Diario de un misionero Viaje por los clanes nuer de Sudán PDF Imprimir E-mail
por: Roy Carlos Zúñiga Paredes

Hola, amigos. Mi nombre es Roy Carlos Zúñiga Paredes, soy natural de Arequipa y misionero comboniano desde hace ya 23 años, de los cuales 11 dediqué a mi formación misionera y al estudio de las lenguas nativas. Me ordené sacerdote en julio de 1996 e inmediatamente partí con destino a El Cairo (Egipto) para estudiar árabe durante dos años. Finalmente, llegué a mi primera misión africana en noviembre de 1998: la pequeña aldea de Nyal, al sur de Sudán.
De lo primero que me di cuenta al llegar, fue que hablar árabe no sería suficiente si deseaba anunciar el Evangelio con eficacia; así que tuve que empezar, con la ayuda de un maestro de la tribu local, a aprender el idioma nuer. Después de esforzarme cerca de un año, pude comprender mejor esa lengua, hablarla y predicar el Evangelio durante la misa.
El pueblo nuer estaba ansioso de escuchar la Buena Noticia y nos pedía insistentemente que visitáramos sus aldeas, lo que significaba un gran reto para los dos sacerdotes y el hermano comboniano que vivíamos en la ribera occidental del Nilo Blanco, pues desde Nyal debíamos movilizarnos a pie en viajes misioneros o «safaris» de hasta 60 kilómetros a la redonda, atravesando bosques, estepas, ríos y pantanos.
Paso a compartirles, desde este mes, algunos episodios de mi bitácora misionera por algunos pueblos de los alrededores de nuestra misión en Nyal.

Viaje al campo de desplazados en Pabuong

El viernes algunos catequistas locales y yo comenzamos un viaje a las comunidades de Adok, uno de los clanes nuer. Estimamos que nos tomaría unos 15 días el recorrido, si no era más. Amanecía cuando salimos a pie de Nyal con destino a Pabuong. Después de una larga caminata, a las ocho de la mañana llegamos a Maluak, un pequeño caserío cercano a nuestra capilla de Gakal, hicimos una pequeña oración con la gente y proseguimos a Guor 2. Allí los jóvenes nos dieron una acogedora bienvenida al ritmo de tambores e himnos religiosos. Cantaban: «¡Ha llegado el padre misionero, demos gracias a Dios!» Ya dentro de la pequeña capilla, nos deleitaron con un recital de canciones preparadas para la ocasión.
Después de rezar, en medio de cantos partimos con todos ellos en dirección a Guor 1, donde celebramos la Eucaristía a las diez de la mañana. Este es un poblado más extenso y su capilla también es más grande. Era la primera vez que un sacerdote católico los visitaba y se pusieron muy contentos. La gente de la posta médica nos acogió en su local; comimos algo y, después de descansar un poco, reiniciamos la caminata hacia un lugar llamado Bor Yangni.
Llegamos a este poblado al caer el sol. Desde lejos, un hombre corrió a nuestro encuentro. Era un padre del lugar que, pensando que yo era doctor, me llevó a su tukul (choza) para que viera a una niña que había sido mordida por una serpiente venenosa. Después de dudar un poco, al ver el sufrimiento de la pequeña y el pie ya inflamado, le apliqué la «piedra negra» que llevaba conmigo, confiado en que Dios me protegería en caso de que yo fuera mordido.
Con una hoja de afeitar hicimos una incisión en el área afectada, acercamos la piedra a los cortes y se adhirió al pie. Era la primera vez que yo aplicaba ese método y, a decir verdad, dudaba de su eficacia. Después de algunos minutos la niña nos relató cómo el dolor descendía y se localizaba sólo en la herida. La famosa piedra trabaja, ¡gracias a Dios! Comimos algo y nos fuimos a dormir, eran las nueve de la noche y ya se oían las risas de las hienas a lo lejos. (Continuará.)