Reflexión
Padre Enrique Sánchez González, superior general de los Misioneros Combonianos PDF Imprimir E-mail

Entrevistó: Jorge García Castillo

«Vivimos de la misión y para la misión»

El padre Enrique Sánchez, mexicano de 52 años, es desde octubre del pasado año el nuevo superior general de los Misioneros Combonianos. Es la primera vez que el Instituto misionero, fundado por Daniel Comboni en 1867, elige a un no europeo y de habla hispana al frente del mismo. Pero más allá de la lengua y de la nacionalidad, el padre Enrique se define y se siente como lo que es: un misionero.

–¿Cómo surgió su vocación y dónde ha realizado su servicio misionero?
–Mi vocación creció entre los misioneros combonianos, pues ingresé muy pequeño en el seminario menor. En 1984 fui ordenado sacerdote. Me he dedicado a la promoción vocacional y a la formación, y he trabajado en Aguiluchos y Esquila Misional, nuestras revistas mexicanas. También fui superior provincial de México durante siete años. En 1999 me destinaron a la República Democrática del Congo como formador de estudiantes de Teología, aunque también trabajé en la pastoral directa en Mungbere. En 2004 me hice cargo de la Delegación de Centroamérica, donde estuve hasta que en octubre pasado fui elegido superior general.

–Es el primer superior general no europeo.
–Es verdad, pero no lo siento como algo extraordinario o especial pues formo parte de un Instituto en donde la nacionalidad no tiene tanta importancia. Daniel Comboni nos concebía como un grupo de misioneros católicos que se ponen a disposición para servir a los más pobres y abandonados. Por eso interpreto mi elección como algo muy normal.
Que yo sea mexicano, que haya habido un superior general portugués o un escocés, como ha habido tantos italianos, creo que entra dentro de la normalidad de nuestro Instituto, en donde todos los que formamos parte de él compartimos el mismo deseo de entregar nuestra vida al servicio de la «negritud».

–¿Cuáles han sido las líneas maestras del último Capítulo General?
–El aspecto de la identificación con el carisma comboniano y el de la espiritualidad han sido dos reclamos fuertes. Nos damos cuenta de que es muy fácil dedicarse a las obras, realizar proyectos, promover trabajos en las misiones. Y esto muchas veces va en detrimento de la espiritualidad. Está también el aspecto de la misión como uno de los retos fuertes. Vivimos un momento en la humanidad y en la Iglesia en el que la misión tiene que ser redefinida, reinterpretada y vivida con actitudes nuevas.
Después ha habido otras líneas que tienen que ver más con la vida interna del Instituto. Hemos hecho una sana revisión de nuestros compromisos para considerar la realidad del personal con el que contamos y para atender a los misioneros que están envejeciendo, con lo que todo esto supone para la propuesta de nuestra vocación a las nuevas generaciones.
El Capítulo también nos ha pedido que sigamos profundizando en la animación misionera y en la formación permanente. Un aspecto más nuevo es el de entender la misión como una tarea que tenemos que vivir como fraternidad, poniendo en práctica iniciativas de comunión. De esto también nace una necesidad de decirnos a nosotros mismos que tenemos una vocación bella, que sigue valiendo la pena, que es válida para nuestro tiempo y que puede hacernos felices y hacer feliz a mucha gente.Para continuar viendo el contenido, por favor ingrese con su login o suscribase..

 

 
Permiso para equivocarse PDF Imprimir E-mail

Clemente Sobrado, C. P.

 

No es fácil ser padre; creo que antes era más fácil. Antiguamente había una imagen que comparaba la educación con el trabajo del artista que plasma sus ideas en el bloque de mármol. Lo que significaba que formar y educar a los hijos era reproducir en ellos nuestras ideas, nuestros ideales e incluso nuestro modo de ser.

Mármol y artistas

Creo que hoy han cambiado las cosas. Los padres ya no son los artistas que imprimen sus ideas en el mármol, tienen que ser los que sacan lo que ya está en él. Educar es e-ducere, ver lo que hay dentro y hacerlo florecer. Los hijos no quieren artistas que los modelen a su gusto. Quieren que los ayuden a ser ellos mismos, a dar a luz al hombre y a la mujer que llevan dentro y no al que los padres tienen en su cabeza. Cada hijo es único, aunque tenga muchos hermanos. Cada uno tiene su propia identidad, su propia misión y sus propios ideales y metas.

El problema de los padres

El problema comienza cuando nace un hijo. Todo el mundo quiere verlo como copia de toda la parentela: los ojos son de su padre; la boquita, de su madre; la nariz, del abuelo; la sonrisita, de la abuela. Desde el principio hay un reparto, de él no tiene nada. Por eso, cuando empieza a crecer los padres se empeñan en hacerlo semejante a ellos. Y Dios nos ha hecho a todos distintos. Nos parecemos los unos a los otros, pero no somos iguales.
Y como los padres ya tienen la idea de lo que debe ser el hijo, están encima de él tratando de configurarlo. Me encanta el nacimiento de Juan el Bautista. Todo el mundo estaba empeñado en decirle Zacarías. Pero la madre dijo que se llamaba «Juan» y hasta el padre mudo escribió: «Juan es su nombre». La misma gente se preguntaba: «¿Qué será este niño?» Ciertamente, no sería como el padre sino él mismo.

Cercanía y distancia

Hay que dejarlo ser él mismo, permitirle buscar sus propios sueños e ideales. Pero esto implica algo que no siempre resulta fácil ni para los padres ni para los hijos: «Cercanía y distancia». Se necesita «cercanía» para darle seguridad. Y también «distancia» para dejarlo caminar por su cuenta.
Muchas veces hay una cercanía que asfixia al hijo. Los padres sueñan con un chico modelo en todo, por eso no le dan espacio para respirar. Además, tienen miedo de que pueda equivocarse y fracasar, y eso desdeciría de su capacidad educativa. Por eso, cuando el menor llega a la adolescencia y marca distancia buscándose otros ambientes y libertades, muchos padres exclaman: ¡Qué habré hecho yo para fracasar, si le he dado lo mejor!
Es entonces cuando el hijo prefiere el ambiente del grupo de amigos y la calle porque allí encuentra un espacio más amplio. Claro que ello implica un riesgo para él, pero es ahí precisamente donde se siente él mismo. Alguien comentaba que ahora los hijos prefieren la noche porque a esa hora no tienen quién los vigile ni tampoco reloj. Todo el tiempo es suyo.

¿Y si se equivoca?

Aunque parezca extraño, yo diría que es preciso dejar que los hijos se equivoquen. Así aprenderán. Tal vez el peor error sea no dejarlos tropezar porque ello significaría hacerles ver que todavía no han asumido su propia responsabilidad, que no saben caminar por su propio pie y su propia autonomía. Los hijos tienen derecho a equivocarse, como nos ha sucedido a todos; tienen derecho a ser libres. Juan Pablo II decía con frecuencia que hay que «educar en la libertad» y no, como frecuentemente decimos, «para la libertad».
Sólo podremos formarlos para que sean libres mediante el ejercicio de la libertad. No educamos al niño para que pueda andar. Al principiolo llevamos de la mano, pero luego tenemos que soltarlo para que sea él quien se tenga en pie y camine, aunque con frecuencia se caiga y se pegue unos trompazos. Sólo así logrará su objetivo.
El miedo a equivocarnos y a que otros se equivoquen frustra muchas libertades e ideales. Uno no nace sabiendo, aprende ejerciendo. Por eso, más que estar siempre encima o a su lado, es preciso tener confianza en ellos, incluso si se equivocan. Podrán hasta hacer disparates. ¿Y no tienen derecho a hacerlos? Confieso que a mí me dan miedo esos hijos tan buenos que nunca han roto un plato. Prefiero a quienes han roto varios.
El problema de padres e hijos está en saber estar cerca estando lo suficientemente lejos, en saber acompañarlos y al mismo tiempo darles espacio para que caminen solos. Demasiadas frutas se han podrido de tanto palparlas para ver si están maduras.

 
Las apariencias PDF Imprimir E-mail

P. Mario Mazzoni, mccj

La ilusión de las apariencias es una trampa para mucha gente. A qué punto puede llegar la dependencia del «qué dirán» es sencillamente inimaginable. La sabiduría popular es muy rica de anécdotas. He aquí un ejemplo que me contaba mi padre: «Un hombre tenía que ir a la ciudad con su hijo y el burro. Montó él y como el chico iba a pie, la gente comentó: “Pobre muchacho con un padre desconsiderado”. Subió el chico y no faltó quien le reprochó su falta de atención hacia el papá. Montaron los dos y alguno afirmó: “Abusivos, ¡pobre burrito!” Empezaron a ir a pie con el animal y la gente se burló: “¡Qué zonzos, llevan al burro de paseo!”» «¿Quién era el más burro?», me preguntaba mi padre riéndose.
Hace tiempo leí en un periódico que el orgullo de viajar y dar la imagen de gente rica había llevado a una familia, después de haber publicado a los cuatro vientos que se iba de vacaciones a Miami, a encerrarse en su casa simulando su completa ausencia. Luces apagadas, teléfono cortado y por celular informaciones falsas de los lugares que visitaba. Pero al quinto día de su «encierro» se rompió una cañería de agua y los vecinos llamaron a los bomberos, que a la fuerza tuvieron que abrir la puerta. Cualquiera puede imaginar la bochornosa sorpresa. «Con tal que nadie sepa» es la norma de muchas familias.
Y a una señorita que me habló de la situación caótica de su hogar debido en gran parte a la falta de comprensión entre sus padres, le sugerí que fueran con un consejero matrimonial. «Jamás lo harán –me dijo–. Ellos piensan que la imagen de su hogar es la mejor y nadie debe meterse». Con las apariencias vacías y vanidosas no se logra nada. Es de Fedro la breve fábula del zorro que encuentra una máscara y dice: «Qué lujo de apariencias; pero de cerebro, nada».
En la literatura de los antiguos latinos y griegos hay anécdotas y proverbios ricos en sabiduría. Por ejemplo, hay quien simula ser rico y no tiene nada, y quien aparenta ser pobre y tiene muchos bienes. Otro proverbio pone en el escenario al rico arrogante que se pone en actitud de juez, convencido de que la riqueza trae automáticamente inteligencia y sabiduría.
El hombre auténticamente sabio, casi siempre pobre, mira al pavo real ostentoso y escudriña el vacío que hay bajo el terno de lujo, la estupidez tras la palabrería y el poder. Recordemos aquí las contundentes palabras de la Biblia: «Cuando el rico habla, todos callan y alaban su palabra hasta las nubes. Habla el pobre y preguntan: ¿quién es éste?» (Sir 13,23) Y Jesús a los fariseos: «Sepulcros blanqueados» (Mt 23,27).

 
Mi esposo, despedido del trabajo PDF Imprimir E-mail

Clemente Sobrado, C. P.

Una situación demasiado frecuente hoy. Esposos que durante años han trabajado, aportado su sueldo cada mes y, por lo tanto, se han sentido alguien en la sociedad y en la familia. Y de golpe, un día, en la plenitud de su vida, alguien les dice que a partir de fin de mes ya no tienen contrato y deben abandonar el trabajo.
Esta es una realidad laboral y socioeconómica. Pero también psicológica, conyugal y familiar.
–Psicológica: porque hasta ahora el esposo sentía que era «alguien» y, de repente, se siente en la calle, como un cualquiera, con todos sus sentimientos de dignidad y valía por los suelos. Ya no es nadie, su orgullo y su vanidad han sido maltratados y pisoteados, y sin derecho a reclamar.
Dentro de él se da un trauma que lo destruye anímicamente. Pierde el humor y la alegría, se siente venido a menos y derrotado. Ya no es el hombre que cada mes podía aportar su salario para mantener a su familia. Y comienza a sentirse un inútil. Hay todo un cambio en su humor, en su autoestima, en su imagen de cara de los demás. Por una parte siente que aún está en la plenitud de la vida y puede hacer muchas cosas. Y por otra, que la sociedad lo margina y lo pasa al almacén de los inútiles, con los que ya no se cuenta. Todo esto hace que entre en un estado depresivo o en una situación de agresividad.
–Conyugal: Pero todo esto tiene una repercusión también en su relación con la esposa. El estado anímico de ésta no es precisamente el mejor para que la relación conyugal pueda mantenerse sana. También ella queda profundamente herida.
Cuando el esposo no está bien consigo mismo, difícilmente podrá estar bien con ella. Cuando su dignidad es herida de alguna manera, se hiere también la relación de los esposos. Además, muy pronto comienzan a sentirse los efectos y las consecuencias económicas en casa. Y entonces pueden darse distintas reacciones por parte de la esposa.

Actitud de las esposas
–Esposas que sólo se lamentan por los problemas económicos porque él ya no trabaja.
–Esposas que se van encima del esposo para que busque trabajo, y se irritan cuando lo ven mustio y angustiado en casa.
–Esposas que lo rematan haciendo comparaciones con el marido de su amiga, que lucha y ha conseguido un nuevo trabajo.
Si bien el día de la boda se dijeron en la fórmula del compromiso «en la riqueza y en la pobreza», nadie los ha preparado para esos momentos, para afrontar esa situación difícil del «despido laboral», para saber apoyarse mutuamente precisamente en esas circunstancias nada fáciles. Por eso mismo, con esas insinuaciones lo único que se logra es ahondar más el desánimo y el desaliento del pobre esposo y, por lo tanto, profundizar más las dificultades de la convivencia.
Y peor si la esposa sigue trabajando y ahora la familia depende de su salario, porque entonces el silencioso machismo que solemos llevar dentro se hunde todavía más. Lo que debiera ser una fuente de alegría y aceptación: «Felizmente tú tienes trabajo», se convierte en una losa todavía más pesada.

Falta de preparación
En los cursos prematrimoniales preparamos, o creemos preparar, a los jóvenes para ser felices como pareja; pero tengo la impresión de que esa es una preparación un tanto ilusoria, que no tiene en cuenta la realidad de la vida. Ni el esposo está anímica y mentalmente capacitado para dar cara a esa situación dolorosa, ni la esposa está preparada para ayudar a su esposo a superar ese momento y levantar su ánimo. Y el matrimonio entra en crisis porque entra en crisis la relación personal.
–Familiar: al agrietarse la relación conyugal, inmediatamente se resquebraja también la unidad, la estabilidad y la armonía familiar. Los hijos ven que ya no disponen del dinero ni de las comodidades de antes. Y también ellos empiezan a sentir el desajuste con los padres.

Conclusión
Lo que parecía tan simple como un despido laboral, se convierte con frecuencia en toda una tragedia en el hogar. Entendemos que las leyes laborales tengan en cuenta las condiciones de las empresas, ¿pero tienen en cuenta el problema de la dignidad y la salud psíquica de la persona?, ¿tienen en cuenta las consecuencias en la familia? La Pastoral Familiar debiera prestar más atención a estas situaciones, que hoy han dejado de ser casos esporádicos y son bastante normales, sobre todo ciertos despidos que se dan a una edad en la que todo el mundo le cierra las puertas al nuevo desocupado. 

 
El deporte como terapia PDF Imprimir E-mail

El otro fútbol de África

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este 2010 el fútbol es el protagonista en África. El 11 de junio comenzará en Sudáfrica el Mundial de Fútbol. Es la primera vez que este acontecimiento tiene lugar en suelo africano, donde hay una enorme afición al deporte rey y existen numerosas iniciativas que usan el fútbol y otros deportes para ayudar a niños y jóvenes a acceder a la educación y salir de la marginación. El terreno de juego sirve también para reconciliar a antiguos combatientes y conseguir más igualdad para las mujeres.

A primera vista parece un polideportivo más de cualquier barrio: canchas de fútbol, básquetbol y voleibol ocupadas por jóvenes que corren detrás de  una pelota mientras otros chicos y chicas pasean por las instalaciones, animan a voces a sus amigos o conversan animadamente sentados en las sencillas gradas de cemento. Pero el Centro de Jóvenes de Kamenge, situado en las afueras de Buyumbura, la capital de Burundi, es mucho más que un lugar donde pasar ratos de ocio. Durante mucho tiempo fue un oasis de paz en medio de uno de los lugares que sufrieron los peores enfrentamientos de una guerra que se cobró 300 mil vidas entre 1993 y 2003.

Kamenge es uno de los barrios marginales de Buyumbura, que durante el conflicto sufrió duras campañas de limpieza étnica en las que se eliminó o expulsó a todos los que pertenecían a la etnia hutu. En otros barrios vecinos fueron los tutsis quienes sufrieron las represalias. Caminar por las calles de estos suburbios fue, durante muchos años, exponerse a ser tiroteado en alguno de los numerosos enfrentamientos que a menudo estallaban en esta parte alta de la ciudad entre el ejército y la guerrilla.
Las frecuentes masacres de estudiantes de «la otra tribu» en colegios y universidades contribuyeron a alimentar el odio de estos dos grupos –especialmente de la población juvenil–, que durante siglos vivieron en coexistencia más o menos pacífica antes de la llegada del colonialismo europeo.
A nadie se le ocurriría montar unas instalaciones deportivas en medio de un campo de batalla, sobre todo teniendo en cuenta que su construcción – que tardó varios años– corrió paralela al desarrollo de la guerra. Pero, como explica el director de este peculiar centro, el sacerdote italiano Claudio Marano: «El arzobispo de Buyumbura, Simon Ntamwana, nos pidió a principios de los años 90 que hiciéramos algo para que los jóvenes hutus y tutsis se encontraran y aprendieran a convivir, como el mejor antídoto contra el odio tribal».

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