Liturgia y Misión
Manuel Lozano Garrido, «Lolo»: Periodista y Santo PDF Imprimir E-mail
por: Rafael Higueras Álamo

 Manuel Lozano Garrido, «Lolo», se interesó desde muy joven por el periodismo y trabajó en distintos medios de comunicación religiosos. Contrajo una parálisis progresiva y su cuerpo se fue deformando, quedando completamente inválido y luego ciego. Vivió su enfermedad con una alegría contagiosa, mucha paz y aceptación. Fue beatificado el 12 de junio.

Manuel Lozano Garrido, conocido como Lolo, nació en Linares (Jaén, España) en 1920. Tras realizar sus estudios, a los 22 años le detectaron una enfermedad que en sólo un año lo llevó a una invalidez casi absoluta. Quedó paralítico y, además, en 1962 perdió la vista.
Lolo fue un joven seglar, un cristiano que se tomó en serio el Evangelio. Como decía de él el padre Martín Descalzo: «Se dedicaba a ser cristiano. Se dedicaba a creer». Tan en serio se tomó el Evangelio que un día el hermano Robert de Taizé se acercó a su casa, lo vio, lo oyó hablar. Miró aquel cuerpecillo agarrotado, tomó la pluma y escribió en la pantalla de la lámpara que alumbraba, desde el rincón, la mesa donde trabajaba: «Lolo, sacramento del dolor».
Lolo fue un joven amante del deporte y de la naturaleza; alegre en sus travesuras infantiles y más alegre aún en sus juegos de juventud, cuando comenzó a abrirse a la vida, a desear «devorar» apostólicamente el mundo. Mantuvo la perenne alegría en su permanente sonrisa; «varón de dolores» y, sin embargo, sembrador de alegría en los cientos de jóvenes y adultos que se acercaban a él en busca de consejo.
Tuvo un gran fervor eucarístico que lo marcó para toda la vida. Ya paralítico, desde el balcón de su casa –situada justamente enfrente de las puertas de la parroquia de Santa María de Linares, donde fue bautizado y ahora reposan sus restos mortales– hacía un alto en sus trabajos de escritor y decía: «Ahora –frente a frente con el Sagrario– voy a echar con él un parrafillo».

Joven apóstol

Lolo, un joven apostólicamente comprometido en una época de hostilidad e incluso de persecución religiosa, recorrió pueblos como propagandista de la Acción Católica y no dudó en lanzarse a evangelizar desde la radio. Pero este Lolo inquieto y andariego recibió la visita del dolor: «Aparentemente el dolor cambió mi destino de modo radical. Dejé las aulas, colgué mi título, fui reducido a la soledad y el silencio. El periodista que quise ser, no ingresó en la Escuela; el pequeño apóstol que soñaba llegar a ser, dejó de ir a los barrios; pero mi ideal y mi vocación los tengo ahora delante con una plenitud que nunca pudiera soñar», escribió en «Cartas con la señal de la Cruz».
Este apóstol recibió de Dios «la vocación de enfermo»: «Mi profesión: inválido». Y era tal su invalidez que día a día fue perdiendo todos sus movimientos. Cuando perdió la actividad de la mano derecha, aprendió a escribir con la izquierda. Cuando también la izquierda se paralizó, dictó a un magnetófono.

 

Periodista y escritor

Desde su rincón inmóvil, desde su silla de ruedas, se convirtió en periodista y escritor incansable. Es más, fundó una obra pía: Sinaí, grupos de oración por la prensa; cada 12 enfermos junto con un monasterio de clausura tomaron sobre sí el «cuidado espiritual» de un concreto medio de comunicación social y así hasta 300 enfermos incurables a los que Lolo unió, alentó a través de la revista mensual que para ellos escribía. Entre 1961 y 1971 publicó nueve libros.

Alegría contagiosa

En su vida fue calando el valor del dolor como aceptación en paz y gozo de los planes de Dios. Entonces su vida de cada día, su contacto con las gentes, se convirtió en alegría contagiosa. A los pies de la gruta de Lourdes, Lolo peregrino le dijo a la Señora: «Te ofrezco la alegría, la bendita alegría». Y la Señora sembró y multiplicó en él la semilla de la alegría, del buen humor que trasmitía a quien se acercaba a su silla de ruedas. Hasta su casa llegaban personas de toda clase social y condición: intelectuales y trabajadores; sacerdotes y enfermos… Pero sobre todo eran jóvenes los que más frecuentaban su amistad. Para ellos Lolo tenía una sensibilidad especial, era «el amigo siempre alegre, el comunicador de la alegría».
Su vida se apagó el 3 de noviembre de 1971. En 2009 la Congregación para las Causas de los Santos aprobó como milagrosa la curación por su intercesión de un niño que padecía «septicemia por pseudomona y vómitos fecaloideos tras dos operaciones quirúrgicas». El pequeño se sanó milagrosamente y fue uno de los presentes en la ceremonia de beatificación de Lolo, su santo protector, el 12 de junio último.

 
Roberto De Nobili PDF Imprimir E-mail
Se cree que el apóstol santo Tomás llegó a Kodungallur, Kerala, y puso los fundamentos del cristianismo en la India. Convirtió a personas de entre los hindúes ortodoxos y de la casta y clase superior. Fray Roberto De Nobili podría considerarse en la línea de santo Tomás por su manera de pensar y el método que usó para evangelizar.

Infancia y viaje a la India
Roberto nació en Roma, Italia, en septiembre de 1577. Su padre era militar, pero él quería seguir a un ex militar, Ignacio de Loyola. Un primo suyo lo intentó todo para disuadirlo de unirse a esta «milicia» y seguir la profesión de su padre, pero alentado por Anna Carafa, duquesa de Nocera, ingresó a la Compañía de Jesús en 1596, en Nápoles. En 1600, año del Gran Jubileo cristiano, fue enviado con otros compañeros a Roma para estudiar la teología. Puesto que su mente estaba ya fijada en la India, sus estudios tuvieron una finalidad y un centro de atención concretos. En 1603 el joven seminarista viajó a Portugal para estudiar el portugués, que era la lengua hablada en las misiones bajo la jurisdicción del Patronato en la región de la India.
Al año siguiente, junto con otros 14 miembros de la Compañía de Jesús, salió de Lisboa el 28 de abril y el 20 de mayo de 1605 llegó a Goa, India. Después de trabajar con los cristianos de Parava en la Costa de los Pescadores durante cerca de siete meses, acompañado de su provincial Alberto Laerzio arribó a Madurai, una ciudad santa de peregrinación hindú, considerada la Atenas del Este.

Desventaja del método tradicional
En Madurai fray De Nobili se dio cuenta que el gran esfuerzo llevado a cabo por los misioneros durante generaciones para lograr la conversión en la península del sur de la India, no había tenido éxito: sólo el 1,5 por ciento de la población del Indostán se había adherido a Cristo. Descubrió que la razón principal había sido el desdén con el que los indios en general miraban a los phirangis (extranjeros), a los que consideraban en pie de igualdad con los intocables, los marginados de la India. Vistos como contaminadores, todo el que trataba con ellos o recibía el bautismo de sus manos perdía inmediatamente sus títulos de nobleza y era cubierto de infamia para el resto de su vida.

El nuevo método y la primera conversión
De Nobili aseguraba que la India no podría ser ganada para Cristo mientras no se convenciera a las castas, especialmente a la de los brahmanes. Entendió la casta como un sistema social y una costumbre paralela a las distinciones de clases y rangos en Europa. Por eso creyó y enseñó que cuando se abrazaba el cristianismo no había necesidad de abandonarla.   
Consideró que se necesitaba urgentemente un cambio de método. Por lo tanto decidió disociarse del estilo de vida de Occidente e indianizarse a sí mismo, comenzó a indigenizar el cristianismo occidental. Su forma de evangelizar llegó a ser conocida como «Método de acomodación» y se inspiró probablemente en la estrategia adoptada por otro jesuita contemporáneo en China, el padre Mateo Ricci (1552-1610).
El primer convertido por el jesuita fue un maestro de Madurai, perteneciente a una alta casta hindú. Luego de cerca de tres semanas de largas discusiones diarias sobre materias religiosas, pidió el bautismo. Su ejemplo pronto fue seguido por varios indios de la casta nayak.

Ascetismo indio
Dakshinamurti, el gurú (santo) que en un principio encaró a De Nobili por la conversión del maestro, luego de una sincera discusión cambió de actitud y lo urgió a llevar el atuendo de los gurús que enseñaban la ley divina. El jesuita reflexionó sobre el consejo y pensó que podría identificarse como un Rajah. Pidió permiso a sus superiores, que le fue concedido en octubre de 1607, y a partir del primero de diciembre comenzó a vivir por separado en una pequeña choza; adoptó el kavi (traje talar tradicional de un sannyasi) en color blanco, con el turbante en la frente y el cordón como un hindú, pero con la diferencia que había unido a él una cruz. Ataviado con esta indumentaria y acompañado por un chela (discípulo), el padre Roberto fijó su residencia en Madurai, en el barrio de los brahmanes. Su exótica aparición suscitó curiosidad, muchos vinieron a pedirle darshan (audiencia).
En su humilde morada, el jesuita observaba un ascetismo típico indio. Se abstenía de comer carne, bebía sólo agua y leche, y se alimentaba con una sola comida al día, a base de arroz, vegetales y frutas. Llevaba una vida retirada, sencilla y austera. Su discípulo no admitía visitas en algunos días, alegando que el santo estaba sumido en la meditación, observando el mauna. Se corrió la voz entre los hindúes que el nuevo sacerdote era un estricto observante de las costumbres del país y nunca más tuvieron escrúpulo para visitarlo. Lo llamaban Aiyer, el Señor de la casa.
Pero tras decidirse por esta nueva imagen, tuvo que separse de fray Gonçalo Fernandes, miembro antiguo de la misión de Madurai. Su intento de ser autóctono significó para él una «kénosis», una renuncia completa de todo: nacionalidad, cultura y comodidad personal por la causa de la misión.
Unidad en la diversidad
Pronto el misionero llegó a ser conocido entre sus vecinos como Pandaraswam (sannyasi con vestido blanco). Vivió 50 años en Madurai, según el estilo de vida de los brahmanes, distinguiendo entre conducta social y prácticas idólatras. Su método para atraer a la gente se hizo cada vez más popular y exitoso. Atrajo a la juventud de la casta superior local, lo cual produjo conversiones: 1.208 miembros de la casta superior y 2.675 de las castas inferiores, en un área donde antes no había un solo cristiano. A los convertidos no les pedía romper con la casta, cambiar su atuendo, comida o modo de vida, excepto en cuestiones de idolatría. Mantenían el kudumi (cabello en la parte central de su cabeza) y llevaban el cordón ceremonial.
Suprimió todo lo que era estrictamente hindú de las prácticas religiosas o lo cristianizó con oraciones y bendiciones. Permitió que se omitiese una parte del rito del bautismo que repugnaba a la mente india; cristianizó las ceremonias de entierro y el festival de Pongal –la gran fiesta de la cosecha de los tamiles–, autorizando a los cristianos cocer el arroz y hervir la leche al pie de la cruz. Asimismo, al ver que en las bodas brahmanas se cantaban himnos, compuso varios cantos con la misma medida para los cristianos.
Llevaba a todos los conversos a la misma iglesia, pero a los intocables los ubicaba en un lugar inferior; administraba los sacramentos primero a los de las castas superiores y ningún miembro de las castas inferiores podía dar culto con los conversos privilegiados. Haciendo esto –argüía– las castas inferiores seguirían el ejemplo de sus mejores miembros y podrían convertirse todos.
Estudio del sánscrito
Con la ayuda de Sivadarma, un telugu brahmin pandit, De Nobili comenzó a aprender el sánscrito. Aunque por aquel entonces sólo a los brahmanes les era permitido estudiar los Vedas, él persuadió a su gurú de que le enseñase algunos de estos textos y se los escribiese. Hizo un estudio en profundidad de los Shastras, Vedas y Vedantas en cuanto a sus aspectos filosóficos. Pensó que esta cuestión era esencial para dialogar con los brahmanes. Finalmente, el mismo gurú Sivadarma se convirtió al cristianismo.

La controversia e intervención de Roma
La oposición vino primero de los hindúes. Unos 15 de sus propios conversos se rebelaron porque un parava cristiano les había hecho creer que al poner sal en su boca durante el bautismo, De Nobili les hacía perder su casta. Pero su obra encontró también la oposición de los portugueses católico-romanos y, desde 1610, la resistencia de varios sectores «familiares». Por ejemplo, fray Gonçalo Fernandes escribió memorando tras memorando contra el método del sannyasi europeo y su nuevo provincial, fray Pero Francisco, en 1612 ya le había prohibido bautizar y el 11 de agosto de 1613 se quejó de él ante el general de los jesuitas.
El obispo de Cochin también desaprobaba su estrategia y algunos franciscanos, especialmente los capuchinos, y sacerdotes diocesanos que trabajaban en la Costa de los Pescadores y en Mannar, llegaron al extremo de decir que se había hecho hindú. Pese a las calumnias, la prohibición de bautizar le fue levantada en 1616. La acusación de que se estaba convirtiendo al hinduismo fue discutida primero en Goa, el 4 de febrero de 1619, durante el gobierno del arzobispo Christóvão de Sá e Lisboa, que se oponía enérgicamente a la actuación del jesuita. Finalmente la cuestión llegó a Roma, que el 31 de enero de 1623 decidió en favor del controvertido método misionero de De Nobili, mediante el Breve Romanae Sedis Antistites.
Tras el Roma locuta est (habló Roma), el fundador de la misión de Madurai extendió su campo de acción hasta Salem, Tiruchirapalli y Muramangalam. Se dijo que él y unos pocos habían bautizado a 100 mil personas en 24 años, afirmación que puede haber sido exagerada, pero no hay duda de su influencia entre la gente, al punto que en la Navidad de 1626 recibió de Tirumangala Naik, el depuesto rey de Sendamangalam, la petición del bautismo.

«Mriturma Amrutam Gamaya»
Con el transcurrir de los años, De Nobili empezó a perder la vista y en 1639 quedó casi ciego. Fue enviado a Jaffna en 1645, pero la India seguía siendo el lugar en el que estaba asentado su corazón y volvió a Mylapore en 1648. Vivió en su humilde choza hasta el 16 de febrero de 1656, fecha en que (ya totalmente ciego) falleció este gran profeta de la inculturación y de la indianización, hoy venerado como un gran misionero, innovador del «Método de acomodación».
Obras y publicación
Críticos muy cualificados consideran al sabio occidental como el «padre de la prosa tamil», compuso más de veinte volúmenes en este idioma, de los que su Gnanopadesan (Catecismo) en cuatro partes es considerado su obra maestra. Otro libro suyo importante es Dushana Dikkaram. Pero este gran intelectual escribió también en sánscrito, fue capaz de crear un quinto Veda en esta lengua. Algunos de sus manuscritos se perdieron cuando estuvo en prisión y ninguno de sus libros fue impreso durante su vida, sólo alguna de sus obras asequible fue impresa por los jesuitas de la misión de Madurai, veinte años después de su muerte.
 
Un misionero sabio y precursor PDF Imprimir E-mail
El 11 de mayo de 2010 se cumplirán cuatro siglos de la muerte del padre Mateo Ricci. En 2009 los jesuitas iniciaron la celebración del «Año de Mateo Ricci» en honor a su intensa vida y apostolado profético, convertidos hoy en todo un modelo para el diálogo entre la ciencia y la fe, y el encuentro de civilizaciones. El 17 de mayo de 2009 dieron inicio en Macerata, su ciudad natal, a los actos de solemnidad. Días antes, el 6 de mayo, se había hecho pública una carta de Benedicto XVI al obispo de esta diócesis, Claudio Giuliodori, en la que subraya «la profunda fe y el extraordinario talento cultural y científico» que durante largos años alimentaron los esfuerzos de Ricci para establecer un diálogo entre Occidente y Oriente, al mismo tiempo que se empeñaba en una profunda inculturación del Evangelio en la vida y cultura del gran pueblo chino.
Un poco de su vida
(1552-1610)
Mateo Ricci nació en Macerata (Italia), el 6 de octubre de 1552. En 1568 partió a Roma para estudiar la carrera de Derecho y tres años después ingresó como novicio en la Compañía de Jesús. En 1572 fue destinado a Florencia para estudiar humanidades y entre 1573 y 1577 vivió en Roma, donde estudió ciencias con el famoso físico jesuita Christophorus Clavius, en el Colegio Romano. Ese año se trasladó a Coímbra (Portugal), donde inició sus estudios de Teología; en septiembre de 1578 viajó a Goa (India), junto con otros 13 jesuitas, y allí continuó sus estudios teológicos.
En 1580 fue ordenado sacerdote, llegó a Macao en 1582 e inmediatamente se puso a la dura tarea de aprender la lengua china. Al año siguiente Guo Yingping, gobernador general de las provincias de Guangdong y Guangxi, les concedió a Ricci y al padre Ruggieri el permiso para instalarse en Zhaoquing, al oeste de Guangzhou. Desde ese momento el jesuita emprendió un largo camino, cuyo objetivo era instalarse en el centro del imperio: Beijing. En su residencia tenía un mapa del mundo que suscitaba gran interés entre sus visitantes. Por sugerencia de éstos lo copió, tradujo los nombres de los lugares al chino y lo hizo imprimir en 1584, esa es la primera edición del famoso Mapamundi o Yudi Shanhai quantu y el contacto por el que logró la conversión de unas 70 personas. Posiblemente, para entonces Ricci ya había adoptado su nombre chino, Li Madou.
En 1589 un nuevo gobernador general ordenó a los jesuitas irse de la provincia; pero Ricci logró que los autorizara establecerse en la parte norte de Guangdong, de este modo se trasladaron a Shaozhou. En este lugar adquirieron una casa, construyeron una iglesia y adoptaron los ropajes de los monjes budistas para inculturarse en la nueva realidad. En 1592 la residencia fue atacada y Ricci herido en un pie, incidente que le causó cojera de por vida.
Con la idea que para convertir a China a la fe cristiana debía evangelizar primero al Emperador y a las clases dirigentes, Ricci abandonó Shaozhou y en 1595 viajó a Nanking con la esperanza de seguir hasta Beijing. Pero al no poder quedarse allí por la invasión japonesa de Corea, continuó hasta Nanchang, donde obtuvo el permiso de residencia. Allí publicó su primer libro en chino: Jiaoyoulun (Sobre la Amistad). También tradujo a este idioma y editó, en 1596, su pequeño Tratado sobre Mnemotecnia, con el objetivo de satisfacer a los visitantes que deseaban saber cómo cultivaban la memoria los occidentales.

La larga marcha hacia
 Beijing
En 1598 Wang Hunghui, ministro de ritos de Nanking, se percató de que el saber astronómico y matemático de los occidentales podía ayudar a mejorar el calendario chino. Por ello se ofreció a escoltar a Ricci y al padre Lázaro Cattaneo hasta Beijing. Durante el viaje su compañero jesuita, que era músico y había logrado captar la variedad de tonos usados por los chinos al hablar, ayudó a Ricci a preparar un diccionario de este idioma, Vocabularium sinicum, ordine alphabetico europeorum more concinnatum et per accentus suos digestum, en el que se consignan los cinco tonos y las aspiraciones de las palabras usadas en el lenguaje oficial.
Llegaron a Beijing el 7 de septiembre de 1598; pero, debido a la desconfianza de los chinos hacia los extranjeros, no fueron recibidos. Wang les aconsejó entonces volver a Nanking, adonde llegaron al año siguiente. Una vez establecidos, muchos funcionarios eruditos visitaron a los jesuitas en su residencia. Cuando se le presentó una segunda ocasión de viajar a Beijing, Ricci la aprovechó, pero fue detenido en Linqing –junto con Diego de Pantoja y el hermano Zhong Mingren– durante casi medio año, por orden del director de impuestos. Más tarde, llamados a la capital, arribaron a ésta el 24 de enero de 1601. El emperador Wan Li quedó encantado con los regalos y dio la orden de que los misioneros se hospedaran en el palacio y enseñaran a los eunucos a reparar los relojes y a tocar el clavicordio.

El Catecismo de Ricci
En 1603 apareció la primera edición del Catecismo redactado por Ricci, Tianzhu shiyi (El verdadero significado del Señor del Cielo), que sirvió para las primeras conversiones. Durante los más de 25 años que permaneció en China, el jesuita escribió unos veinte libros, científicos y no científicos. Cinco de sus obras científicas –36.000 volúmenes chinos reunidos bajo el título de Qiankun tiyi (Tratado sobre el Cielo y la Tierra)– se conservan en su totalidad, copiadas en la Siku quanshu (Gran Enciclopedia de las Cuatro Tesorerías). De sus obras no científicas, cinco tienen reseñas en la Siku quanshu zongmu tiyao (Reseñas compendiadas de la bibliografía general de la Gran Enciclopedia de las Cuatro Tesorerías).
La tensión y el cansancio a lo largo de los años debilitaron la salud de Ricci, que murió en Beijing, a los 57 años de edad, el 11 de mayo de 1610. El Emperador permitió a los jesuitas enterrarlo en las afueras de la puerta oriental de la ciudad. El lugar, conocido como Zhalaer, fue entregado en el siglo XIX al cuidado de los hermanos Maristas, pero durante la rebelión de los boxers (en 1900) la tumba fue destruida y luego reconstruida. Durante la Revolución Cultural de Mao (1966) la sepultura fue abatida por segunda vez, aunque luego parcialmente restaurada. Tres años antes, por unanimidad, los obispos chinos que asistieron al Concilio Vaticano II habían pedido al Papa introducir la causa de beatificación del padre Mateo Ricci.
Los misioneros en China
Según los historiadores especializados en misionología y culturas, los evangelizadores más notables en China durante los siglos XVI y XVIII fueron los miembros de la Compañía de Jesús. En estos dos siglos su influencia fue muy importante y se puede decir que el primer gran nexo de unión entre China y Europa, entre Oriente y Occidente, tanto desde el punto de vista cultural como científico. De ahí que suelan considerar a los jesuitas los introductores de la ciencia occidental en China.
Los jesuitas que llegaron a este país –o al menos la corriente dominante entre ellos– estaban persuadidos de que la mejor manera de introducir el catolicismo era llegando primero a las clases dirigentes (políticos y científicos). La solución la encontraron en la ciencia, que por aquel entonces sufría una verdadera revolución en Europa, mientras que el Imperio oriental, en ese momento bajo la dinastía Ming, pasaba por una cierta decadencia. En particular la astronomía y las matemáticas fueron las ciencias que mayor prestigio dieron a los jesuitas y les abrieron las puertas hasta el mismo Emperador.
El diálogo y la armonía entre la ciencia y la fe cristiana
La gran intuición de Mateo Ricci fue que la ciencia puede ser un medio poderoso para la propagación de la fe. En tiempos en que esta era una tarea muy difícil debido a que la teología occidental cristiana se expresaba en un lenguaje filosófico que implicaba un modo de pensar la realidad, de desarrollar los procesos lógicos de la mente y de utilizar unos símbolos que eran incomprensibles en China, ¿era posible desnudar culturalmente la teología occidental para reelaborarle un ropaje que la hiciera comprensible? Tal vez es la misma pregunta que hoy se hacen científicos, filósofos y teólogos que intentan encontrar plataformas comunes de diálogo entre ciencia y religión. En este proceso Ricci fue un adelantado y, con las salvedades culturales y teológicas anacrónicas, señala un camino de presencia inculturada en las culturas y en las ciencias.
El primer paso que Ricci y los jesuitas dieron en China fue aprender la lengua; el segundo, conocer y valorar la cultura; el tercero, la conversión de la cabeza: ya que era un país centralizado, el pueblo seguiría los pasos de sus dirigentes. El cuarto paso era acceder a las clases dirigentes ofreciéndoles algo que no tenían: el saber de Occidente, una ciencia que incluso podía solucionar los problemas políticos y económicos del país. En quinto lugar, el plan de Mateo Ricci señalaba que si se supervisaba el conocimiento científico, se podía controlar también la educación: desde el principio, junto con la tarea misionera el otro gran objetivo de los jesuitas en China fue la creación de una red de colegios.

Mensaje de Juan Pablo II en 2001
El reconocimiento al trabajo de Ricci se expresa claramente en un párrafo del mensaje de Juan Pablo II del 24 de octubre de 2001, con ocasión del Congreso internacional celebrado en Roma para conmemorar los 400 años de su llegada a Beijing: «La misma China, desde hace cuatro siglos, tiene en alta consideración a Li Madou, “el sabio de Occidente”, como fue designado el padre Mateo Ricci. Desde un punto de vista histórico y cultural, como pionero fue un valioso eslabón de unión entre Occidente y Oriente, así como recíprocamente entre la antigua y elevada civilización china y el mundo europeo».
Y continúa: «Como ya destaqué, con íntima convicción, él tuvo un mérito especial en la obra de inculturación: elaboró la terminología china de la teología y de la liturgia católica, creando así las condiciones para dar a conocer a Cristo y encarnar su mensaje evangélico y la Iglesia en el marco de la cultura china. El padre Mateo Ricci de tal modo se hizo “chino con los chinos”, que se convirtió en un verdadero sinólogo, en el sentido cultural y espiritual más profundo del término, puesto que en su persona supo realizar una extraordinaria armonía interior entre el sacerdote y el estudioso, entre el católico y el orientalista, entre el italiano y el chino».