El reto del Pampón PDF Imprimir E-mail
Desde Esmeraldas (Ecuador):
P. Juan Benjumea, misionero comboniano

Nuevamente me veo en mi Esmeraldas querida, donde me estrené hace 35 años. Nada más llegar monseñor Eugenio, mi obispo, me invitó a Borbón a un encuentro zonal de las cuatro parroquias. Al hablar de la situación real en la que vive la gente, me impresionó conocer que cada día los están acosando más, hasta el punto de hacerlos abandonar sus tierras.

Empezaron quitándoles la madera; las compañías que buscan oro han puesto todo patas arriba y han llegado a levantar con sus máquinas excavadoras hasta pueblos enteros; los ríos, entre las fumigaciones que usan para las plantaciones de palma y los líquidos que emplean para lavar el oro, están contaminados, ni la gente ni los animales pueden ya usarlos. A esto se añade el trazado de nuevas carreteras pues han descubierto petróleo y pronto empezarán a excavar pozos. Conclusión: muy pronto tanto negros como indígenas se verán obligados a abandonar sus poblados.
Estoy destinado a La Merced, la primera parroquia que tuvimos los combonianos hace 50 años. En el territorio que abarca tenemos cuatro capillas, un centro de formación socio-catequético, el colegio Madre del Salvador y la Ciudad de los Muchachos. Toda la zona, llamada el Pampón, cuenta con una población aproximada de 50 mil personas. Aproveché el encuentro zonal para salir una tarde con el obispo a recorrerla. Visitamos enfermos en situaciones extremas, difícil de describir. En una casa monseñor Eugenio cogió su teléfono celular y llamó a una señora para que mandaran una ambulancia y llevaran al enfermo al hospital de Quito. Terminamos los dos sin saber qué hacer.
La verdad es que viendo lo que tenemos en la isla, uno no sabe cómo pueden vivir tantísimas familias en casas tan pobres, amontonados en la misma habitación, con agua racionada y muchos sin servicios sanitarios de ningún tipo.
El Pampón tiene fama de ser un lugar peligroso, refugio de pandilleros, salteadores, sicarios y no sé cuántas cosas más. ¿Quiénes somos los que creamos estos lugares de miseria? ¿No son hermanos nuestros? En una misa les dije que allí también hay santos, bienaventurados, sencillos, pobrísimos que sufren a causa de la injusticia y que son despreciados y mal vistos por nosotros.
Voy a sustituir a un sacerdote italiano de 84 años, el padre Luis, un santo de verdad, joven de espíritu, dinámico y maestro en alegría y cariño para grandes y pequeños. Con todo, ya varias veces le han robado la mochila y los ornamentos que llevaba para celebrar la Eucaristía. Si a él que lo quieren tanto lo tratan así, ¿qué me sucederá a mí?
Estoy aprendiendo mucho de su forma de vivir y proclamar el Evangelio. Tendré que seguir toreando a todos con mi capote, siempre bien abierto y preparado para quebrar las resistencias más altaneras. No va a quedar nada por probar.