la vocación de «hermano» a raíz de la poca o ninguna labor apostólica en las zonas alejadas, donde no hay presencia de agentes pastorales. Anhelo llevar el mensaje de esperanza evangélica a los lugares de primera evangelización, al estilo de nuestro santo fundador san Daniel Comboni y de acuerdo al mandato que nos dejó nuestro Señor Jesucristo.

 

 
«Aquí me tienes, mándame a mí, Señor» PDF Imprimir E-mail
Hna. Maricela Reyes Estrada
 

Mi camino misionero inició en un momento en el que me preguntaba qué iba a hacer de mi vida. Las respuestas en mi interior eran muchas y las personas me decían «aún tienes tiempo», pero para Dios no era muy pronto y poco antes de cumplir 15 años tuve un encuentro con Jesús que marcó mi vida; desde ese día le pregunté: «¿En qué te puedo servir, Señor?»

Yo era catequista de niños en mi parroquia y asistía al grupo de adolescentes. Por no faltar, gané un lugar en el Congreso de la Infancia y Adolescencia Misionera. Allí, además de encontrarme con niños y adolescentes de varios estados de México, me impresionó comprobar que la vida misionera era real, que de verdad había personas que se dedicaban a llevar el mensaje de Jesús.
Un día, antes de regresar a casa, entramos a una exposición donde había afiches de misioneros y misioneras en África; el rostro de los niños me impactó, pedí información y la hermana me dio un boletín de las Misioneras Combonianas. Tardé un año en escribirles y seis en ingresar a la comunidad.
El mayor de mis miedos era salir de casa, de mi estado, y ni pensarlo del país. Pero, ¡oh sorpresa!, para entrar a la formación misionera tenía que hacer una experiencia en Guatemala. Lo que me hizo dar el paso fue el deseo de ir más allá, adonde Dios me quisiera enviar.
Después de dos años de postulantado fui invitada a salir de nuevo, ahora a Ecuador, para hacer el noviciado. El primer año trabajé en Fuente de Luz, un asentamiento donde las condiciones de vida no eran las mejores y la realidad de pobreza y escasez se veía decorada por las sonrisas de los niños que nos recibían contentos y acompañaban por el camino.
La mayoría de adultos eran absorbidos por el trabajo o sus ocuapaciones, así que visitábamos a las familias, compartíamos con ellas la Palabra de Dios y lo que quisieran conversar. Poco a poco nos dimos cuenta que lo más importante era nuestra presencia y ser hermanas entre nosotras, también éramos una conexión entre la parroquia y ellos.
El segundo año tuve la gran oportunidad de conocer a un grupo de jóvenes afroecuatorianos. Fue mi primer contacto con ellos y quedé muy contenta. Era una agrupación dinámica, que pronto demostró sus iniciativas y liderazgo.
En el noviciado se comparte con una comunidad de hermanas por dos meses, yo fui destinada a Colombia. Entre ir a la animación misionera los domingos, compartir con los adolescentes y asistir a un grupo de oración mariana, descubrí que así como hay huellas de dolor también hay un aliento de esperanza, una fuerza que hace levantarse y que todo cristiano tiene que buscar y detectar, como María Magdalena que encontró entre los muertos al que estaba vivo.
Mi profesión religiosa fue el 13 de septiembre de 2009 en Quito, Ecuador. En esta nueva etapa de mi vida consagrada a la misión veo que el desplazamiento de personas es cada vez más común, la gente sale de su país por distintas situaciones. Yo he salido con la certeza que Dios me envía para mostrar su rostro.
Ahora estoy en París aprendiendo el francés y también participo como voluntaria en una institución que acoge a personas de la calle, la mayoría extranjeros, para darles de comer y ofrecerles un lugar donde dormir. Aunque no puedo comunicar mucho con la palabra, los pequeños gestos y la acogida son lo principal, lo importante es darles la dignidad y el respeto que se merecen.
Mi destino final es la República Democrática del Congo o Togo, dos países de África que tienen como lengua oficial el francés. Hacia allá está puesta mi mirada, con la certeza que en la vida misionera hay que ir con una mochila llena de cosas para compartir, pero también con el espacio suficiente para dejar que los otros te entreguen aquello que son, que tienen y que te quieren dar.

 
¡Pero si eran normales! ¿Qué les pasó? PDF Imprimir E-mail
Por: Abba Mikael

Durante mi visita a un grupo de jóvenes en una parroquia de Lima, se me acercó el coordinador, a quien ya conocía, y me dijo: «Padre, ¿te acuerdas de Rosita?» Le dije que sí y le pregunté: «¿Qué le ha pasado, que hoy no la veo?» Me respondió con una mezcla de tristeza y alegría: «Se fue al convento». Luego me volvió a preguntar: «¿Y te acuerdas de Toño, el palomilla del grupo?» Otra vez le contesté que lo recordaba bien y me contó: «Se fue al seminario». Enseguida añadió: «¿No sé qué está pasando, padre? ¿Quién está mal, ellos o yo? O es que la vida religiosa se está haciendo fashion».

Ya con el grupo y con más calma, retomamos el tema de la vocación, de la llamada y del servicio, tratando de entender qué había hecho que estos dos jóvenes «normales» decidieran cambiar de vida e ingresar en una congregación religiosa. Mucha gente se cuestiona: «¿Qué hace que un joven deje todo lo que aparentemente tiene y ha logrado en la vida, para entregarse totalmente a Dios en el servicio a los demás?» No es fácil comprender el porqué, por mucho que nos lo preguntemos. Lo que sí sabemos es que seguir a Jesús no es opcional porque cuando él llama, lo hace con nombres y apellidos propios; y su llamada está impregnada de radicalidad, o sea, no podemos responderle a medias porque ser mediocre no nos ayuda ni ayuda a los demás.
Desde el momento en que vivimos en una sociedad cargada de egoísmos, envidias, rencores y odios, necesitamos jóvenes valientes y generosos que decidan dar testimonio de «otra» realidad, completamente nueva y distinta. Quienes estamos en contacto con grupos juveniles, nos damos cuenta de que una de las principales causas por la que muchos de nuestros jóvenes abandonan la Iglesia, es la falta de un testimonio que manifieste el amor.
Con frecuencia nuestras comunidades cristianas son campos de batalla donde nos enfrentamos unos con otros. Esto ciertamente es un obstáculo para que muchos jóvenes acepten la llamada de Jesús. Sin embargo, en cierta medida el conflicto es necesario porque nos ayuda a crecer, a valorar y respetar las diferencias, a aprender a ser tolerantes. Hacen falta jóvenes que quieran ser llenados por la fuerza viva de Jesús para convertirse en instrumentos de evangelización.

¡Con Jesús no hay medias tintas!

Muchos jóvenes con los que converso me dicen que quieren ser misioneros; pero a la hora que les hago la propuesta concreta de seguir a Jesús, desaparecen o dejan de escribirme. Esta situación trae a mi mente al joven del Evangelio que le dijo a Jesús que primero le permitiera enterrar a su padre para luego seguirlo; a lo que el Señor le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (Lc 9,60). Lo que quiso decirle, en términos modernos, fue: «No pongas pretextos, no te justifiques. Si tú quieres, puedes dejarlo todo y seguirme».

Entonces, ¿quiénes son los que siguen a Jesús?

Los que deciden seguir a Jesús en la vida sacerdotal o religiosa no son súper hombres ni súper mujeres. Son jóvenes en busca de un ideal mayor, que aparentemente no entra dentro de los parámetros de la «vida normal», que dice: ¡Vive el presente!, ¡vive la vida loca! ¡Disfruta lo más que puedas, sin importar lo que pasa a tu alrededor! ¡Vive el hoy porque el futuro no existe! Frente a estas afirmaciones, vale la pena preguntarse: ¿A dónde lleva todo esto?
Los que seguimos a Jesús buscamos al Dios verdadero, que es el Dios de la Vida, el Dios que se identifica con el que sufre, con el que menos tiene; el Dios que invita a la construcción de una sociedad donde la justicia, la solidaridad y el amor se vivan y se practiquen en contraposición a una sociedad que se alimenta morbosamente del egoísmo, del rencor, de la envidia y del odio. Estos antivalores sólo llevan a la muerte y a la destrucción. Tú, ¿de qué lado te pones? ¿Qué dirección quieres darle a tu vida? La respuesta es tuya. «El Dios de la Vida te espera». 

 
Semillas de Fe PDF Imprimir E-mail
Desde Buenaventura (Colombia): Hna. Monserrat García, misionera comboniana

San Daniel Comboni amó África por ser el continente más pobre. Hoy sus hijos e hijas seguimos amando a los africanos dondequiera que se encuentren. Por eso muchas de nuestras misiones en Ecuador y Colombia están insertadas entre los pueblos afrodescendientes. Los días de Semana Santa, precisamente, la hermana Feliza Quiñones y yo tuvimos el privilegio de trabajar en la misión comboniana de Buenaventura, una «pequeña África» enclavada en la costa del Pacífico, al suroeste del suelo colombiano, que cuenta con 500 mil habitantes.
La parroquia Nuestra Señora del Carmen está en la periferia más pobre de la ciudad, tiene cinco barrios con seis mil habitantes, de los que la mayoría de hombres trabaja en el puerto en la carga y descarga de productos que se exportan e importan a Estados Unidos y otros países del continente. Muchos de ellos han venido de las zonas rurales, desplazados por la guerrilla o los paramilitares. Las viviendas, construidas con tablas y techo de lámina, son muy pobres. Excepto la carretera, las calles son de tierra y piedra, así que en tiempo de lluvia son muy peligrosas porque el camino se pone resbaloso.

Evangelización en Semana Santa

Trabajar en la evangelización en esta zona es difícil, empezando por el espacio físico: hay tres templos evangélicos y ninguna capilla católica, lo que indica que aquí son pocos los practicantes de nuestra fe. Comenzamos por impartir la catequesis y las celebraciones en una casa prestada o al aire libre, cuando no llovía. Al ver que los niños participaban, dejamos de lado los temas para adultos e improvisamos juegos, dinámicas, teatro y cantos. Con razón decía Jesús: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mc 10,14). Estos pequeños, como todos los del mundo, son inteligentes, alegres y receptivos, aprenden rápido; lástima que la educación que reciben en las escuelas sea deficiente y la mayoría de ellos no termine la primaria, por lo tanto tienen pocas posibilidades de superarse.
Durante el Vía crucis y la Vigilia Pascual se nos unió más gente, que después agradeció nuestra presencia pues hacía cinco años que no la visitaba ningún obispo, sacerdote, religiosa o ministro de la Palabra en este tiempo litúrgico. Claro que en siete días no se «pueden hacer milagros», pero nos contentamos con haber sembrado semillitas de fe, alegría y amor; el Espíritu Santo se encargará de hacerlas crecer y florecer.
Me despedí de la gente con el deseo en mi corazón que experimente la presencia de Jesús resucitado en su vida, para que sea signo de esperanza, paz y alegría para cuantos la rodean.  

 
Proteger la vida PDF Imprimir E-mail
Desde Garagos (Egipto):
Hna. María Villar Sesma Gómez, misionera comboniana

Nuestra realidad en los pueblos del Alto Egipto es muy precaria y la mayoría de las enfermedades que tratamos son provocadas por la falta de higiene y de una sana alimentación. Los numerosos casos de quemados por accidentes domésticos, sobre todo de niños, son algo con lo que nos enfrentamos un día sí y otro también.
Frente a esta realidad, desde hace cinco años las misioneras combonianas llevamos adelante un proyecto de formación de «Medicina y Prevención» para jóvenes del Alto Egipto, con la ayuda de la asociación «Curar con Amor». Con la formación que les brindamos pretendemos que ayuden a cambiar la sociedad. Es una gota de agua en el océano, pero en el tiempo que llevamos realizando estos cursos se han formado 45 chicas de distintas partes de Egipto.
Todos los años las reunimos durante un mes en Garagos para que reciban una buena formación humana y sanitaria y hagan prácticas en el dispensario. Cuando terminan el curso reciben un diploma de la Asociación «Curar con Amor», reconocido por el gobierno. Este documento las capacita para ser promotoras de salud y les permite trabajar en centros sanitarios o asistir a enfermos en sus domicilios. Después, durante el año escolar les ofrecemos cursos de formación continua sobre diferentes temas que les permiten aumentar sus conocimientos.
El año pasado fue un poco especial. Quisimos premiar a las jóvenes que habían participado en diferentes cursos en años anteriores, ofreciéndoles la posibilidad de asistir a un cursillo donde revisaran todo lo aprendido, afrontaran temas nuevos y, sobre todo, aprendieran una metodología para poder transmitir estos conocimientos a los demás.
El curso se realizó en Alejandría, en una residencia de encuentros llamada  «Casa de la Paz», un lugar muy bonito al lado de la playa, que ayudó a las jóvenes a valorarse más a sí mismas y a sacar a la luz su gran creatividad. Las profesoras impartían sus lecciones, escuchaban y corregían ya que eran las chicas las que tenían que poner en práctica lo aprendido y enseñar a otros. A través de carteles y cantos compuestos por ellas mismas, nos hicieron gustar la vida. No faltó la representación teatral, en la que escenificaron de forma gráfica y asequible para todos cómo prevenir las enfermedades y así evitar las causas que las producen.
Doy gracias a Dios por la oportunidad que me dio de acompañar a estas jóvenes para que sean promotoras de vida. Ahora hemos retomado con ilusión nuestro trabajo diario, con la esperanza de ayudar a mejorar las condiciones de estos pueblos. El programa de este año es intenso, me refiero al campo de la salud: atender a los enfermos que vienen cada día desde diferentes poblados y una vez a la semana continuar con el curso de formación materno-infantil (tenemos unas 20 mujeres con sus bebés). Como novedad hemos preparado a algunas jóvenes, que visitarán un par de veces al mes a las familias para enseñarles cómo prevenir los accidentes domésticos, sobre todo las quemaduras.  

 
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