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«Aquí me tienes, mándame a mí, Señor» |
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Hna. Maricela Reyes Estrada Mi camino misionero inició en un momento en el que me preguntaba qué iba a hacer de mi vida. Las respuestas en mi interior eran muchas y las personas me decían «aún tienes tiempo», pero para Dios no era muy pronto y poco antes de cumplir 15 años tuve un encuentro con Jesús que marcó mi vida; desde ese día le pregunté: «¿En qué te puedo servir, Señor?» Yo era catequista de niños en mi parroquia y asistía al grupo de adolescentes. Por no faltar, gané un lugar en el Congreso de la Infancia y Adolescencia Misionera. Allí, además de encontrarme con niños y adolescentes de varios estados de México, me impresionó comprobar que la vida misionera era real, que de verdad había personas que se dedicaban a llevar el mensaje de Jesús. Un día, antes de regresar a casa, entramos a una exposición donde había afiches de misioneros y misioneras en África; el rostro de los niños me impactó, pedí información y la hermana me dio un boletín de las Misioneras Combonianas. Tardé un año en escribirles y seis en ingresar a la comunidad. El mayor de mis miedos era salir de casa, de mi estado, y ni pensarlo del país. Pero, ¡oh sorpresa!, para entrar a la formación misionera tenía que hacer una experiencia en Guatemala. Lo que me hizo dar el paso fue el deseo de ir más allá, adonde Dios me quisiera enviar. Después de dos años de postulantado fui invitada a salir de nuevo, ahora a Ecuador, para hacer el noviciado. El primer año trabajé en Fuente de Luz, un asentamiento donde las condiciones de vida no eran las mejores y la realidad de pobreza y escasez se veía decorada por las sonrisas de los niños que nos recibían contentos y acompañaban por el camino. La mayoría de adultos eran absorbidos por el trabajo o sus ocuapaciones, así que visitábamos a las familias, compartíamos con ellas la Palabra de Dios y lo que quisieran conversar. Poco a poco nos dimos cuenta que lo más importante era nuestra presencia y ser hermanas entre nosotras, también éramos una conexión entre la parroquia y ellos. El segundo año tuve la gran oportunidad de conocer a un grupo de jóvenes afroecuatorianos. Fue mi primer contacto con ellos y quedé muy contenta. Era una agrupación dinámica, que pronto demostró sus iniciativas y liderazgo. En el noviciado se comparte con una comunidad de hermanas por dos meses, yo fui destinada a Colombia. Entre ir a la animación misionera los domingos, compartir con los adolescentes y asistir a un grupo de oración mariana, descubrí que así como hay huellas de dolor también hay un aliento de esperanza, una fuerza que hace levantarse y que todo cristiano tiene que buscar y detectar, como María Magdalena que encontró entre los muertos al que estaba vivo. Mi profesión religiosa fue el 13 de septiembre de 2009 en Quito, Ecuador. En esta nueva etapa de mi vida consagrada a la misión veo que el desplazamiento de personas es cada vez más común, la gente sale de su país por distintas situaciones. Yo he salido con la certeza que Dios me envía para mostrar su rostro.  Ahora estoy en París aprendiendo el francés y también participo como voluntaria en una institución que acoge a personas de la calle, la mayoría extranjeros, para darles de comer y ofrecerles un lugar donde dormir. Aunque no puedo comunicar mucho con la palabra, los pequeños gestos y la acogida son lo principal, lo importante es darles la dignidad y el respeto que se merecen. Mi destino final es la República Democrática del Congo o Togo, dos países de África que tienen como lengua oficial el francés. Hacia allá está puesta mi mirada, con la certeza que en la vida misionera hay que ir con una mochila llena de cosas para compartir, pero también con el espacio suficiente para dejar que los otros te entreguen aquello que son, que tienen y que te quieren dar. |
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¡Pero si eran normales! ¿Qué les pasó? |
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Por: Abba Mikael Durante mi visita a un grupo de jóvenes en una parroquia de Lima, se me acercó el coordinador, a quien ya conocía, y me dijo: «Padre, ¿te acuerdas de Rosita?» Le dije que sí y le pregunté: «¿Qué le ha pasado, que hoy no la veo?» Me respondió con una mezcla de tristeza y alegría: «Se fue al convento». Luego me volvió a preguntar: «¿Y te acuerdas de Toño, el palomilla del grupo?» Otra vez le contesté que lo recordaba bien y me contó: «Se fue al seminario». Enseguida añadió: «¿No sé qué está pasando, padre? ¿Quién está mal, ellos o yo? O es que la vida religiosa se está haciendo fashion».
Ya con el grupo y con más calma, retomamos el tema de la vocación, de la llamada y del servicio, tratando de entender qué había hecho que estos dos jóvenes «normales» decidieran cambiar de vida e ingresar en una congregación religiosa. Mucha gente se cuestiona: «¿Qué hace que un joven deje todo lo que aparentemente tiene y ha logrado en la vida, para entregarse totalmente a Dios en el servicio a los demás?» No es fácil comprender el porqué, por mucho que nos lo preguntemos. Lo que sí sabemos es que seguir a Jesús no es opcional porque cuando él llama, lo hace con nombres y apellidos propios; y su llamada está impregnada de radicalidad, o sea, no podemos responderle a medias porque ser mediocre no nos ayuda ni ayuda a los demás. Desde el momento en que vivimos en una sociedad cargada de egoísmos, envidias, rencores y odios, necesitamos jóvenes valientes y generosos que decidan dar testimonio de «otra» realidad, completamente nueva y distinta. Quienes estamos en contacto con grupos juveniles, nos damos cuenta de que una de las principales causas por la que muchos de nuestros jóvenes abandonan la Iglesia, es la falta de un testimonio que manifieste el amor. Con frecuencia nuestras comunidades cristianas son campos de batalla donde nos enfrentamos unos con otros. Esto ciertamente es un obstáculo para que muchos jóvenes acepten la llamada de Jesús. Sin embargo, en cierta medida el conflicto es necesario porque nos ayuda a crecer, a valorar y respetar las diferencias, a aprender a ser tolerantes. Hacen falta jóvenes que quieran ser llenados por la fuerza viva de Jesús para convertirse en instrumentos de evangelización. ¡Con Jesús no hay medias tintas!Muchos jóvenes con los que converso me dicen que quieren ser misioneros; pero a la hora que les hago la propuesta concreta de seguir a Jesús, desaparecen o dejan de escribirme. Esta situación trae a mi mente al joven del Evangelio que le dijo a Jesús que primero le permitiera enterrar a su padre para luego seguirlo; a lo que el Señor le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (Lc 9,60). Lo que quiso decirle, en términos modernos, fue: «No pongas pretextos, no te justifiques. Si tú quieres, puedes dejarlo todo y seguirme». Entonces, ¿quiénes son los que siguen a Jesús? Los que deciden seguir a Jesús en la vida sacerdotal o religiosa no son súper hombres ni súper mujeres. Son jóvenes en busca de un ideal mayor, que aparentemente no entra dentro de los parámetros de la «vida normal», que dice: ¡Vive el presente!, ¡vive la vida loca! ¡Disfruta lo más que puedas, sin importar lo que pasa a tu alrededor! ¡Vive el hoy porque el futuro no existe! Frente a estas afirmaciones, vale la pena preguntarse: ¿A dónde lleva todo esto? Los que seguimos a Jesús buscamos al Dios verdadero, que es el Dios de la Vida, el Dios que se identifica con el que sufre, con el que menos tiene; el Dios que invita a la construcción de una sociedad donde la justicia, la solidaridad y el amor se vivan y se practiquen en contraposición a una sociedad que se alimenta morbosamente del egoísmo, del rencor, de la envidia y del odio. Estos antivalores sólo llevan a la muerte y a la destrucción. Tú, ¿de qué lado te pones? ¿Qué dirección quieres darle a tu vida? La respuesta es tuya. «El Dios de la Vida te espera». |
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Primer misionero comboniano peruano |
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Entrevistó: P. Miguel A. Villegas El padre Javier nació en Iquitos, departamento de Loreto, el 8 de marzo de 1942; pero desde pequeño llegó a Lima, donde creció e hizo sus estudios. Su padre pertenecía a la Marina de Guerra del Perú y albergaba proyectos para su hijo. «Yo dejé una carrera en la marina», nos dice. Era el hijo mayor varón y mi padre decía que en su familia tenía que haber un marino». El jefe de familia falleció cuando Javier era muy pequeño y su madre –que actualmente tiene 91 años– tuvo que hacerse cargo de los 8 hijos que Dios le dio. Javier conoció a los misioneros combonianos cuando éstos se hacían cargo de la parroquia de San Pío X, en Mirones. El ejemplo de los misioneros pudo más que el deseo de su padre de que fuera un hombre de armas. Nuestro misionero cursó buena parte de sus estudios en Alemania y Roma. Fue ordenado sacerdote el 16 de agosto de 1973 y posteriormente trabajó en la diócesis de Tarma. Fue enviado a México –de 1987 a 1992–, a la misión de Baja California Sur. A su regreso al Perú fue destinado a trabajar en Arequipa, en la animación misionera y la promoción vocacional. Esta labor significó mucho para él pues se sintió un instrumento para que varios jóvenes se hicieran sacerdotes y un grupo de señoritas escogiera la vida religiosa. Al preguntarle sobre las dificultades encontradas en su vida misionera, el padre nos comenta: «En sí no puedo decir que haya tenido dificultades ya que en principio nunca he pedido cargos o privilegios, no he pedido a dónde ir o he dicho aquí me gusta. He dependido siempre de mis superiores…». Una de sus últimas responsabilidades fue la de secretario ejecutivo del CENAMIS (Centro Nacional Misionero), al servicio de la Conferencia Episcopal Peruana, durante 6 años. En esa posición conoció muchas congregaciones religiosas y a superiores mayores. Con todos tuvo una buena relación y gozó de acogida y aceptación. De igual manera, contó con el apoyo de los obispos responsables del sector. Su mayor satisfacción fue inculcar el espíritu misionero en congregaciones religiosas sin ninguna formación específica para la misión. A los cursos ofrecidos por el CENAMIS llegaron incluso religiosas de clausura. Otras satisfacciones incluyen las exposiciones misioneras, en las que participaron más de 100 congregaciones presentando su carisma. Por último, el padre Javier desea dirigir unas palabras a los jóvenes, fruto de su experiencia personal: «Ser sacerdote diocesano, religioso o misionero no es para enriquecerte, no es para sostener a tu familia, no es para buscar cargos, títulos o prestigio. Su vida se puede resumir en «obediencia y disponibilidad». «Me siento muy feliz y tranquilo con mi sacerdocio –finaliza–. Volvería a repetirlo si volviera a vivir».
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Misionera, yo. ¿Y por qué tú no? |
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Valeria Ruiz
Hola, queridos lectores y lectoras. Este mes les comparte su experiencia misionera la Hermana Valeria Ruiz, de Iquitos. Ella estuvo un tiempo en Ecuador para su formación y ahora está en la comunidad de Pueblo Libre (Lima), a la espera de sus documentos para salir de misión. Ojalá muchos jóvenes se contagien su vocación al leer su testimonio. ¡Qué curioso se me hace ser yo la que ahora escribe esta página! Antes era la que se dedicaba a leerla, pensando e imaginando que la consagración religiosa era sólo para los buenos, los santos, los otros; no para mí. Sin embargo, así como hoy la experimento y como tantos otros hombres y mujeres la han vivido, la vocación religiosa y misionera es un don gratuito de Dios, que nos lo da no porque lo merezcamos o seamos buenos sino simplemente porque él así lo quiere. Soy Valeria Ruiz, de Iquitos. Hace poco hice mi primera profesión religiosa, en la que Dios me consagró para la misión ad gentes en la familia de las Misioneras Combonianas. Después de diez meses de aspirantado realizados en Lima, luego de un previo acompañamiento, y cuatro años de formación en Ecuador (dos de postulantado y otros dos de noviciado), profesé el día 13 de septiembre del año pasado en Quito (Ecuador), con mis cuatro hermanas de camino: Maricela, Raquel e Ylenia, de México; y Donata, de Italia. Me parece que fue ayer cuando me despedí de mi familia, ellos con lágrimas en los ojos y yo cantando y silbando para no ponerme a llorar también. Pero tengo la certeza de que dejamos todo por Alguien mucho más grande, que se convierte en nuestro Compañero en el trayecto de la vida. Durante este tiempo de formación Dios ha puesto en mi camino muchas personas y situaciones para vivir la aventura de mi vocación; recuerdo con alegría a las hermanas Chelita, Naty y Rosita, que me han acompañado en estos años; recuerdo también las comunidades en las que viví y tuve la oportunidad de compartir y descubrir que dejé a mi pequeña familia de sangre por una mayor, pues no son los lazos de la sangre los que nos unen sino los de la fe. Qué asombro y admiración me causaba ver tantas hermanas de diferentes lugares. Al inicio me preguntaba cómo hacían para vivir juntas latinas, africanas y europeas, hasta que una hermana me dijo: «Valeria, la razón por la que estamos juntas es porque todas tenemos la vocación misionera. El Señor nos ha llamado y es él quien nos congrega para intentar vivir la experiencia del cenáculo de los Apóstoles; y estamos convencidas de que nuestra primera misión es anunciar a Jesús y vivir en comunidad». Esto es lo que he encontrado y vivido en este tiempo de formación: una comunidad de hermanas que me han acogido como soy, con mis dones y mis fragilidades; una comunidad a la cual yo tenía que acoger como es porque también ahí Dios se manifiesta. Mi primera destinación luego de mi profesión religiosa es ir a aprender la lengua inglesa para prepararme más y mejor para la misión en el pueblo que Dios me ha enviado. Estoy convencida de que es la familia que el Señor ha pensado para mí. Finalmente, camino con la certeza que Dios me ha llamado y consagrado. Y me seguirá dando la fuerza para caminar permaneciendo en él, así como él está en mí.
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