Desde Buenaventura (Colombia): Hna. Monserrat García, misionera comboniana
San Daniel Comboni amó África por ser el continente más pobre. Hoy sus hijos e hijas seguimos amando a los africanos dondequiera que se encuentren. Por eso muchas de nuestras misiones en Ecuador y Colombia están insertadas entre los pueblos afrodescendientes. Los días de Semana Santa, precisamente, la hermana Feliza Quiñones y yo tuvimos el privilegio de trabajar en la misión comboniana de Buenaventura, una «pequeña África» enclavada en la costa del Pacífico, al suroeste del suelo colombiano, que cuenta con 500 mil habitantes. La parroquia Nuestra Señora del Carmen está en la periferia más pobre de la ciudad, tiene cinco barrios con seis mil habitantes, de los que la mayoría de hombres trabaja en el puerto en la carga y descarga de productos que se exportan e importan a Estados Unidos y otros países del continente. Muchos de ellos han venido de las zonas rurales, desplazados por la guerrilla o los paramilitares. Las viviendas, construidas con tablas y techo de lámina, son muy pobres. Excepto la carretera, las calles son de tierra y piedra, así que en tiempo de lluvia son muy peligrosas porque el camino se pone resbaloso.
Evangelización en Semana SantaTrabajar en la evangelización en esta zona es difícil, empezando por el espacio físico: hay tres templos evangélicos y ninguna capilla católica, lo que indica que aquí son pocos los practicantes de nuestra fe. Comenzamos por impartir la catequesis y las celebraciones en una casa prestada o al aire libre, cuando no llovía. Al ver que los niños participaban, dejamos de lado los temas para adultos e improvisamos juegos, dinámicas, teatro y cantos. Con razón decía Jesús: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mc 10,14). Estos pequeños, como todos los del mundo, son inteligentes, alegres y receptivos, aprenden rápido; lástima que la educación que reciben en las escuelas sea deficiente y la mayoría de ellos no termine la primaria, por lo tanto tienen pocas posibilidades de superarse. Durante el Vía crucis y la Vigilia Pascual se nos unió más gente, que después agradeció nuestra presencia pues hacía cinco años que no la visitaba ningún obispo, sacerdote, religiosa o ministro de la Palabra en este tiempo litúrgico. Claro que en siete días no se «pueden hacer milagros», pero nos contentamos con haber sembrado semillitas de fe, alegría y amor; el Espíritu Santo se encargará de hacerlas crecer y florecer. Me despedí de la gente con el deseo en mi corazón que experimente la presencia de Jesús resucitado en su vida, para que sea signo de esperanza, paz y alegría para cuantos la rodean.
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