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Primer misionero comboniano peruano |
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Entrevistó: P. Miguel A. Villegas El padre Javier nació en Iquitos, departamento de Loreto, el 8 de marzo de 1942; pero desde pequeño llegó a Lima, donde creció e hizo sus estudios. Su padre pertenecía a la Marina de Guerra del Perú y albergaba proyectos para su hijo. «Yo dejé una carrera en la marina», nos dice. Era el hijo mayor varón y mi padre decía que en su familia tenía que haber un marino». El jefe de familia falleció cuando Javier era muy pequeño y su madre –que actualmente tiene 91 años– tuvo que hacerse cargo de los 8 hijos que Dios le dio. Javier conoció a los misioneros combonianos cuando éstos se hacían cargo de la parroquia de San Pío X, en Mirones. El ejemplo de los misioneros pudo más que el deseo de su padre de que fuera un hombre de armas. Nuestro misionero cursó buena parte de sus estudios en Alemania y Roma. Fue ordenado sacerdote el 16 de agosto de 1973 y posteriormente trabajó en la diócesis de Tarma. Fue enviado a México –de 1987 a 1992–, a la misión de Baja California Sur. A su regreso al Perú fue destinado a trabajar en Arequipa, en la animación misionera y la promoción vocacional. Esta labor significó mucho para él pues se sintió un instrumento para que varios jóvenes se hicieran sacerdotes y un grupo de señoritas escogiera la vida religiosa. Al preguntarle sobre las dificultades encontradas en su vida misionera, el padre nos comenta: «En sí no puedo decir que haya tenido dificultades ya que en principio nunca he pedido cargos o privilegios, no he pedido a dónde ir o he dicho aquí me gusta. He dependido siempre de mis superiores…». Una de sus últimas responsabilidades fue la de secretario ejecutivo del CENAMIS (Centro Nacional Misionero), al servicio de la Conferencia Episcopal Peruana, durante 6 años. En esa posición conoció muchas congregaciones religiosas y a superiores mayores. Con todos tuvo una buena relación y gozó de acogida y aceptación. De igual manera, contó con el apoyo de los obispos responsables del sector. Su mayor satisfacción fue inculcar el espíritu misionero en congregaciones religiosas sin ninguna formación específica para la misión. A los cursos ofrecidos por el CENAMIS llegaron incluso religiosas de clausura. Otras satisfacciones incluyen las exposiciones misioneras, en las que participaron más de 100 congregaciones presentando su carisma. Por último, el padre Javier desea dirigir unas palabras a los jóvenes, fruto de su experiencia personal: «Ser sacerdote diocesano, religioso o misionero no es para enriquecerte, no es para sostener a tu familia, no es para buscar cargos, títulos o prestigio. Su vida se puede resumir en «obediencia y disponibilidad». «Me siento muy feliz y tranquilo con mi sacerdocio –finaliza–. Volvería a repetirlo si volviera a vivir».
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