Por: Óscar Thomas Olalde
La Iglesia está en crisis. Con mayor o menor periodicidad nos lo recuerdan los medios de comunicación, las campañas antieclesiásticas, los comentarios y las charlas cotidianas… La Iglesia se encuentra en crisis y no es para menos. En muchos países se ha desatado una ola de denuncias y acusaciones en el seno de las parroquias y de las escuelas católicas, en los conventos y en los seminarios, en los internados para discapacitados, en las sacristías y tras los muros de las catedrales. En Alemania, Austria, Irlanda, México, Italia, Brasil, España…, en todo el mundo se dan a conocer casos de abuso físico y sexual por parte de representantes de la Iglesia. También se levantan las voces de quienes señalan el encubrimiento personal y a veces sistemático de estos casos. Hombres y mujeres, consagrados y ordenados, sacerdotes y obispos, jóvenes y ancianos, los casos se dan a conocer de diversas formas: hay mujeres y hombres que después de años tienen el valor de dar un paso y hablar de experiencias que han marcado y a veces destruido sus vidas. Otros reclaman, desde su dolor, el reconocimiento y la admisión de responsabilidad por parte de la Iglesia. Son muchos los que se encuentran desilusionados y confundidos, y a quienes se les ha vuelto difícil o imposible sentirse parte de la Iglesia. Por otro lado hay verdaderas campañas orquestadas por grupos anticlericales, que han barruntado la oportunidad de emprender un plan de aniquilación social y moral en contra de la Iglesia. Estos grupos «utilizan» el sufrimiento de las víctimas como argumento para desacreditar toda autoridad moral, toda libertad de articulación e incluso el derecho de existencia de la Iglesia misma.
Voces en la IglesiaLas reacciones en la Iglesia son también diversas. Sin embargo, dominan tres actitudes: una es la de quienes elevan su voz para reclamar transformaciones radicales (por ejemplo, abolir el celibato, reformar la moral sexual de la Iglesia o, incluso, desconocer la autoridad papal), arguyendo que los terribles escándalos no son otra cosa que signos de la falsa dirección que ha tomado la Iglesia, marcada por un autoritarismo centralista y un estilo dominante lejano a la Colegialidad de los apóstoles. Otra postura pasa del ataque al contraataque. No son pocos los que utilizan la tinta y el púlpito para arremeter contra la «sociedad», los «medios» y el «mundo». En esta postura de defensa se arguye que el problema está en toda la sociedad y no sólo en la Iglesia, y que incluso en ésta última los casos son menos que en otras instituciones o en las familias mismas, sobre todo. Desde esta actitud se pasa, de pronto, del sufrimiento de las víctimas al ataque de los agresores; se ve a la Iglesia como contraparte de la sociedad, a la que se acusa de propiciar el libertinaje, de exagerar la culpa en la Iglesia, de querer destruirla. Es la postura de los temerosos y faltos de fe. Una tercera actitud se resume en la frase: «La Iglesia ha superado muchas crisis y superará ésta también». Desde esta posición se habla sólo de culpas personales, mientras que la Iglesia queda intacta y soberana. La Iglesia –se dice– está llena de pecadores, pero ella es santa. Pero hay una cuarta voz en medio de este desconcertante y sobrecogedor coro: es la voz de quien llama a la Iglesia, desde dentro, a la humildad y a la conversión. Es la voz que se hace solidaria primero con las víctimas y en última instancia también con los victimarios. Pues la Iglesia es más que un partido político del cual pueden ser expulsados aquellos que desacrediten a la institución. La Iglesia –así lo sienten algunos– está llamada a asumir la culpa de los suyos, a llevarla con dolor, con humildad, con fe en la reconciliación que viene de Dios y con creatividad transformadora. Como cristiano en fe, en solidaridad, en duelo y en crisis, quisiera sumarme a esta última voz (que es por cierto también la voz de más de un obispo), que es más bien un silencio o una oración entre dientes. No defendamos a la Iglesia, no pasemos al contraataque. Sintámonos Iglesia, asumamos el dolor de todos a quienes se les ha causado dolor. Levantemos los ojos a Cristo y dispongámonos a hacer Iglesia una y otra vez; con valor para transformar lo torcido y para cambiar nuestros pasos si estos se han desviado del camino a la libertad, el amor y la hermandad. ¡No defendamos a la Iglesia, seamos Iglesia!
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