Clemente Sobrado, C. P. No es fácil ser padre; creo que antes era más fácil. Antiguamente había una imagen que comparaba la educación con el trabajo del artista que plasma sus ideas en el bloque de mármol. Lo que significaba que formar y educar a los hijos era reproducir en ellos nuestras ideas, nuestros ideales e incluso nuestro modo de ser.
Mármol y artistasCreo que hoy han cambiado las cosas. Los padres ya no son los artistas que imprimen sus ideas en el mármol, tienen que ser los que sacan lo que ya está en él. Educar es e-ducere, ver lo que hay dentro y hacerlo florecer. Los hijos no quieren artistas que los modelen a su gusto. Quieren que los ayuden a ser ellos mismos, a dar a luz al hombre y a la mujer que llevan dentro y no al que los padres tienen en su cabeza. Cada hijo es único, aunque tenga muchos hermanos. Cada uno tiene su propia identidad, su propia misión y sus propios ideales y metas.
El problema de los padresEl problema comienza cuando nace un hijo. Todo el mundo quiere verlo como copia de toda la parentela: los ojos son de su padre; la boquita, de su madre; la nariz, del abuelo; la sonrisita, de la abuela. Desde el principio hay un reparto, de él no tiene nada. Por eso, cuando empieza a crecer los padres se empeñan en hacerlo semejante a ellos. Y Dios nos ha hecho a todos distintos. Nos parecemos los unos a los otros, pero no somos iguales. Y como los padres ya tienen la idea de lo que debe ser el hijo, están encima de él tratando de configurarlo. Me encanta el nacimiento de Juan el Bautista. Todo el mundo estaba empeñado en decirle Zacarías. Pero la madre dijo que se llamaba «Juan» y hasta el padre mudo escribió: «Juan es su nombre». La misma gente se preguntaba: «¿Qué será este niño?» Ciertamente, no sería como el padre sino él mismo.
Cercanía y distanciaHay que dejarlo ser él mismo, permitirle buscar sus propios sueños e ideales. Pero esto implica algo que no siempre resulta fácil ni para los padres ni para los hijos: «Cercanía y distancia». Se necesita «cercanía» para darle seguridad. Y también «distancia» para dejarlo caminar por su cuenta. Muchas veces hay una cercanía que asfixia al hijo. Los padres sueñan con un chico modelo en todo, por eso no le dan espacio para respirar. Además, tienen miedo de que pueda equivocarse y fracasar, y eso desdeciría de su capacidad educativa. Por eso, cuando el menor llega a la adolescencia y marca distancia buscándose otros ambientes y libertades, muchos padres exclaman: ¡Qué habré hecho yo para fracasar, si le he dado lo mejor! Es entonces cuando el hijo prefiere el ambiente del grupo de amigos y la calle porque allí encuentra un espacio más amplio. Claro que ello implica un riesgo para él, pero es ahí precisamente donde se siente él mismo. Alguien comentaba que ahora los hijos prefieren la noche porque a esa hora no tienen quién los vigile ni tampoco reloj. Todo el tiempo es suyo.
¿Y si se equivoca? Aunque parezca extraño, yo diría que es preciso dejar que los hijos se equivoquen. Así aprenderán. Tal vez el peor error sea no dejarlos tropezar porque ello significaría hacerles ver que todavía no han asumido su propia responsabilidad, que no saben caminar por su propio pie y su propia autonomía. Los hijos tienen derecho a equivocarse, como nos ha sucedido a todos; tienen derecho a ser libres. Juan Pablo II decía con frecuencia que hay que «educar en la libertad» y no, como frecuentemente decimos, «para la libertad». Sólo podremos formarlos para que sean libres mediante el ejercicio de la libertad. No educamos al niño para que pueda andar. Al principiolo llevamos de la mano, pero luego tenemos que soltarlo para que sea él quien se tenga en pie y camine, aunque con frecuencia se caiga y se pegue unos trompazos. Sólo así logrará su objetivo. El miedo a equivocarnos y a que otros se equivoquen frustra muchas libertades e ideales. Uno no nace sabiendo, aprende ejerciendo. Por eso, más que estar siempre encima o a su lado, es preciso tener confianza en ellos, incluso si se equivocan. Podrán hasta hacer disparates. ¿Y no tienen derecho a hacerlos? Confieso que a mí me dan miedo esos hijos tan buenos que nunca han roto un plato. Prefiero a quienes han roto varios. El problema de padres e hijos está en saber estar cerca estando lo suficientemente lejos, en saber acompañarlos y al mismo tiempo darles espacio para que caminen solos. Demasiadas frutas se han podrido de tanto palparlas para ver si están maduras.
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