P. Mario Mazzoni, mccj
La ilusión de las apariencias es una trampa para mucha gente. A qué punto puede llegar la dependencia del «qué dirán» es sencillamente inimaginable. La sabiduría popular es muy rica de anécdotas. He aquí un ejemplo que me contaba mi padre: «Un hombre tenía que ir a la ciudad con su hijo y el burro. Montó él y como el chico iba a pie, la gente comentó: “Pobre muchacho con un padre desconsiderado”. Subió el chico y no faltó quien le reprochó su falta de atención hacia el papá. Montaron los dos y alguno afirmó: “Abusivos, ¡pobre burrito!” Empezaron a ir a pie con el animal y la gente se burló: “¡Qué zonzos, llevan al burro de paseo!”» «¿Quién era el más burro?», me preguntaba mi padre riéndose. Hace tiempo leí en un periódico que el orgullo de viajar y dar la imagen de gente rica había llevado a una familia, después de haber publicado a los cuatro vientos que se iba de vacaciones a Miami, a encerrarse en su casa simulando su completa ausencia. Luces apagadas, teléfono cortado y por celular informaciones falsas de los lugares que visitaba. Pero al quinto día de su «encierro» se rompió una cañería de agua y los vecinos llamaron a los bomberos, que a la fuerza tuvieron que abrir la puerta. Cualquiera puede imaginar la bochornosa sorpresa. «Con tal que nadie sepa» es la norma de muchas familias. Y a una señorita que me habló de la situación caótica de su hogar debido en gran parte a la falta de comprensión entre sus padres, le sugerí que fueran con un consejero matrimonial. «Jamás lo harán –me dijo–. Ellos piensan que la imagen de su hogar es la mejor y nadie debe meterse». Con las apariencias vacías y vanidosas no se logra nada. Es de Fedro la breve fábula del zorro que encuentra una máscara y dice: «Qué lujo de apariencias; pero de cerebro, nada». En la literatura de los antiguos latinos y griegos hay anécdotas y proverbios ricos en sabiduría. Por ejemplo, hay quien simula ser rico y no tiene nada, y quien aparenta ser pobre y tiene muchos bienes. Otro proverbio pone en el escenario al rico arrogante que se pone en actitud de juez, convencido de que la riqueza trae automáticamente inteligencia y sabiduría. El hombre auténticamente sabio, casi siempre pobre, mira al pavo real ostentoso y escudriña el vacío que hay bajo el terno de lujo, la estupidez tras la palabrería y el poder. Recordemos aquí las contundentes palabras de la Biblia: «Cuando el rico habla, todos callan y alaban su palabra hasta las nubes. Habla el pobre y preguntan: ¿quién es éste?» (Sir 13,23) Y Jesús a los fariseos: «Sepulcros blanqueados» (Mt 23,27).
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