Testigos de la Misión
"Mi ilusión era ser misionero comboniano" PDF Imprimir E-mail
Entrevistó: Liz García

 

El hermano Luis Humberto Gonzales Jiménez es natural de Lima, nació dentro de una familia comprometida con la Iglesia ya que sus padres daban charlas en Encuentros matrimoniales y en la catequesis familiar. Creció con este ejemplo de vida, de servicio al prójimo, al tiempo que en su parroquia tuvo la posibilidad de ver las necesidades de mucha gente pobre; esto lo ayudó a tener otra visión del mundo y de su ser cristiano.


Su ingreso en la congregación

En su infancia llegó a sus manos la revista Aguiluchos. Le atrajo su contenido y se acercó a suscribirse. Más tarde continuó con Misión sin Fronteras, revista de la que le llamó la atención los testimonios de vida de los misioneros. Al concluir sus estudios escolares sintió la inquietud de ser misionero e ir a trabajar con los más necesitados; se contactó con el encargado de la promoción vocacional, en ese entonces el padre Fernando Madaschi, e inició su discernimiento paralelamente a sus estudios de enfermería.
El hermano Luis revive que en ese tiempo se realizó el Comla-4 en Lima, acontecimiento que marcó su camino vocacional y ahondó su interés misionero.


¿Sacerdote o hermano?

Se decidió a formar parte de los Misioneros Combonianos e ingresó en la congregación para servir a Dios como sacerdote. Inició sus estudios de filosofía en el Instituto Juan XXIII de Lima; ya en el seminario, luego de un discernimiento personal decidió ser postulante para hermano y seguidamente pasó al noviciado, en Huánuco.
Su familia no comprendía su vocación, por eso el hermano expresa: «Fue difícil admitir que quería ser misionero porque tenía que apartarme de mi familia e incluso de mi país». Concluida esta etapa, pidió hacer sus primeros votos temporales, esto significaba viajar a Colombia o a Kenia para la siguiente fase de formación. Él propuso continuar su carrera de enfermería y fue enviado a Colombia para realizar los estudios respectivos.
Paralelamente a su formación hizo una experiencia de misión de mes y medio entre indígenas en lugares de guerrilla. Acompañó a las comunidades de paz (desplazados de sus pueblos por la guerrilla) en el Chocó, al norte de Colombia, tratando de garantizar la tranquilidad a los habitantes. Allí sintió el dolor de las familias que lo habían perdido todo: hijos, casa, campos de cultivo…, todo cuanto tenían para vivir.
Ningún grupo paramilitar o de guerrilla podía ingresar a esa zona debido a un tratado hecho con el gobierno para preservar las comunidades desplazadas. El hermano Luis se siente agradecido a Dios que le dio la fortaleza para poder acompañarlos. «A pesar de todas sus dificultades, esa gente vive con mucha fuerza su ser cristiano; su esperanza nos motiva para realizar nuestro trabajo», afirma.
También explica que en aquel tiempo en la universidad había un ambiente de indiferencia hacia la realidad colombiana, sobre todo de parte de los ricos, que querían hacer un país paralelo y vivir sin ser perturbados por la guerrilla. Es así que al finalizar sus estudios en la universidad, hizo su tesis acerca del Derecho a la Salud de los Indígenas en Colombia. Con una sonrisa de satisfacción nos cuenta: «Mi tesis fue tomada como la mejor de la universidad. Este logro me alegró mucho porque pude plasmar una realidad ajena y exponerla a una sociedad de jóvenes que vivía indiferente a la situación de su país. Ahí me di cuenta que valía la pena ser hermano porque podía ingresar a lugares donde de pronto el sacerdote no lograba llegar, meterme en los nuevos areópagos de esa ciudad: los jóvenes, el mundo de los hospitales. Eso es ser hermano para mí».

Primera destinación

«Mi sueño, sin lugar a dudas, era viajar a África. Sin embargo fui enviado a Italia ya que en ese país hay un centro de atención para combonianos –expresa el hermano–. Al principio sufrí mucho porque no deseaba ir a allá. Con un sentimiento especial viajé a Milán». En Europa existe una política anti-migración que afecta e influye en la población, y nuestro misionero fue víctima de ella: el equipo sanitario (laico y local) lo acusó ante el colegio de enfermeros de Italia de ejercer su profesión sin diploma.
Pese a las dificultades trabajó arduamente para mejorar la estructura sanitaria y poco a poco mejoró su relación con el equipo sanitario, al que le demostró que los prejuicios no valen de nada y que todos somos iguales ante los ojos del Señor. «Esta experiencia –dice– me ayudó a crecer humanamente y me fortaleció en mi vocación y mis convicciones».

El sueño anhelado

Concluido su trabajo en Italia, regresó a Lima para hacer sus votos perpetuos. Luego viajó a Inglaterra para estudiar el inglés y después de ocho meses le anunciaron su próxima misión: Addis Abeba, capital de Etiopía. Allí estudió durante un año el amhárico y pasó provisionalmente a la comunidad de Awasa, donde los combonianos tienen más de 20 años. En esa zona asumió la responsabilidad del colegio, trabajó con los jóvenes en la cosecha de papas para recaudar fondos para la escuela, tuvo a su cargo la administración de la misión y apoyó en la posta médica.
Más tarde el hermano Luis fue enviado a El Gumuz para abrir una nueva casa. Manifiesta al respecto: «Estoy muy feliz de trabajar en esta región y de poder tocar un poco el corazón del África de Daniel Comboni. El Gumuz es una comunidad muy necesitada, donde la salud y la educación están en la mínima expresión, y se está haciendo un trabajo de primera evangelización. Siempre soñé con venir a este lugar, sé que será un camino largo y fatigoso ya que hay mucho por hacer, sólo tengo que ponerme en las manos del Señor».

Anécdotas de la vida en la misión

En su camino misionero el hermano ha encontrado diferentes dificultades. Por ejemplo, en una comunidad religiosa se trabaja en equipo y no individualmente, así que él tuvo que doblegar su voluntad para lograr objetivos en el trabajo encomendado por sus superiores. Seguro de sí mismo, dice: «Debemos saber que estamos en una barca dirigida por Jesús y tenemos que dejarnos guiar por él. Nos podemos equivocar, pero lo más bonito es saber aceptar que el Señor puede actuar en esos episodios de nuestra vida».
También vivió anécdotas simpáticas. Una de ellas ocurrió en una Semana Santa, cuando fue a visitar, junto con un sacerdote y tres hermanos, una comunidad indígena. A la mitad del camino el vehículo se averió, el padre que los acompañaba fue a buscar ayuda con uno de los hermanos, pero nunca volvió. Pasados varios días los auxilió el personal de la comunidad a la que se dirigían. De regreso a la ciudad para arreglar el vehículo y buscar a los misioneros perdidos, oscureció y se tuvieron que alojar en una casa abandonada; allí pasaron la vigilia pascual. Con alegría dice Luis: «Esa fue mi mejor vigilia pascual porque fue muy significativa: viví la Pascua como esa gente, me puse en comunión con ellos. No tuvimos misa por falta de un sacerdote y celebramos la resurrección de Jesús en la oscuridad».

Jóvenes, luchen por sus sueños

El hermano Luis invita a los jóvenes con un sentimiento especial de servicio o alguna inquietud vocacional, a que luchen por ese ideal, se arriesguen sin temor, se pongan en las manos del Señor y traten de hacer su voluntad, una voluntad que no viene del cielo y te habla al oído sino que se va manifestando en el camino, en las personas que están alrededor, en la comunidad religiosa; ahí se revela la voluntad de Dios. Con mucho entusiasmo el misionero declara: «Los jóvenes tienen sueños, creen que el mundo puede cambiar y sienten que pueden contribuir  con un estilo diferente, como misioneros o religiosos, desde los valores cristianos. ¡Atrévanse a hacerlo!»

Llamado a vivir la experiencia de misión

El hermano recuerda: «Durante el Comla-4 se decía “América, desde tu fe y desde tu pobreza envía misioneros”. A mí se me quedó la frase porque somos un continente pobre, donde hay primeros lugares de evangelización, pero a pesar de eso vamos a otros sitios a compartir nuestra fe». Pide a los lectores que «se sientan en comunión con los misioneros peruanos porque somos un pueblo» y confía que «lo que estamos haciendo en otros lugares, lo sientan las personas que están acá como algo propio». Asimismo, espera que gracias a los testimonios publicados en Misión sin Fronteras, muchos se atrevan a vivir esta experiencia.

Un nuevo camino

Finalmente, el hermano Luis nos confiesa: «He aprendido a tener paciencia. Como joven que soy, a veces he sido impaciente y he querido resultados inmediatos y buenos. Pero la vida no es así, hay que tener paciencia, ser constante, saber superar las dificultades. Mis experiencias de misión me han enseñado a tener confianza en Dios, a tener fe; sólo nos queda eso. Frente a situaciones fuertes lo único que podemos hacer es compartir la fe y esperar la providencia de Dios. Uno piensa que puede solucionar los problemas como misionero, pero ante las realidades límite el que actúa es Dios; las palabras no sirven de nada, sólo el testimonio, la paciencia».
 
Misionera peruana en Corea del Sur PDF Imprimir E-mail

Entrevistó: P. Miguel A. Villegas

La hermana Ana María Muñoz, mercedaria de la caridad, es originaria de San Juan de Miraflores (Lima) y misionera desde hace ocho años en Corea del Sur. Estuvo de vacaciones recientemente y vino a visitar las oficinas de Misión sin Fronteras. Hace tres años también estuvo por aquí (MsF, mayo-junio 2007), pero ahora tiene algo más que compartir con nuestros lectores: cómo nació su vocación a la vida religiosa, primero, y a la misión posteriormente.
Ana María inició su educación en el colegio de los Hermanos Maristas de San Juan de Miraflores. Desde muy joven estuvo expuesta a la religión, pero –en sus propias palabras– «el tema de

Dios le era casi innecesario e indiferente», a pesar de que en la escuela se confesaba y participaba en la Eucaristía.
Un retiro, promovido por el centro educativo y al que había ido con un grupo de amigas con la idea de pasarla bien, fue el detonante que dio origen a una vida totalmente consagrada al Señor. La joven de secundaria había escuchado muchas veces el discurso del amor de Dios y del sacrificio de Jesús por la humanidad entera. Sin embargo, caer en la cuenta de que ella era objeto de ese amor privilegiado y que Cristo había muerto por ella, le llegó a lo más profundo de su ser. A partir de ese momento comenzó una nueva vida. Su único afán fue consagrarse completamente a Dios, aunque no supo por mucho tiempo en cuál comunidad religiosa la quería.
Al terminar la secundaria, a los 16 años, Ana María quiso entrar en la vida religiosa, pero muy atinadamente su madre le aconsejó: «Hija, estás muy joven, te puedes equivocar. Estudia una carrera, termina y luego decide».
Aconsejada por el psicó

logo del colegio marista, la joven entró a la Universidad Champagnat, donde al tiempo que estudiaba psicopedagogía estaba en un medio en el que tenía como compañeros de formación a jóvenes seminaristas y a religiosas. En ese ambiente de estudio y compromiso cristiano conoció a las Hermanas Mercedarias de la Caridad y, al terminar la carrera, decidió visitar el convento. «Fue como en agosto de 1988 –nos cuenta Ana María– cuando me decidí a visitar el convento y quedé admirada por la sencillez de las hermanas, su simplicidad de vida y su alegría». En febrero del año siguiente ingresó a la vida religiosa e hizo su primera profesión en 1992.

Mi vocación misionera nació en un COMLA…
«Mi vocación misionera nació en el COMLA-4 (IV Congreso Misionero Latinoamericano, celebrado en Lima en 1991), cuando era novicia –nos dice la hermana–. Mi sorpresa fue grande cuando vi, en la Eucaristía final, a varios religiosos y religiosas recibir el crucifijo para salir del país y anunciar la fe en pueblos lejanos. En ese momento mi concepto de misión era contemplar a hombres y mujeres llenos de coraje, algo así como una especie de héroes, que cruzarían los mares para ir a países extraños a llevar la fe.
Cuando pisé Corea del Sur, mi concepto de misión cambió por completo. Nada más llegar, una hermana extranjera me dijo: ¡Bienvenida a la escuela de la humildad! Sonreí extrañada ante esa bienvenida, pero pronto aprendí su verdadero significado. La vida misionera enseña que para vivir la experiencia de soledad, trabajo infructuoso e impotencia, hay que aprender a ser humildes. Nada de protagonismos ni de falsos heroísmos. No, la vida misionera se caldea en un corazón humilde, que sabe que nada de lo que posee, ni títulos ni liderazgo ni coraje, es importante cuando sólo Dios debe ocupar ese lugar y ser comunicado».

El trabajo específico
Ana María es delegada del gobierno general de su Congregación en Corea del Sur y, como consecuencia, su primera responsabilidad es animar a sus hermanas religiosas a vivir plenamente el carisma propio, que lo define como «la dedicación a compartir la caridad redentora de cualquier forma, allí donde estamos presentes». Las comunidades mercedarias son tres, con religiosas provenientes de varios países. El papel de la delegada consiste en conciliar las características nacionales de las hermanas para que vivan un testimonio de vida cristiana en un país tan lejano en cuanto a geografía, pero también desde el punto de vista cultural. La Superiora general, que conocía a la hermana Ana María, la destinó a realizar esta misión por sus dotes y la experiencia intercultural que posee. De hecho, en sus años como religiosa ha trabajado en la selva peruana y en Argentina, y ha estudiado en Italia.
Desde que las mercedarias llegaron a Corea, fueron invitadas por los Hermanos de San Juan de Dios a trabajar con ellos; y «lo hacemos como si fuéramos una sola familia –nos dice–. Han esperado con mucha paciencia a que aprendiéramos el idioma y nos apoyan en todo». La misión del norte consiste en atender un centro para 100 personas que han sido abandonadas a su suerte debido a una malformación física de nacimiento o porque han quedado psíquicamente mal por abuso sexual, alcoholismo o demencia. En este lugar las misioneras son las «madres», como ellos las llaman. Organizan diferentes actividades para estimular sus habilidades, pero a veces el gesto reemplaza mejor a la palabra. «En Corea del Sur –continúa la religiosa– hemos aprendido que una mirada tierna y un gesto cariñoso hacen cosas extraordinarias. Más aún, estas personas valoran el esfuerzo de las hermanas extranjeras por aprender su lengua y apreciar su cultura.
En el sur del país tres mercedarias tienen tres misiones específicas. Una trabaja con ancianos afectados por el mal de Alzheimer, que son atendidos de día y de forma ambulatoria. Otra se dedica a personas con cáncer terminal, y la tercera visita y cuida a enfermos en sus casas: les lleva de comer y asea sus viviendas.
A las hermanas les han ofrecido otras actividades, como asistir a chicas que se dedican a la prostitución o a mujeres inmigrantes provenientes de Vietnam o Filipinas, pero las limitaciones que impone la lengua son muchas. La esperanza de las mercedarias está en las jóvenes coreanas, que comienzan a tocar a sus puertas para ingresar al convento.

Tu Dios será mi Dios…
«Corea del Sur es un país donde el respeto por lo diferente se respira. El grado de tolerancia hacia otras religiones es de admirar. Cuando he preguntado a varios que profesan la religión budista si puedo rezar por ellos, han aceptado con gran cariño. Otros, en momentos en los que su vida parecía irse, me han preguntado: “hermana, ¿cómo es su Dios?” Les he respondido que “es alguien a quien siento muy cerca” porque siempre quieren saber si no me siento sola en una tierra tan lejana. “Tan cerca –he continuado– que mi Dios está también en ti, pues es mi padre y tú mi hermano”. Y así, poco a poco, me piden que les presente a “mi Dios”. Lo que más les llama la atención es cómo he podido dejar a mi familia (porque en Corea el tema de honrar al padre y a la madre es muy fuerte, así como el de tener descendencia) y atenderlos con cariño aun cuando no tenemos el mismo credo religioso».

Dios también es ilegal…
«En Seúl –nos cuenta la hermana– he tenido la suerte de apoyar en la pastoral con nuestros hermanos inmigrantes latinos. En las Eucaristías o retiros hemos crecido en la fe y hemos vuelto a ser como niños. Escuchar hablar de Dios en tu propio idioma es no sólo madurar en la religión sino también descansar de la rutina pues la mayoría trabaja en fábricas. Mi misión consiste en acompañarlos cuando necesitan de mi traducción para ir al dentista o al médico, o visitarlos cuando la policía los detiene ya que ni siquiera sus familias pueden hacerlo por su condición de ilegales. Es entonces cuando debo acercarme hasta el centro de detención para llevarles sus útiles de aseo, el pasaporte, las maletas o su dinero, pues muchos me han pedido que les guarde sus ahorros.
Con ellos he vivido la grata experiencia de cantar un himno al Señor de los Milagros a todo pulmón; con alma, vida y corazón, como canta nuestro vals. Y además, celebrar cada 28 de julio como Dios manda, con una Eucaristía de acción de gracias con charango y cajón para luego saborear una rica comida mandada preparar por la embajadora del Perú.
Siempre que compartimos sus vivencias, recordamos que de pequeño Jesús también vivió el destierro y de ilegal en Egipto, escondiéndose del faraón. Así viven muchos de nuestros hermanos que difícilmente pueden pasear, sólo los domingos –días en que la policía de migraciones no trabaja– logran salir, pero siempre con temor».

Mensaje a las chicas
Ya para concluir la entrevista, la hermana Ana María quiso enviar un mensaje a las chicas peruanas: «Las animo a abrir la puerta si Dios las llama ya que, como dice Jesús: “hay más alegría en dar que en recibir” (He 20,35). Estoy convencida de que la propuesta de la vida religiosa vale la pena vivirla. Es una opción que no sólo lleva a la realización como persona sino que hace experimentar la novedad de vida cada día al poder compartir la Buena Noticia de la fe, signo de esperanza.
Esto es algo de lo que les puedo compartir de esta hermosa misión que ¡tanto me ha enseñado! Gracias a la revista Misión sin Fronteras por alimentar mi alma misionera. Dios los bendiga».
 

 
Un jesuita peruano en Chad PDF Imprimir E-mail
El padre Alfredo Vizcarra Maurice nació en Lima, en 1960; pero durante su infancia y adolescencia vivió y estudió en diversos lugares del Perú. «En realidad toda mi vida –nos relata el sacerdote– la he pasado yendo de un lugar a otro. Mi padre, que es militar, ha estado por todas partes». Al volver a Lima para su último año de colegio, el profesor de religión le habló de un grupo de jóvenes universitarios y del último año de secundaria que se reunía en la iglesia de Fátima, en Miraflores. «Yo me interesé –continúa el padre Alfredo– quizá porque acá en Lima no tenía raíces, no tenía muchos vínculos. El grupo, llamado “Siempre”, era asesorado por el jesuita Luis María Grández. Ya no existe en la actualidad, pero en aquellos tiempos era grande y los jóvenes provenían de varias universidades limeñas».

Ingresa con los jesuitas
Alfredo entró a estudiar Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pero después de dos años y medio abandonó los estudios para ingresar al noviciado de los jesuitas en Barrios Altos, en el jirón Conchucos, muy cerca de la «Huerta perdida»; allí los novicios hacían su trabajo pastoral y posteriormente pasaban al juniorado, sito en Breña, para continuar con los cursos de letras y humanidades.
Una vez terminada esta fase de la formación, Alfredo dejó el Perú para ya no volver de forma estable. En 1986 viajó a Chile para hacer los estudios de filosofía. Al terminar estos, y antes de iniciar la Teología, los jesuitas pasan por una experiencia de trabajo, una obra apostólica de la Compañía que puede durar dos o tres años. Alfredo fue destinado a Chad y para ello tuvo que aprender el francés, lengua que en parte conocía ya que durante el juniorado la había estudiado. Al terminar su experiencia en el país africano, inició los estudios de Teología en Brasil. En 1994 fue ordenado sacerdote.

La misión
Una vez ordenado y destinado a desempeñar su trabajo sacerdotal en el país donde había hecho su primera experiencia apostólica, el padre Vizcarra necesitaba saber el árabe. Por esta razón estuvo dos años en Dar Comboni, en El Cairo (Egipto), estudiando esa lengua. Continuó su aprendizaje por un año más en Líbano. Al llegar a Chad trabajó tres años en una parroquia de la región de Gera, en el Sahel, en el centro del país. En la actualidad sigue allí, en lo que es ahora el recientemente establecido vicariato apostólico de Mongo.
«Chad es un país grande, mil kilómetros cuadrados menos que el Perú –nos dice el padre–. Los primeros sacerdotes llegaron en los años 30 para “fundar la Iglesia”. Cuando llegaron los jesuitas, en el año 46, ya estaban establecidos los capuchinos y los oblatos, y hubo una cierta confusión o discusión sobre quién se encargaría de tal o cuál zona. La labor de estos misioneros, junto a la de los jesuitas, ha sido promover actividades agrarias, obras de desarrollo para la producción agrícola.
La mayoría de los habitantes del vicariato son musulmanes. Los cristianos son menos del uno por ciento. A pesar de la diferencia, la relación entre los dos grupos religiosos ha sido buena, sobre todo por la presencia de la Iglesia católica en Abeché, en la frontera con Sudán, y luego en Gera. En el tiempo en que llegaron los  jesuitas, mucha gente se hacía católica. No había tantos musulmanes, pero más tarde llegaron las conversiones al islam, sobre todo después del triunfo de Hissène Habré, que fue presidente del país. La Iglesia se ha creado un prestigio gracias a las escuelas que fundó desde un principio, a los dispensarios y a la actividad desarrollada con los campesinos. Ésta última se ha organizado de forma tal que el agricultor aprende a prever los tiempos difíciles y no depende completamente de la naturaleza, de si llueve o no llueve, o de si hay plagas. De esta manera puede evitar las hambrunas».

Fe y Alegría en Mongo
El padre Alfredo ha venido de vacaciones al Perú, pero también para ponerse en contacto con el Movimiento Fe y Alegría. «Comenzamos en 2007 como Fe y Alegría –nos dice–, pero el trabajo ya lo habíamos iniciado antes. Este Movimiento es una federación de colegios católicos presente en 17 países de América Latina. El fundador es el padre Vela, que ya tenía en la mente que pudiera llegar a otros sitios del tercer mundo y su mira era África, ir más allá hasta alcanzar otros continentes, quería llegar a Asia.
Nosotros hemos construido módulos para escuelas de tres aulas en 40 poblados, pero nos hacía falta una institución que diera una orientación al trabajo que hemos hecho porque no basta con construir las aulas. Las escuelas comunitarias nacen porque la comunidad las quiere. No había maestros formados, entonces pensamos en Fe y Alegría y entramos en contacto con ellos, con el coordinador de la federación, para que dieran una orientación a nuestras escuelas. Vinieron a Chad a visitarnos y nos llevamos una sorpresa cuando nos dijeron que ya teníamos Fe y Alegría. Esto por la participación que tiene la gente en el trabajo de la escuela, porque las aulas han sido construidas por la comunidad y porque junto con los colegios hemos procedido luego a la construcción de graneros comunitarios para hacer frente a las necesidades de la gente. Hemos construido también barreras para retener el agua y alimentar las capas freáticas subterráneas para que haya agua el mayor tiempo posible».

Una Iglesia pequeña que
da testimonio
El vicariato se entiende como una Iglesia pequeña, para la cual la prioridad no está en las conversiones. «Nos interesa una Iglesia pequeña, de servicio y testimonio, de desarrollo y promoción humana –nos dice una vez más el padre Alfredo–. Todo lo que hacemos no es sólo para los cristianos sino para todo el mundo. Nuestra experiencia de Iglesia no sólo es un aporte para la Iglesia chadiana, lo es también para la vida social del país, para ir construyendo identidad nacional porque se trata de una nación en la que el 60 por ciento de la población es musulmana y el resto se divide entre católicos y protestantes, con un remanente de animistas. Nuestro propósito es en realidad trabajar por el Reino, hacia el cual la labor de la Iglesia está encaminada».
El trabajo realizado en la misión del padre Alfredo responde a una palabra: participación. «Yo soy el párroco –afirma–, pero mi interés es que la parroquia no sea propiedad del cura sino de toda la Iglesia, que los miembros asuman su responsabilidad. Todo lo que es administración está en manos de los laicos. La comunidad parroquial se logra con la participación de la gente, los laicos son quienes deben ocuparse de la parroquia. Yo soy el pastor que los acompaña. Cada quien tiene su propia responsabilidad. ¿Cómo puedo decir que la Iglesia es el cuerpo de Cristo si los cristianos no están incluidos en él?»
Dificultades y alegrías
El padre Alfredo habla de su misión y del ambiente tan austero en el que vive. Dice de Chad que es una región semiárida, con una geografía a la que no estamos acostumbrados. La vegetación es escasa y lo mismo los alimentos. No hay mucha variedad. Las lenguas son diferentes y las relaciones son también austeras. Hacen falta muchos años para poder establecer relaciones con los grupos étnicos. El francés alcanza a poca gente. El árabe, sin embargo, le ha abierto las puertas.
Pero en medio de una vida tan austera hay otras compensaciones. Las personas son muy afectuosas. El misionero aprende mucho de la solidaridad que existe entre la gente; del espíritu fraterno. Esto hace que privarse de ciertas comodidades no pese tanto frente a la manifestación de la fraternidad. Todos son hermanos.

Un mensaje final
El padre Alfredo se entusiasma ante el tema de «la pasión de Dios, la pasión por los hombres». «Hay que vivir de manera apasionada –nos dice–. Yo presento lo que estoy haciendo. El trabajo de Fe y Alegría es una pasión que no es mía sino que Dios se apasiona por todos nosotros y por nuestras pasiones. Éstas nos comunican la pasión de Dios. La vida es una pasión. Todo lo que hagamos es un lenguaje para expresar la pasión. El apasionamiento, la vida, es una efervescencia en realidad; la creación es eso, un desborde.
Para los jóvenes que están buscando un futuro, un qué hacer, qué decidir, les digo que el “qué hacer” no es un objetivo, es un lenguaje para expresar lo que llevamos más hondo: la pasión por la vida. Lo que está pasando en Chad con medios tan pequeños, con pocos recursos, es que la gente quiere progresar. Es la pasión por la vida. Podemos tener mil medios, pero si no hay pasión… de nada sirve».
 
Entrevista con Adriana Margarita Salcedo Cabello, laica comboniana mexicana PDF Imprimir E-mail
Adriana Margarita Salcedo Cabello es natural de Guadalajara, México; ha trabajado como misionera laica durante seis años en la sierra del Perú. Antes de regresar a su país compartió su experiencia con nosotros.
–¿Cómo conoció a los misioneros combonianos?
–Tuve un retiro en la iglesia Belén de Jesús, de Guadalajara, y ahí conocí a los combonianos. Pedí permiso a la coordinadora de mi grupo para poder integrarme a ellos y me dijo: «Si Dios te llama a ese grupo, anda». A partir de entonces los misioneros me invitaron a sus reuniones que tenían los jueves; nunca falté, hasta que salí de misiones.
–¿Qué la motivó a integrarse al grupo?
–El sentido de hacer algo. Yo tenía múltiples compromisos con la sociedad como contadora pública, pero eso no me satisfacía en el aspecto íntimo, sólo era parte de mi trabajo. Entonces conocí a los combonianos y poco a poco fui adentrándome en el trabajo de la misión, hasta que un día me interrogué: ¿Qué voy a hacer cuando vaya de misión? Enseguida empecé una preparación intensa de catequesis, de crecimiento en la oración, entré a un curso de Biblia… Quería estar preparada.
–¿Cómo nació la idea de venir de misión al Perú?
–Fue parte de la obediencia porque mi interrogante era ¿a dónde voy a ir? Este fue el primer país que me propusieron, me dijeron «te vas a Perú» y gustosa acepté, sin saber qué me esperaba. Para mí es un honor haber trabajado aquí ya que no creo merecer tantas bendiciones de Dios. Las cosas fueron llegando y yo aceptaba lo que el Señor me daba. He estado seis años de misión en este país, empecé en Cerro de Pasco y de ahí me destinaron a Santa Ana de Tusi, en el mismo departamento. Después me propusieron continuar los últimos dos años en la sierra de Huánuco, en Rondos.
–¿Qué actividades ha realizado en este tiempo?
–Realicé trabajos que nunca en la vida imaginé. Por ejemplo, simplemente escuchar a las personas dolidas que tenían secuelas del terrorismo, acompañar el cansancio de los jóvenes cuando iban a las chacras, estar con los niños, dar consuelo a las ancianitas. Asimismo, visitaba las escuelas para complementar las clases de los maestros de religión, ayudaba a los chicos a prepararse a través de dinámicas y juegos para que aprendieran más rápido. También participé en la radio del pueblo, la municipalidad nos dio la oportunidad de animar a la población con música y temas de aliento y alegría, enseñándola a vivir sin violencia.
Además, el párroco de la localidad nos habilitó un local donde los niños podían hacer sus tareas de investigación, tener talleres de danza para mejorar su motricidad y hacer ejercicios plásticos. Y cuando el padre no asistía, celebraba la liturgia del día. Acompañé a la gente en la enfermedad y di charlas sobre cultivos, salud y educación. Por otro lado, motivé a los chicos a inscribirse en el instituto tecnológico. En las áreas que desaprobaban, los apoyaba para que no suspendieran sus estudios ya que hay oportunidad de desarrollo en el pueblo y no siempre tienen que salir a Cerro de Pasco. Fueron actividades pequeñas, pero con gran amor.
–¿Y cuáles fueron las dificultades?
–Las dificultades, más que nada, aparecen cuando uno propone nuevos proyectos. Las personas piensan que se les quiere quitar sus costumbres, se sienten violentadas; entonces uno tiene que tener la capacidad de decir que no es así, que es para mejorar y explicarles que hay otras formas de hacer las cosas, más evangélicamente. En mi misión era un recomenzar cada día, después vieron que los proyectos eran con buena intención y empezaron a colaborar y a expresar su forma de sentir; de esa manera pude armonizar el trabajo. Ver que aceptaran las propuestas fue signo de que quedó algo en sus corazones.
–¿Vivió alguna anécdota?
–Sí. Por ejemplo con eso de las costumbres. Un día llegué a hacer limpieza total al templo y sin saber tiré todas las flores que había porque me dije: «Bueno, ya están marchitas y hay que traer nuevas». Pero resulta que aquí «las flores duran un año en la capilla». Este acto fue algo fuerte para ellos, pues toman poco a poco las flores para hacer oración, para hacer sus ritos como pedir la sanación de las personas. Yo había desechado todo eso y se disgustaron mucho. Entonces, la Semana Santa siguiente tuve que reponerlas; me dijeron: «Como tú has tirado las flores, ahora te encargarás de recolectar nuevas». Y conseguirlas fue difícil porque en esa zona no hay muchas, pero con la bendición de Dios lo logré.
–Alguna experiencia.
–Tuve una experiencia un poco triste. Mi papá murió mientras yo estaba de misión. Pero Dios me concedió la gracia de despedirme de él unas semanas antes, por teléfono. En esa ocasión le comenté sobre el trabajo que hacía y le conté que los padres me habían propuesto quedarme un tiempo más, entonces él me dijo: «Aprovecha, hija, que tienes la oportunidad de realizar ese trabajo». Le pregunté si contaba con su bendición y me dijo que sí, «que Dios bendijera a los padres y a todos en el pueblo». Esa fue la despedida porque unas dos semanas después falleció. Yo no pude viajar porque él murió un viernes y lo enterraron un sábado. Por la falta de comunicación recién me avisaron el domingo. El lunes pude viajar a Cerro de Pasco para llamar a mi familia y ya habían iniciado el novenario de misas. Sólo pude acompañarla con el sentimiento y la oración.
La gente en la comunidad me preguntaba: «¿Tú no guardas luto?» Yo les decía que lo llevaba por dentro, que era como una ofrenda que hacía al realizar los consejos que mi papá me había dado en vida, como hacer oración por él. Recuerdo que cuando me dieron la noticia estaba rodeada de niños que no tienen papá, están en Lima o los han abandonado; entonces di gracias al Señor por la bendición de haber tenido un papá y una mamá que me dieran cariño.
–¿Qué se lleva a México?
–Para mí ha sido un honor realizar este trabajo. Me ha llenado de bendiciones tanto a mí como a toda mi familia y a mis amigos más cercanos. Ellos en parte son como misioneros porque siempre que les comenté sobre mi labor, me ayudaron económicamente y con la oración para poder llevar una ayuda a la gente que la requería por enfermedad o para las mamás que más necesitaban. Esa fue una forma de invitar a todos los que me rodean en mi pueblo a vivir la misión.
–¿Qué mensaje deja a los lectores de la revista Misión sin Fronteras?
–La misión es un estilo de vida que se puede realizar no solamente saliendo sino también desde los hogares, al dar a conocer y vivir el Evangelio; con la atención a los más pobres; el amor que podemos llevar al enfermo, al indigente; y el acompañamiento con la oración, principalmente.
La gente de la sierra es incomprendida porque tiene mucho sufrimiento y heridas por sanar. De ahí deriva la violencia entre las familias y en la sociedad. Por eso los invito a ir en grupo a la sierra para hacer algún trabajo de apoyo social. Ayudar no solamente es enviarles y darles lo que sobra en casa sino también darnos un poco, que sepan que no están solos y darles la mano. Cuando estas personas llegan a la ciudad para poder llevar algo a sus familiares, encuentran agresividad y falta de apoyo para conseguir un trabajo; y regresan más dolidos y resentidos porque durmieron en las calles o los parques y no lograron sus objetivos. Entonces, les pido que les den la mano, los ayuden a capacitarse en algún oficio. Los jóvenes son despiertos y pueden contribuir a mejorar la sociedad.
–Y a los jóvenes…
–Cuando llegue la desesperanza, no se sientan solos. Hay muchas personas a las que pueden acudir; por ejemplo, a las que se dedican a compartir esta aventura tan linda que es la misión y son partícipes, de una forma u otra, de la difusión del Evangelio; ellas las están esperando para brindarles su hombro. Yo pensaba que sólo saliendo podíamos ayudar, pero hay muchas formas de experimentar la misión. Sean soñadores porque los sueños se pueden hacer realidad.
–¿Qué hará al regresar a su país?
–Primeramente iré a acompañar a mi mamá que está delicada de salud y necesita alguien que la atienda. Una vez que mejore, veré de qué forma puedo apoyar a la misión, ya sea trabajando en mi profesión o con mi labor misionera en otro lugar. Mi prioridad es estar con los misioneros porque he visto que ellos son sensibles al dolor humano, cómo reciben a la gente, con qué cariño tratan a todos sin distinción. Estoy orgullosa de eso y es un honor trabajar con ellos; gracias a la familia comboniana.