Manuel Lozano Garrido, «Lolo»: Periodista y Santo PDF Imprimir E-mail
por: Rafael Higueras Álamo

 Manuel Lozano Garrido, «Lolo», se interesó desde muy joven por el periodismo y trabajó en distintos medios de comunicación religiosos. Contrajo una parálisis progresiva y su cuerpo se fue deformando, quedando completamente inválido y luego ciego. Vivió su enfermedad con una alegría contagiosa, mucha paz y aceptación. Fue beatificado el 12 de junio.

Manuel Lozano Garrido, conocido como Lolo, nació en Linares (Jaén, España) en 1920. Tras realizar sus estudios, a los 22 años le detectaron una enfermedad que en sólo un año lo llevó a una invalidez casi absoluta. Quedó paralítico y, además, en 1962 perdió la vista.
Lolo fue un joven seglar, un cristiano que se tomó en serio el Evangelio. Como decía de él el padre Martín Descalzo: «Se dedicaba a ser cristiano. Se dedicaba a creer». Tan en serio se tomó el Evangelio que un día el hermano Robert de Taizé se acercó a su casa, lo vio, lo oyó hablar. Miró aquel cuerpecillo agarrotado, tomó la pluma y escribió en la pantalla de la lámpara que alumbraba, desde el rincón, la mesa donde trabajaba: «Lolo, sacramento del dolor».
Lolo fue un joven amante del deporte y de la naturaleza; alegre en sus travesuras infantiles y más alegre aún en sus juegos de juventud, cuando comenzó a abrirse a la vida, a desear «devorar» apostólicamente el mundo. Mantuvo la perenne alegría en su permanente sonrisa; «varón de dolores» y, sin embargo, sembrador de alegría en los cientos de jóvenes y adultos que se acercaban a él en busca de consejo.
Tuvo un gran fervor eucarístico que lo marcó para toda la vida. Ya paralítico, desde el balcón de su casa –situada justamente enfrente de las puertas de la parroquia de Santa María de Linares, donde fue bautizado y ahora reposan sus restos mortales– hacía un alto en sus trabajos de escritor y decía: «Ahora –frente a frente con el Sagrario– voy a echar con él un parrafillo».

Joven apóstol

Lolo, un joven apostólicamente comprometido en una época de hostilidad e incluso de persecución religiosa, recorrió pueblos como propagandista de la Acción Católica y no dudó en lanzarse a evangelizar desde la radio. Pero este Lolo inquieto y andariego recibió la visita del dolor: «Aparentemente el dolor cambió mi destino de modo radical. Dejé las aulas, colgué mi título, fui reducido a la soledad y el silencio. El periodista que quise ser, no ingresó en la Escuela; el pequeño apóstol que soñaba llegar a ser, dejó de ir a los barrios; pero mi ideal y mi vocación los tengo ahora delante con una plenitud que nunca pudiera soñar», escribió en «Cartas con la señal de la Cruz».
Este apóstol recibió de Dios «la vocación de enfermo»: «Mi profesión: inválido». Y era tal su invalidez que día a día fue perdiendo todos sus movimientos. Cuando perdió la actividad de la mano derecha, aprendió a escribir con la izquierda. Cuando también la izquierda se paralizó, dictó a un magnetófono.

 

Periodista y escritor

Desde su rincón inmóvil, desde su silla de ruedas, se convirtió en periodista y escritor incansable. Es más, fundó una obra pía: Sinaí, grupos de oración por la prensa; cada 12 enfermos junto con un monasterio de clausura tomaron sobre sí el «cuidado espiritual» de un concreto medio de comunicación social y así hasta 300 enfermos incurables a los que Lolo unió, alentó a través de la revista mensual que para ellos escribía. Entre 1961 y 1971 publicó nueve libros.

Alegría contagiosa

En su vida fue calando el valor del dolor como aceptación en paz y gozo de los planes de Dios. Entonces su vida de cada día, su contacto con las gentes, se convirtió en alegría contagiosa. A los pies de la gruta de Lourdes, Lolo peregrino le dijo a la Señora: «Te ofrezco la alegría, la bendita alegría». Y la Señora sembró y multiplicó en él la semilla de la alegría, del buen humor que trasmitía a quien se acercaba a su silla de ruedas. Hasta su casa llegaban personas de toda clase social y condición: intelectuales y trabajadores; sacerdotes y enfermos… Pero sobre todo eran jóvenes los que más frecuentaban su amistad. Para ellos Lolo tenía una sensibilidad especial, era «el amigo siempre alegre, el comunicador de la alegría».
Su vida se apagó el 3 de noviembre de 1971. En 2009 la Congregación para las Causas de los Santos aprobó como milagrosa la curación por su intercesión de un niño que padecía «septicemia por pseudomona y vómitos fecaloideos tras dos operaciones quirúrgicas». El pequeño se sanó milagrosamente y fue uno de los presentes en la ceremonia de beatificación de Lolo, su santo protector, el 12 de junio último.