Por: Abba Mikael Durante mi visita a un grupo de jóvenes en una parroquia de Lima, se me acercó el coordinador, a quien ya conocía, y me dijo: «Padre, ¿te acuerdas de Rosita?» Le dije que sí y le pregunté: «¿Qué le ha pasado, que hoy no la veo?» Me respondió con una mezcla de tristeza y alegría: «Se fue al convento». Luego me volvió a preguntar: «¿Y te acuerdas de Toño, el palomilla del grupo?» Otra vez le contesté que lo recordaba bien y me contó: «Se fue al seminario». Enseguida añadió: «¿No sé qué está pasando, padre? ¿Quién está mal, ellos o yo? O es que la vida religiosa se está haciendo fashion».
Ya con el grupo y con más calma, retomamos el tema de la vocación, de la llamada y del servicio, tratando de entender qué había hecho que estos dos jóvenes «normales» decidieran cambiar de vida e ingresar en una congregación religiosa. Mucha gente se cuestiona: «¿Qué hace que un joven deje todo lo que aparentemente tiene y ha logrado en la vida, para entregarse totalmente a Dios en el servicio a los demás?» No es fácil comprender el porqué, por mucho que nos lo preguntemos. Lo que sí sabemos es que seguir a Jesús no es opcional porque cuando él llama, lo hace con nombres y apellidos propios; y su llamada está impregnada de radicalidad, o sea, no podemos responderle a medias porque ser mediocre no nos ayuda ni ayuda a los demás. Desde el momento en que vivimos en una sociedad cargada de egoísmos, envidias, rencores y odios, necesitamos jóvenes valientes y generosos que decidan dar testimonio de «otra» realidad, completamente nueva y distinta. Quienes estamos en contacto con grupos juveniles, nos damos cuenta de que una de las principales causas por la que muchos de nuestros jóvenes abandonan la Iglesia, es la falta de un testimonio que manifieste el amor. Con frecuencia nuestras comunidades cristianas son campos de batalla donde nos enfrentamos unos con otros. Esto ciertamente es un obstáculo para que muchos jóvenes acepten la llamada de Jesús. Sin embargo, en cierta medida el conflicto es necesario porque nos ayuda a crecer, a valorar y respetar las diferencias, a aprender a ser tolerantes. Hacen falta jóvenes que quieran ser llenados por la fuerza viva de Jesús para convertirse en instrumentos de evangelización. ¡Con Jesús no hay medias tintas!Muchos jóvenes con los que converso me dicen que quieren ser misioneros; pero a la hora que les hago la propuesta concreta de seguir a Jesús, desaparecen o dejan de escribirme. Esta situación trae a mi mente al joven del Evangelio que le dijo a Jesús que primero le permitiera enterrar a su padre para luego seguirlo; a lo que el Señor le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (Lc 9,60). Lo que quiso decirle, en términos modernos, fue: «No pongas pretextos, no te justifiques. Si tú quieres, puedes dejarlo todo y seguirme». Entonces, ¿quiénes son los que siguen a Jesús? Los que deciden seguir a Jesús en la vida sacerdotal o religiosa no son súper hombres ni súper mujeres. Son jóvenes en busca de un ideal mayor, que aparentemente no entra dentro de los parámetros de la «vida normal», que dice: ¡Vive el presente!, ¡vive la vida loca! ¡Disfruta lo más que puedas, sin importar lo que pasa a tu alrededor! ¡Vive el hoy porque el futuro no existe! Frente a estas afirmaciones, vale la pena preguntarse: ¿A dónde lleva todo esto? Los que seguimos a Jesús buscamos al Dios verdadero, que es el Dios de la Vida, el Dios que se identifica con el que sufre, con el que menos tiene; el Dios que invita a la construcción de una sociedad donde la justicia, la solidaridad y el amor se vivan y se practiquen en contraposición a una sociedad que se alimenta morbosamente del egoísmo, del rencor, de la envidia y del odio. Estos antivalores sólo llevan a la muerte y a la destrucción. Tú, ¿de qué lado te pones? ¿Qué dirección quieres darle a tu vida? La respuesta es tuya. «El Dios de la Vida te espera».
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