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Miguel A. Villegas En este mes de julio Perú celebra las fiestas patrias en recuerdo de la independencia lograda después de años de lucha. Por esta razón Misión sin Fronteras quiere recordar a un peruano que participó en las contiendas por la libertad de Argentina, Bolivia, Chile y Ecuador, además del Perú. En la Plaza de Armas de Huaraz existe una estatua de un personaje que vino al mundo el 16 de abril de 1782, precisamente en esa ciudad, hijo de acomodados comerciantes y propietarios agrícolas. Seguramente la posición de sus padres y la educación recibida ayudaron a Toribio Luzuriaga y Mejía-Estrada a relacionarse con Gabriel Avilés y Fierro, quien con el tiempo habría de ser presidente de la Capitanía General de Chile y más tarde virrey del Río de la Plata, y en cuya compañía arribó a Buenos Aires el 14 de marzo de 1799. Cuando Avilés fue promovido al virreinato del Perú, en 1801, Luzuriaga prefirió quedarse en Buenos Aires e inclinarse por la carrera de las armas. Entre 1806 y 1807 se batió bizarramente contra los invasores ingleses y cayó incluso prisionero, pero después de su liberación fue ascendido a Capitán. En 1810 se unió a los patriotas durante la Revolución de Mayo, comandó la artillería que coadyuvó al triunfo y figuró entre los firmantes del Acta de la Junta Provisional de Gobierno. Al incorporarse posteriormente al Ejército de los Andes, alcanzó el grado de Mariscal de Campo. Durante la guerra de independencia peleó en el Alto Perú (Bolivia) a las órdenes del general Belgrano. En 1815 fue ministro interino de Guerra y un año después pasó a Mendoza como gobernador de la provincia de Cuyo, siempre en Argentina. En 1820 auxilió eficazmente al ejército expedicionario de San Martín y se unió a él, quedando agregado al Estado Mayor. Intervino en la célebre victoria de Maipú y el Congreso de Buenos Aires lo designó segundo jefe después del Libertador, con derecho a subrogarle en el mando si algo le acontecía. Cuando se produjo la invasión al Perú, permaneció en la bahía de Paracas a bordo de la escuadra. Contemporáneamente, los revolucionarios de Guayaquil solicitaron a San Martín un jefe militar capaz de hacerse cargo de la difícil situación y aquel les envió a Luzuriaga, quien fue nombrado General en Jefe del Ejército en Campaña por la Junta de Gobierno y logró reorganizar el ejército con el cual obligó a los realistas a alejarse de Guayaquil. Pero esta misión no prosperó y Luzuriaga regresó al Perú. El 16 de febrero de 1821 fue designado presidente del departamento de Huaylas, cargo al que renunció el 18 de octubre siguiente y el 22 de diciembre fue investido como Gran Mariscal del Perú. De acuerdo a sus contemporáneos, Luzuriaga era de elegantes y exquisitos modales. «Llevaba en su físico un pasaporte que le conquistaba universales simpatías. Del número de los favorecidos por Dios con varonil belleza, palabra halagüeña, despejada inteligencia». San Martín lo tenía por leal hermano y era padrino de uno de sus hijos; lo consideró entre los fundadores de la Orden del Sol del Perú y en 1822 le dio el encargo de viajar a Buenos Aires para que requiriera el apoyo del Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, con el fin de reorganizar el ejército del Alto Perú y llevar la guerra al Cusco y Arequipa para debilitar a los españoles por la retaguardia, pero Luzuriaga no encontró el ambiente propicio para conducir sus gestiones. En 1825 prefirió retirarse a la vida privada. Después de su retiro compró una estancia cerca de El Pergamino, no lejos de Buenos Aires, donde había vivido cuando llegó por primera vez a Argentina. Pero las revueltas internas y los desastres naturales provocaron su ruina económica, al punto que tuvo que vender sus condecoraciones. Aquejado por fuertes dolencias en la cabeza, se sometió a una operación quirúrgica que lo mantuvo imposibilitado durante tres años. Los dolores físicos y una profunda melancolía motivada por el fusilamiento de los hermanos Carrera, héroes en Chile, lo llevaron en un momento de suprema debilidad, el 4 de mayo de 1842, al suicidio. Tenía 60 años de edad.
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