Entrevistó: P. Miguel A. Villegas La hermana Ana María Muñoz, mercedaria de la caridad, es originaria de San Juan de Miraflores (Lima) y misionera desde hace ocho años en Corea del Sur. Estuvo de vacaciones recientemente y vino a visitar las oficinas de Misión sin Fronteras. Hace tres años también estuvo por aquí (MsF, mayo-junio 2007), pero ahora tiene algo más que compartir con nuestros lectores: cómo nació su vocación a la vida religiosa, primero, y a la misión posteriormente. Ana María inició su educación en el colegio de los Hermanos Maristas de San Juan de Miraflores. Desde muy joven estuvo expuesta a la religión, pero –en sus propias palabras– «el tema de Dios le era casi innecesario e indiferente», a pesar de que en la escuela se confesaba y participaba en la Eucaristía. Un retiro, promovido por el centro educativo y al que había ido con un grupo de amigas con la idea de pasarla bien, fue el detonante que dio origen a una vida totalmente consagrada al Señor. La joven de secundaria había escuchado muchas veces el discurso del amor de Dios y del sacrificio de Jesús por la humanidad entera. Sin embargo, caer en la cuenta de que ella era objeto de ese amor privilegiado y que Cristo había muerto por ella, le llegó a lo más profundo de su ser. A partir de ese momento comenzó una nueva vida. Su único afán fue consagrarse completamente a Dios, aunque no supo por mucho tiempo en cuál comunidad religiosa la quería. Al terminar la secundaria, a los 16 años, Ana María quiso entrar en la vida religiosa, pero muy atinadamente su madre le aconsejó: «Hija, estás muy joven, te puedes equivocar. Estudia una carrera, termina y luego decide». Aconsejada por el psicó logo del colegio marista, la joven entró a la Universidad Champagnat, donde al tiempo que estudiaba psicopedagogía estaba en un medio en el que tenía como compañeros de formación a jóvenes seminaristas y a religiosas. En ese ambiente de estudio y compromiso cristiano conoció a las Hermanas Mercedarias de la Caridad y, al terminar la carrera, decidió visitar el convento. «Fue como en agosto de 1988 –nos cuenta Ana María– cuando me decidí a visitar el convento y quedé admirada por la sencillez de las hermanas, su simplicidad de vida y su alegría». En febrero del año siguiente ingresó a la vida religiosa e hizo su primera profesión en 1992.
Mi vocación misionera nació en un COMLA… «Mi vocación misionera nació en el COMLA-4 (IV Congreso Misionero Latinoamericano, celebrado en Lima en 1991), cuando era novicia –nos dice la hermana–. Mi sorpresa fue grande cuando vi, en la Eucaristía final, a varios religiosos y religiosas recibir el crucifijo para salir del país y anunciar la fe en pueblos lejanos. En ese momento mi concepto de misión era contemplar a hombres y mujeres llenos de coraje, algo así como una especie de héroes, que cruzarían los mares para ir a países extraños a llevar la fe. Cuando pisé Corea del Sur, mi concepto de misión cambió por completo. Nada más llegar, una hermana extranjera me dijo: ¡Bienvenida a la escuela de la humildad! Sonreí extrañada ante esa bienvenida, pero pronto aprendí su verdadero significado. La vida misionera enseña que para vivir la experiencia de soledad, trabajo infructuoso e impotencia, hay que aprender a ser humildes. Nada de protagonismos ni de falsos heroísmos. No, la vida misionera se caldea en un corazón humilde, que sabe que nada de lo que posee, ni títulos ni liderazgo ni coraje, es importante cuando sólo Dios debe ocupar ese lugar y ser comunicado».
El trabajo específico Ana María es delegada del gobierno general de su Congregación en Corea del Sur y, como consecuencia, su primera responsabilidad es animar a sus hermanas religiosas a vivir plenamente el carisma propio, que lo define como «la dedicación a compartir la caridad redentora de cualquier forma, allí donde estamos presentes». Las comunidades mercedarias son tres, con religiosas provenientes de varios países. El papel de la delegada consiste en conciliar las características nacionales de las hermanas para que vivan un testimonio de vida cristiana en un país tan lejano en cuanto a geografía, pero también desde el punto de vista cultural. La Superiora general, que conocía a la hermana Ana María, la destinó a realizar esta misión por sus dotes y la experiencia intercultural que posee. De hecho, en sus años como religiosa ha trabajado en la selva peruana y en Argentina, y ha estudiado en Italia. Desde que las mercedarias llegaron a Corea, fueron invitadas por los Hermanos de San Juan de Dios a trabajar con ellos; y «lo hacemos como si fuéramos una sola familia –nos dice–. Han esperado con mucha paciencia a que aprendiéramos el idioma y nos apoyan en todo». La misión del norte consiste en atender un centro para 100 personas que han sido abandonadas a su suerte debido a una malformación física de nacimiento o porque han quedado psíquicamente mal por abuso sexual, alcoholismo o demencia. En este lugar las misioneras son las «madres», como ellos las llaman. Organizan diferentes actividades para estimular sus habilidades, pero a veces el gesto reemplaza mejor a la palabra. «En Corea del Sur –continúa la religiosa– hemos aprendido que una mirada tierna y un gesto cariñoso hacen cosas extraordinarias. Más aún, estas personas valoran el esfuerzo de las hermanas extranjeras por aprender su lengua y apreciar su cultura. En el sur del país tres mercedarias tienen tres misiones específicas. Una trabaja con ancianos afectados por el mal de Alzheimer, que son atendidos de día y de forma ambulatoria. Otra se dedica a personas con cáncer terminal, y la tercera visita y cuida a enfermos en sus casas: les lleva de comer y asea sus viviendas. A las hermanas les han ofrecido otras actividades, como asistir a chicas que se dedican a la prostitución o a mujeres inmigrantes provenientes de Vietnam o Filipinas, pero las limitaciones que impone la lengua son muchas. La esperanza de las mercedarias está en las jóvenes coreanas, que comienzan a tocar a sus puertas para ingresar al convento.
Tu Dios será mi Dios… «Corea del Sur es un país donde el respeto por lo diferente se respira. El grado de tolerancia hacia otras religiones es de admirar. Cuando he preguntado a varios que profesan la religión budista si puedo rezar por ellos, han aceptado con gran cariño. Otros, en momentos en los que su vida parecía irse, me han preguntado: “hermana, ¿cómo es su Dios?” Les he respondido que “es alguien a quien siento muy cerca” porque siempre quieren saber si no me siento sola en una tierra tan lejana. “Tan cerca –he continuado– que mi Dios está también en ti, pues es mi padre y tú mi hermano”. Y así, poco a poco, me piden que les presente a “mi Dios”. Lo que más les llama la atención es cómo he podido dejar a mi familia (porque en Corea el tema de honrar al padre y a la madre es muy fuerte, así como el de tener descendencia) y atenderlos con cariño aun cuando no tenemos el mismo credo religioso».
Dios también es ilegal… «En Seúl –nos cuenta la hermana– he tenido la suerte de apoyar en la pastoral con nuestros hermanos inmigrantes latinos. En las Eucaristías o retiros hemos crecido en la fe y hemos vuelto a ser como niños. Escuchar hablar de Dios en tu propio idioma es no sólo madurar en la religión sino también descansar de la rutina pues la mayoría trabaja en fábricas. Mi misión consiste en acompañarlos cuando necesitan de mi traducción para ir al dentista o al médico, o visitarlos cuando la policía los detiene ya que ni siquiera sus familias pueden hacerlo por su condición de ilegales. Es entonces cuando debo acercarme hasta el centro de detención para llevarles sus útiles de aseo, el pasaporte, las maletas o su dinero, pues muchos me han pedido que les guarde sus ahorros. Con ellos he vivido la grata experiencia de cantar un himno al Señor de los Milagros a todo pulmón; con alma, vida y corazón, como canta nuestro vals. Y además, celebrar cada 28 de julio como Dios manda, con una Eucaristía de acción de gracias con charango y cajón para luego saborear una rica comida mandada preparar por la embajadora del Perú. Siempre que compartimos sus vivencias, recordamos que de pequeño Jesús también vivió el destierro y de ilegal en Egipto, escondiéndose del faraón. Así viven muchos de nuestros hermanos que difícilmente pueden pasear, sólo los domingos –días en que la policía de migraciones no trabaja– logran salir, pero siempre con temor».
Mensaje a las chicas Ya para concluir la entrevista, la hermana Ana María quiso enviar un mensaje a las chicas peruanas: «Las animo a abrir la puerta si Dios las llama ya que, como dice Jesús: “hay más alegría en dar que en recibir” (He 20,35). Estoy convencida de que la propuesta de la vida religiosa vale la pena vivirla. Es una opción que no sólo lleva a la realización como persona sino que hace experimentar la novedad de vida cada día al poder compartir la Buena Noticia de la fe, signo de esperanza. Esto es algo de lo que les puedo compartir de esta hermosa misión que ¡tanto me ha enseñado! Gracias a la revista Misión sin Fronteras por alimentar mi alma misionera. Dios los bendiga».
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