Entrevistó: Liz García El hermano Luis Humberto Gonzales Jiménez es natural de Lima, nació dentro de una familia comprometida con la Iglesia ya que sus padres daban charlas en Encuentros matrimoniales y en la catequesis familiar. Creció con este ejemplo de vida, de servicio al prójimo, al tiempo que en su parroquia tuvo la posibilidad de ver las necesidades de mucha gente pobre; esto lo ayudó a tener otra visión del mundo y de su ser cristiano.
Su ingreso en la congregaciónEn su infancia llegó a sus manos la revista Aguiluchos. Le atrajo su contenido y se acercó a suscribirse. Más tarde continuó con Misión sin Fronteras, revista de la que le llamó la atención los testimonios de vida de los misioneros. Al concluir sus estudios escolares sintió la inquietud de ser misionero e ir a trabajar con los más necesitados; se contactó con el encargado de la promoción vocacional, en ese entonces el padre Fernando Madaschi, e inició su discernimiento paralelamente a sus estudios de enfermería. El hermano Luis revive que en ese tiempo se realizó el Comla-4 en Lima, acontecimiento que marcó su camino vocacional y ahondó su interés misionero.
¿Sacerdote o hermano? Se decidió a formar parte de los Misioneros Combonianos e ingresó en la congregación para servir a Dios como sacerdote. Inició sus estudios de filosofía en el Instituto Juan XXIII de Lima; ya en el seminario, luego de un discernimiento personal decidió ser postulante para hermano y seguidamente pasó al noviciado, en Huánuco. Su familia no comprendía su vocación, por eso el hermano expresa: «Fue difícil admitir que quería ser misionero porque tenía que apartarme de mi familia e incluso de mi país». Concluida esta etapa, pidió hacer sus primeros votos temporales, esto significaba viajar a Colombia o a Kenia para la siguiente fase de formación. Él propuso continuar su carrera de enfermería y fue enviado a Colombia para realizar los estudios respectivos. Paralelamente a su formación hizo una experiencia de misión de mes y medio entre indígenas en lugares de guerrilla. Acompañó a las comunidades de paz (desplazados de sus pueblos por la guerrilla) en el Chocó, al norte de Colombia, tratando de garantizar la tranquilidad a los habitantes. Allí sintió el dolor de las familias que lo habían perdido todo: hijos, casa, campos de cultivo…, todo cuanto tenían para vivir. Ningún grupo paramilitar o de guerrilla podía ingresar a esa zona debido a un tratado hecho con el gobierno para preservar las comunidades desplazadas. El hermano Luis se siente agradecido a Dios que le dio la fortaleza para poder acompañarlos. «A pesar de todas sus dificultades, esa gente vive con mucha fuerza su ser cristiano; su esperanza nos motiva para realizar nuestro trabajo», afirma. También explica que en aquel tiempo en la universidad había un ambiente de indiferencia hacia la realidad colombiana, sobre todo de parte de los ricos, que querían hacer un país paralelo y vivir sin ser perturbados por la guerrilla. Es así que al finalizar sus estudios en la universidad, hizo su tesis acerca del Derecho a la Salud de los Indígenas en Colombia. Con una sonrisa de satisfacción nos cuenta: «Mi tesis fue tomada como la mejor de la universidad. Este logro me alegró mucho porque pude plasmar una realidad ajena y exponerla a una sociedad de jóvenes que vivía indiferente a la situación de su país. Ahí me di cuenta que valía la pena ser hermano porque podía ingresar a lugares donde de pronto el sacerdote no lograba llegar, meterme en los nuevos areópagos de esa ciudad: los jóvenes, el mundo de los hospitales. Eso es ser hermano para mí».
Primera destinación«Mi sueño, sin lugar a dudas, era viajar a África. Sin embargo fui enviado a Italia ya que en ese país hay un centro de atención para combonianos –expresa el hermano–. Al principio sufrí mucho porque no deseaba ir a allá. Con un sentimiento especial viajé a Milán». En Europa existe una política anti-migración que afecta e influye en la población, y nuestro misionero fue víctima de ella: el equipo sanitario (laico y local) lo acusó ante el colegio de enfermeros de Italia de ejercer su profesión sin diploma. Pese a las dificultades trabajó arduamente para mejorar la estructura sanitaria y poco a poco mejoró su relación con el equipo sanitario, al que le demostró que los prejuicios no valen de nada y que todos somos iguales ante los ojos del Señor. «Esta experiencia –dice– me ayudó a crecer humanamente y me fortaleció en mi vocación y mis convicciones».
El sueño anheladoConcluido su trabajo en Italia, regresó a Lima para hacer sus votos perpetuos. Luego viajó a Inglaterra para estudiar el inglés y después de ocho meses le anunciaron su próxima misión: Addis Abeba, capital de Etiopía. Allí estudió durante un año el amhárico y pasó provisionalmente a la comunidad de Awasa, donde los combonianos tienen más de 20 años. En esa zona asumió la responsabilidad del colegio, trabajó con los jóvenes en la cosecha de papas para recaudar fondos para la escuela, tuvo a su cargo la administración de la misión y apoyó en la posta médica. Más tarde el hermano Luis fue enviado a El Gumuz para abrir una nueva casa. Manifiesta al respecto: «Estoy muy feliz de trabajar en esta región y de poder tocar un poco el corazón del África de Daniel Comboni. El Gumuz es una comunidad muy necesitada, donde la salud y la educación están en la mínima expresión, y se está haciendo un trabajo de primera evangelización. Siempre soñé con venir a este lugar, sé que será un camino largo y fatigoso ya que hay mucho por hacer, sólo tengo que ponerme en las manos del Señor».
Anécdotas de la vida en la misiónEn su camino misionero el hermano ha encontrado diferentes dificultades. Por ejemplo, en una comunidad religiosa se trabaja en equipo y no individualmente, así que él tuvo que doblegar su voluntad para lograr objetivos en el trabajo encomendado por sus superiores. Seguro de sí mismo, dice: «Debemos saber que estamos en una barca dirigida por Jesús y tenemos que dejarnos guiar por él. Nos podemos equivocar, pero lo más bonito es saber aceptar que el Señor puede actuar en esos episodios de nuestra vida». También vivió anécdotas simpáticas. Una de ellas ocurrió en una Semana Santa, cuando fue a visitar, junto con un sacerdote y tres hermanos, una comunidad indígena. A la mitad del camino el vehículo se averió, el padre que los acompañaba fue a buscar ayuda con uno de los hermanos, pero nunca volvió. Pasados varios días los auxilió el personal de la comunidad a la que se dirigían. De regreso a la ciudad para arreglar el vehículo y buscar a los misioneros perdidos, oscureció y se tuvieron que alojar en una casa abandonada; allí pasaron la vigilia pascual. Con alegría dice Luis: «Esa fue mi mejor vigilia pascual porque fue muy significativa: viví la Pascua como esa gente, me puse en comunión con ellos. No tuvimos misa por falta de un sacerdote y celebramos la resurrección de Jesús en la oscuridad».
Jóvenes, luchen por sus sueñosEl hermano Luis invita a los jóvenes con un sentimiento especial de servicio o alguna inquietud vocacional, a que luchen por ese ideal, se arriesguen sin temor, se pongan en las manos del Señor y traten de hacer su voluntad, una voluntad que no viene del cielo y te habla al oído sino que se va manifestando en el camino, en las personas que están alrededor, en la comunidad religiosa; ahí se revela la voluntad de Dios. Con mucho entusiasmo el misionero declara: «Los jóvenes tienen sueños, creen que el mundo puede cambiar y sienten que pueden contribuir con un estilo diferente, como misioneros o religiosos, desde los valores cristianos. ¡Atrévanse a hacerlo!»
Llamado a vivir la experiencia de misiónEl hermano recuerda: «Durante el Comla-4 se decía “América, desde tu fe y desde tu pobreza envía misioneros”. A mí se me quedó la frase porque somos un continente pobre, donde hay primeros lugares de evangelización, pero a pesar de eso vamos a otros sitios a compartir nuestra fe». Pide a los lectores que «se sientan en comunión con los misioneros peruanos porque somos un pueblo» y confía que «lo que estamos haciendo en otros lugares, lo sientan las personas que están acá como algo propio». Asimismo, espera que gracias a los testimonios publicados en Misión sin Fronteras, muchos se atrevan a vivir esta experiencia.
Un nuevo caminoFinalmente, el hermano Luis nos confiesa: «He aprendido a tener paciencia. Como joven que soy, a veces he sido impaciente y he querido resultados inmediatos y buenos. Pero la vida no es así, hay que tener paciencia, ser constante, saber superar las dificultades. Mis experiencias de misión me han enseñado a tener confianza en Dios, a tener fe; sólo nos queda eso. Frente a situaciones fuertes lo único que podemos hacer es compartir la fe y esperar la providencia de Dios. Uno piensa que puede solucionar los problemas como misionero, pero ante las realidades límite el que actúa es Dios; las palabras no sirven de nada, sólo el testimonio, la paciencia».
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