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Creo que a todos los peruanos nos pasa lo mismo cada vez que llegan las fiestas patrias. No celebramos tanto el hecho mismo de la independencia sino de ser peruanos. Al mismo tiempo, este acontecimiento produce en nosotros una mezcla de sentimientos y una alegría partida. Por un lado nos sentimos orgullosos y festejamos con patriotismo y agradecimiento haber nacido y crecido en este pedazo de tierra que hoy llamamos Perú. Nuestras raíces se remontan a una cultura milenaria, provenimos de un pasado cultural tan rico que no tiene nada que envidiarle a nadie. ¡Si sólo tomáramos conciencia de ello y viviéramos un presente lleno de color, vida y desafíos de todo tipo! Por otro lado, en una fecha como ésta tomamos conciencia de nuestra realidad como país, tanto a nivel social como político. Y violencia es la noticia número uno en todos los medios de comunicación; acompañada de desintegración familiar originada por múltiples y complejos factores, aunque la causa más evidente es la falta de orientación y formación desde antes de fundar una familia. La corrupción generalizada ya no llama la atención, pero sí inspira temor la próxima liberación de los terroristas que ensangrentaron nuestro país –muchos de ellos miembros de las cúpulas más altas– y que, después de haber cumplido con sus 15 o 20 años de condena, saldrán libres. Con tristeza vemos y sentimos lo que aún nos divide: diferencias sociales, racismo, prepotencia, abuso, etc. Es urgente trabajar por una «cultura de vida», en la que ella sea presentada como el don más santo que Dios nos ha dado. No existe vida insignificante, todos valemos todo ante Dios; cuanto más débil, pobre e indefensa sea la vida, mayor debe ser nuestra opción y compromiso por protegerla. Y no es que haya que defenderla sólo por ser pobre sino porque no hacerlo contradice la voluntad de Dios, que quiere que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10). Rescatemos el valor del respeto a la dignidad del otro, evitando hacerle lo que a nosotros no nos gustaría que nos hagan. Promovamos la paz como consecuencia de la justicia y de la solidaridad, que no es otra cosa que «ponerse por un instante en la piel del otro». Busquemos el diálogo como el puente que nos lleve a la escucha y a la comprensión del otro, que dé lugar a una mayor participación y compromiso. Sembremos los valores que queremos cosechar, sin olvidar que todo ello empieza por casa. Lo que se recibe en casa, nada ni nadie lo podrá sustituir. A nivel estatal se siente un descontento hacia la política neoliberal del gobierno actual, especialmente en las regiones que históricamente siempre han sido las más olvidadas por el Estado y por muchos de nosotros, y que hoy se vuelven interesantes por las riquezas que albergan sus subsuelos, las cuales están siendo explotadas por las grandes transnacionales que son las primeras en beneficiarse. Nuestro país está cada día más concesionado y vendido, cada día es menos nuestro y la mayoría de nosotros ni nos enteramos. El gobierno protege y representa a las grandes empresas, defiende sus intereses y no los de las grandes mayorías ni de las minorías. Por lo tanto, todo cuestionamiento a su plan y las protestas en las diferentes regiones del país constituyen para él actitudes antidemocráticas y «enemigas del desarrollo». En el Perú existen más de 250 conflictos sociales; la mayoría de ellos en las regiones más pobres y olvidadas, originados por razones medioambientales. Allí viven hermanos nuestros que constantemente protestan no porque estén locos sino porque siempre vieron ir y venir las riquezas, dejándolos más pobres y contaminados que antes que llegaran las inversiones. Hermanos nuestros que protestan porque a largo plazo las consecuencias están siendo mayores que los beneficios a corto plazo; porque la minería un día se acabará, pero la agricultura no; porque a pesar de que viven en las regiones que más aportan al país, no ven mejorías en educación ni en salud; porque estamos envenenando nuestro planeta y con ello nuestra tierra: no olvidemos que todo lo que le hace mal a la tierra, le hace mal al hombre.
Estos son los conflictos que se generan cuando un gobierno quiere aplicar a la fuerza las exigencias de un modelo neoliberal en un país, olvidando que no se pueden dar «saltos» sino «pasos». Este es un proceso que hay que asimilar y más que todo entender porque es impuesto y no nuestro. Es verdad que el Perú está creciendo económicamente y ello es bueno, pero no debe hacerlo a cualquier precio. Es erróneo pensar que desarrollo es sólo economía. No, desarrollo es mucho más, es un paquete que abarca a toda la persona humana: formación, salud, ética, bienestar, medio ambiente, religión, cultura. Es… llegar a ser cada vez más persona; es un llamado inmenso a decirle sí a todo lo que vive y ha salido del soplo divino de Dios (Gén 1): el ser humano, la naturaleza, los animales y toda su creación. Que lo dicho hasta ahora nos lleve a tomar conciencia de la necesidad que tenemos como personas, como cristianos y como peruanos de encarnar en nosotros mismos ciertos valores que se están perdiendo y de promover aquellos que nos lleven a sentirnos más hermanos, capaces de poder construir un país en el que dé ganas de vivir. Que estas fiestas patrias sean una oportunidad para fortalecer nuestra identidad y nuestro amor por el Perú, tan complejo y diverso por donde lo veamos, pero precisamente en esa preciosa diversidad se encuentra nuestra identidad, riqueza, belleza y unidad. ¡Felices fiestas patrias, peruanos! No olvidemos que somos más grandes que nuestros problemas y sigamos como siempre hicimos; no dejemos jamás de cantar, bailar, rezar, ayudar, trabajar y esperar. ¡Dios nos ha bendecido!
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