Justicia y Paz
A propósito de las fiestas patrias en el país en que vivimos PDF Imprimir E-mail
por: P. Juan Goicochea

Creo que a todos los peruanos nos pasa lo mismo cada vez que llegan las fiestas patrias. No celebramos tanto el hecho mismo de la independencia sino de ser peruanos. Al mismo tiempo, este acontecimiento produce en nosotros una mezcla de sentimientos y una alegría partida. Por un lado nos sentimos orgullosos y festejamos con patriotismo y agradecimiento haber nacido y crecido en este pedazo de tierra que hoy llamamos Perú. Nuestras raíces se remontan a una cultura milenaria, provenimos de un pasado cultural tan rico que no tiene nada que envidiarle a nadie. ¡Si sólo tomáramos conciencia de ello y viviéramos un presente lleno de color, vida y desafíos de todo tipo!
Por otro lado, en una fecha como ésta tomamos conciencia de nuestra realidad como país, tanto a nivel social como político. Y violencia es la noticia número uno en todos los medios de comunicación; acompañada de desintegración familiar originada por múltiples y complejos factores, aunque la causa más evidente es la falta de orientación y formación desde antes de fundar una familia. La corrupción generalizada ya no llama la atención, pero sí inspira temor la próxima liberación de los terroristas que ensangrentaron nuestro país –muchos de ellos miembros de las cúpulas más altas– y que, después de haber cumplido con sus 15 o 20 años de condena, saldrán libres. Con tristeza vemos y sentimos lo que aún nos divide: diferencias sociales, racismo, prepotencia, abuso, etc.
Es urgente trabajar por una «cultura de vida», en la que ella sea presentada como el don más santo que Dios nos ha dado. No existe vida insignificante, todos valemos todo ante Dios; cuanto más débil, pobre e indefensa sea la vida, mayor debe ser nuestra opción y compromiso por protegerla. Y no es que haya que defenderla sólo por ser pobre sino porque no hacerlo contradice la voluntad de Dios, que quiere que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10).
Rescatemos el valor del respeto a la dignidad del otro, evitando hacerle lo que a nosotros no nos gustaría que nos hagan. Promovamos la paz como consecuencia de la justicia y de la solidaridad, que no es otra cosa que «ponerse por un instante en la piel del otro». Busquemos el diálogo como el puente que nos lleve a la escucha y a la comprensión del otro, que dé lugar a una mayor participación y compromiso. Sembremos los valores que queremos cosechar, sin olvidar que todo ello empieza por casa. Lo que se recibe en casa, nada ni nadie lo podrá sustituir.
A nivel estatal se siente un descontento hacia la política neoliberal del gobierno actual, especialmente en las regiones que históricamente siempre han sido las más olvidadas por el Estado y por muchos de nosotros, y que hoy se vuelven interesantes por las riquezas que albergan sus subsuelos, las cuales están siendo explotadas por las grandes transnacionales que son las primeras en beneficiarse. Nuestro país está cada día más concesionado y vendido, cada día es menos nuestro y la mayoría de nosotros ni nos enteramos. El gobierno protege y representa a las grandes empresas, defiende sus intereses y no los de las grandes mayorías ni de las minorías. Por lo tanto, todo cuestionamiento a su plan y las protestas en las diferentes regiones del país constituyen para él actitudes antidemocráticas y «enemigas del desarrollo».
En el Perú existen más de 250 conflictos sociales; la mayoría de ellos en las regiones más pobres y olvidadas, originados por razones medioambientales. Allí viven hermanos nuestros que constantemente protestan no porque estén locos sino porque siempre vieron ir y venir las riquezas, dejándolos más pobres y contaminados que antes que llegaran las inversiones. Hermanos nuestros que protestan porque a largo plazo las consecuencias están siendo mayores que los beneficios a corto plazo; porque la minería un día se acabará, pero la agricultura no; porque a pesar de que viven en las regiones que más aportan al país, no ven mejorías en educación ni en salud; porque estamos envenenando nuestro planeta y con ello nuestra tierra: no olvidemos que todo lo que le hace mal a la tierra, le hace mal al hombre.
Estos son los conflictos que se generan cuando un gobierno quiere aplicar a la fuerza las exigencias de un modelo neoliberal en un país, olvidando que no se pueden dar «saltos» sino «pasos». Este es un proceso que hay que asimilar y más que todo entender porque es impuesto y no nuestro. Es verdad que el Perú está creciendo económicamente y ello es bueno, pero no debe hacerlo a cualquier precio. Es erróneo pensar que desarrollo es sólo economía. No, desarrollo es mucho más, es un paquete que abarca a toda la persona humana: formación, salud, ética, bienestar, medio ambiente, religión, cultura. Es… llegar a ser cada vez más persona; es un llamado inmenso a decirle sí a todo lo que vive y ha salido del soplo divino de Dios (Gén 1): el ser humano, la naturaleza, los animales y toda su creación.
Que lo dicho hasta ahora nos lleve a tomar conciencia de la necesidad que tenemos como personas, como cristianos y como peruanos de encarnar en nosotros mismos ciertos valores que se están perdiendo y de promover aquellos que nos lleven a sentirnos más hermanos, capaces de poder construir un país en el que dé ganas de vivir.
Que estas fiestas patrias sean una oportunidad para fortalecer nuestra identidad y nuestro amor por el Perú, tan complejo y diverso por donde lo veamos, pero precisamente en esa preciosa diversidad se encuentra nuestra identidad, riqueza, belleza y unidad. ¡Felices fiestas patrias, peruanos! No olvidemos que somos más grandes que nuestros problemas y sigamos como siempre hicimos; no dejemos jamás de cantar, bailar, rezar, ayudar, trabajar y esperar. ¡Dios nos ha bendecido!
 

 
Proyecto de Justicia y Paz e Integridad de la Creación PDF Imprimir E-mail

Entrevistó: P. Miguel A. Villegas

El Concilio Vaticano II formuló abiertamente el auspicio de que fuera creado «un organismo universal de la Iglesia que tenga como función estimular a la comunidad católica para promover el desarrollo de los países pobres y la justicia social internacional» (Gaudium et Spes, 90).Y para responder adecuadamente a este deseo Pablo VI instituyó, con un Motu Proprio publicado el 6 de enero de 1967 (Catholicam Christi Ecclesiam), la Pontificia Comisión «Justitia et Pax».

Recientemente el padre Juan Goicochea, misionero comboniano, presentó un proyecto sobre Justicia y Paz e Integridad de la Creación con el propósito de involucrar a los misioneros de la Provincia de Perú-Chile en este tema. Presentamos un resumen de la entrevista.

–¿Qué visión tienes del proyecto?

–Para empezar, el proyecto de Justicia y Paz e Integridad de la Creación (JPIC) no es una idea mía sino la propuesta de la Iglesia para hacernos conscientes de que todo lo que está pasando en el mundo tiene que ver con nuestra fe. Actualmente en el Perú existen situaciones relacionadas con las mineras, la población afro, los indígenas en la selva, los niños que están en la calle, la realidad deshumanizante que se vive en las cárceles, etc. Todo esto no puede ser indiferente para quien cree que en la persona está Dios y que tiene la dignidad de los hijos de Dios.
No sólo eso sino que la idea de Justicia y Paz incluye también el cuidado de la creación, o sea la tierra, los animales, las plantas… Lo que pasa en los bosques de Brasil tiene que ver también con mi fe porque tiene que ver con las personas que viven allí y con el efecto que puede repercutir en todo el planeta. Todo esto desde la perspectiva de que Dios ha creado este mundo y nos ha dicho que somos responsables de él. Dios no me va a preguntar si recé sino si me comprometí a cuidar su creación, a hacer la vida posible para esta generación y para las que vengan.

–¿Cómo te gustaría desarrollar este trabajo?

–Debe darse un proceso. No se puede realizar sencillamente porque la Iglesia ha dicho o porque oficialmente los combonianos han expresado que debe haber una comisión de JPIC en cada comunidad. Espero que todos seamos portadores, comunicadores de este mensaje. Por ejemplo, en la parroquia hace poco se me dio la oportunidad de hablar del tema de la creación, del medio ambiente, desde nuestra fe. Eso despertó interés y ya comienzan varias personas a decir y a decirme que no hay que botar la basura al suelo, que no hay que comprar muchas cosas de plástico, que cuando uno se lava no debe desperdiciar el agua. La gente dice: «Qué bueno que en la Iglesia se empiece a hablar de esos temas tan importantes en la vida diaria».

–¿Cuáles serían los pasos concretos en el Perú para llegar a la comprensión y práctica de la JPIC?

–Creo que por medio de talleres que nos ayuden a entender mejor los documentos del último Capítulo general comboniano sobre este tema y a descubrir lo que yo puedo hacer en la comunidad donde trabajo. En la Provincia no hay mucho interés, pero eso nos hace ver que todavía queda un camino por hacer. A los talleres se podrán invitar a los laicos con el objetivo de llegar a formar pequeños grupos parroquiales de justicia y paz.

–En las parroquias existen iniciativas de carácter social, ¿cuál sería la relación con tu proyecto?

–No se trata de crear algo paralelo sino de que por medio de estas iniciativas aspiramos a descubrir las causas de los conflictos. Si vamos a dar de comer al pobre, nunca vamos a terminar; debemos preocuparnos por solucionar el problema. Y en esto debemos involucrar a la comunidad; por ejemplo si no hay agua, ¿a quién vamos a acudir, a las autoridades, a la Iglesia, o vamos a ver qué podemos hacer en conjunto? Los talleres tienen una parte teórica que debe servir para una identificación de situaciones y, sobre todo, para descubrir por qué se dan esos conflictos. Y no sólo el aspecto local sino lo que está pasando en China me debe interesar ya que quienes viven allá son también mis hermanos, son hijos de Dios. Debe haber un sentido de solidaridad, de pensar en el otro, de rezar por el otro, de sentirme unido a ellos aunque no salga de mi parroquia. Si estoy en la sierra, saber lo que está pasando en la selva porque sí es mi problema. No puedo quedar indiferente sino que la dificultad termina siendo mía porque soy uno de ellos, y si soy cristiano pues mucho más.

–Los combonianos están presentes en El Carmen, Chincha, acompañando a la comunidad afroperuana. Recientemente han iniciado una presencia en la selva. ¿Cómo ves su compromiso en estos campos?

–Esta idea ha surgido de Ferdinand, un hermano africano que trabaja en Chincha y que siente que los afroperuanos son un grupo en nuestra sociedad que vive desde siempre una cierta exclusión, una cierta marginación. Yo conozco muy poco de este tema, pero en todo caso es una idea muy incipiente, inspirada también en nuestro carisma, el cual nos invita a ir a las personas excluidas, a las que están pasando por momentos duros, a los grupos humanos que necesitan nuestra solidaridad. Además, ya tenemos una presencia en ese lugar. La Iglesia en este campo ha dedicado muchos espacios de reflexión y en otros países se está trabajando bastante con estas poblaciones. (Ver el artículo del padre Ferdinand sobre el Encuentro de Pastoral Afro en Guayaquil, página 15 de este número de MsF).

–Mencionaste entre los puntos del proyecto la celebración de fechas importantes y significativas relacionadas con la JPIC. ¿De qué fechas estarías hablando?

–Me refiero al Día de la Tierra, que se celebra el 22 de abril. Es una celebración ideal también porque a partir de nuestras raíces indígenas existe un gran respeto por la Madre Tierra. Pero hay otras fechas como el Día del Agua y esto nos lleva a pensar que en nuestro país hay personas que no tienen acceso a ella. También está el Día del Campesino; piensa que sin ellos la ciudad no vive y ni nosotros podríamos decir la misa por falta de hostias y de vino… Y hay otras fechas parecidas. Tendremos que ponernos de acuerdo en la Comisión para hacer estas propuestas.

–En este momento, en el Perú existen muchos conflictos sociales por la tierra, el agua y las min

eras. ¿Cómo ves la situación desde el trabajo que harás en la Comisión de Justicia y Paz?

–Yo no estoy en contra del desarrollo en términos generales, pero sí en contra de las mineras en su totalidad. Pienso que hay otros caminos para obtener plata y al mismo tiempo conseguir desarrollo sin maltratar la naturaleza o el medio ambiente. Podemos promover lo nuestro, el turismo. N

o entiendo por qué tenemos que contaminar y al cabo de 30 o 40 años ocasionar que no quede nada. Y el poco o mucho dinero va a pocas manos. La pregunta que puede hacerse es si todo esto nos trae mayores beneficios a largo plazo o peores consecuencias a corto plazo.

–Por último, ¿te estás relacionando con otros grupos que también promueven la JPIC?

–Estoy en contacto, por ejemplo, con el Bartolomé de las Casas y también en la búsqueda de otras agrupaciones. Tengo poco tiempo por acá, pero estoy muy atento, trato de encontrar un espacio para conocer la situación del Perú y ver con quién puedo contar en estos temas, con quién puedo trabajar, con quién puedo unirme. Desde que estaba en Alemania he tratado de interesarme por la problemática de los países en vías de desarrollo. Y con frecuencia me invitaban a hablar de estos temas. Sin embargo, no quiero llenarme de información, más bien quiero empezar un trabajo personal de base. Yo creo mucho en la base. Si ahí no crece nada, no pasa nada.

 
Crisis ecológica: Una amenaza para el planeta PDF Imprimir E-mail
«Si quieres promover la paz, protege la creación», es el tema que el papa Benedicto XVI eligió para la Jornada Mundial de la Paz 2010. Su mensaje, dirigido a los hombres y mujeres de buena voluntad de todo el mundo, hace referencia principalmente al respeto a todo y cuanto ha sido creado ya que es el comienzo y fundamento de la obra de Dios. La alianza que existe entre el ser humano y el medio ambiente debe ser el reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos.

El hogar que Dios nos dio
En la actualidad ya estamos viviendo las consecuencias del abuso de la naturaleza: desastres naturales nunca antes ocurridos, cambios bruscos del clima, deterioro y pérdida de productividad de extensas zonas agrícolas..., entre otros estragos producto de la contaminación indiscriminada del medio ambiente. El hombre está destruyendo su propio hogar. Miles de personas se sienten obligadas a abandonar el ambiente en el que viven a causa de los desastres. Ante estos sucesos que vienen acaeciendo en nuestro planeta, no podemos mostrarnos indiferentes; se deben tomar medidas específicas con urgencia para frenar la contaminación. La humanidad necesita con premura volver a descubrir los valores que constituyen el cimiento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos.
En referencia a estos hechos, Benedicto XVI indica que el ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo a tal punto, que ha perdido el sentido del mandato de Dios y, en su relación con la creación, se ha comportado como explotador al querer ejercer sobre ella un dominio absoluto. Agrega que todo lo que existe pertenece al Creador, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza. Por eso pide ejercer un gobierno responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola.

La naturaleza en emergencia
Sin duda, la forma actual de explotación pone en serio peligro la disponibilidad de algunos recursos naturales, no únicamente para esta generación sino sobre todo para las futuras. Se puede comprobar con facilidad que el deterioro ambiental es efecto de la falta de proyectos políticos de altas miras o de la búsqueda de intereses económicos poco perspicaces, que se transforman lamentablemente en una amenaza para la creación. Es necesario que la actividad económica respete un poco más al medio ambiente. Al utilizar los recursos naturales debe preocuparse, también, de su salvaguardia y de prevenir sus costes en términos ambientales y sociales.
Es imprescindible que el uso de los recursos naturales se haga de modo que las ventajas inmediatas no tengan consecuencias negativas en los seres vivientes, humanos o no, del presente y del futuro; que la intervención del hombre no comprometa la fertilidad de la tierra, para ahora y para el mañana. Además, es urgente la necesidad moral de una renovada solidaridad intergeneracional, especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y aquellos altamente industrializados.

Alto al abuso de los recursos naturales
No se puede continuar con el indiscriminado uso de los recursos naturales. Para frenar este abuso hacen falta políticas nacionales ambiciosas, completadas por un necesario compromiso internacional que aporte beneficios importantes, sobre todo a mediano y largo plazo. Ha llegado el momento de un cambio de mentalidad efectivo, que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida, en vista de que todos somos responsables de la protección y el cuidado de la creación. Al respecto, el Pontífice señala que es importante el compromiso de todos en el ámbito que nos corresponda, trabajando para superar el predominio de los intereses particulares.
Un papel de sensibilización y formación corresponde particularmente a los diversos sujetos de la sociedad civil y de las organizaciones no gubernamentales, que se mueven con generosidad y determinación en favor de una responsabilidad ecológica que debería estar cada vez más enraizada en el respeto de la «ecología humana». Es indudable que no se puede permanecer indiferente ante esta problemática ya que la degradación de cualquier parte del planeta afectará a todos.
Es momento de tomar conciencia de la grave situación que atraviesa el planeta y de las consecuencias catastróficas para el futuro. No podemos continuar indiferentes ante esta latente situación, urge reflexionar medidas trascendentales. Por eso Benedicto XVI insta a los gobernantes a crear con premura proyectos que mitiguen la contaminación ambiental. Asimismo, hace un llamado a las familias a educar e infundir en los jóvenes el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza. Sólo así podremos enfrentar la salvaguardia de la creación, nuestro hogar, un regalo que Dios nos ha entregado para vivir en un mundo de justicia y paz.
 
Benedicto XVI y el Vértice Mundial sobre la Seguridad Alimentaria PDF Imprimir E-mail
«El hambre es el signo más cruel y concreto de la pobreza. No es posible continuar aceptando la opulencia y el derroche cuando el drama del hambre adquiere cada vez mayores dimensiones», señaló el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso pronunciado el 16 de noviembre de 2009 en la sede de la FAO, en Roma, con ocasión de la apertura del Vértice Mundial sobre la Seguridad Alimentaria. En su intervención el Papa recordó que mientras «las estadísticas muestran un incremento dramático del número de personas que sufren hambre», se confirma que la tierra «puede nutrir suficientemente a todos sus habitantes» y la ausencia de «una relación de causa-efecto entre el incremento de la población y el hambre».
Al recordar lo afirmado en la encíclica Caritas in Veritate, Benedicto XVI señaló que «el problema de la inseguridad alimentaria debe ser planteado en una perspectiva a largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres», en contraste también al «recurso a ciertas formas de subvenciones que perturban gravemente el sector agrícola, la persistencia de modelos alimentarios orientados al mero consumo y que se ven privados de una perspectiva más amplia, así como al egoísmo que permite a la especulación entrar incluso en los mercados de los cereales y tratar a los alimentos con el mismo criterio que cualquier otra mercancía».
El Pontífice habló de «la debilidad de los actuales mecanismos de la seguridad alimentaria y de la necesidad de una revisión de los mismos», subrayando que el concepto de cooperación tiene que ser coherente con el principio de subsidio. «De cara a países que manifiestan la necesidad que tienen de aportaciones exteriores –dijo el Papa–, la Comunidad internacional tiene el deber de participar con los instrumentos de cooperación y de sentirse corresponsable de su desarrollo… En dicha perspectiva la cooperación debe llegar a ser un instrumento eficaz, libre de vínculos e intereses que puedan restar una parte nada despreciable de los recursos destinados al desarrollo».
Benedicto XVI también puso en guardia sobre el riesgo de considerar el hambre «como algo estructural, parte integrante de la realidad socio-política de los países más débiles, objeto de un sentido de resignada amargura, si no de indiferencia». «¡No es así ni debe ser así!», exclamó el Pontífice, e invitó a «redefinir los conceptos y los principios aplicados hasta hoy en las relaciones internacionales», en cuanto «sólo en nombre de la común pertenencia a la familia humana universal se puede pedir a cada pueblo, y por lo tanto a cada país, ser solidario, es decir, estar dispuesto a hacerse cargo de responsabilidades concretas ante las necesidades de los otros para favorecer un verdadero compartir fundado en el amor».
Para la eliminación del hambre la acción internacional no se puede limitar «a favorecer el crecimiento económico equilibrado y sostenible y la estabilidad política, sino también buscar nuevos parámetros –necesariamente éticos, jurídicos y económicos– que sean capaces de inspirar la actividad de cooperación para construir una relación paritaria entre países que se encuentran en diferentes grados de desarrollo».
En la segunda parte de su discurso, el Santo Padre indicó algunos pasos necesarios para combatir el hambre con la promoción de un desarrollo humano integral: no considerar el mundo rural como una realidad secundaria; favorecer el acceso al mercado internacional de los productos provenientes de las áreas más pobres; rescatar las reglas del comercio internacional de la lógica del provecho como un fin en sí mismo. E instó a «no olvidar los derechos fundamentales de la persona, entre los que destaca el derecho a una alimentación suficiente, sana y nutritiva, y el derecho al agua», ya que «éstos revisten un papel importante en la consecución de otros derechos, empezando por el derecho primario a la vida».
Los métodos de producción alimentaria imponen igualmente un análisis atento de la relación entre el desarrollo y la tutela ambiental porque «el deseo de poseer y de usar de manera excesiva y desordenada los recursos del planeta, es la primera causa de toda degradación ambiental». En esta óptica se debe profundizar en las conexiones entre la seguridad ambiental y el fenómeno de los cambios climáticos, poniendo en el centro a la persona humana y, en particular, a las poblaciones más vulnerables ante ambos fenómenos. «No bastan, sin embargo, normativas, legislaciones, planes de desarrollo e inversiones –insistió el Papa–, hace falta un cambio en los estilos de vida personales y comunitarios, en el consumo y en las necesidades concretas; pero, sobre todo, es necesario tener presente ese deber moral de distinguir en las acciones humanas el bien del mal para redescubrir así el vínculo de comunión que une la persona y lo creado».
En la conclusión de su discurso Benedicto XVI expresó el compromiso de la Iglesia, sin interferir en las acciones políticas: «Ella, respetuosa del saber y de los resultados de las ciencias, así como de las decisiones determinadas por la razón cuando son responsablemente iluminadas por valores auténticamente humanos, se une al esfuerzo por eliminar el hambre. Es este el signo más inmediato y concreto de la solidaridad animada por la caridad, signo que no deja margen a retrasos y compromisos».