Misionera, yo. ¿Y por qué tú no? PDF Imprimir E-mail

Valeria Ruiz

Hola, queridos lectores y lectoras. Este mes les comparte su experiencia misionera la Hermana Valeria Ruiz, de Iquitos. Ella estuvo un tiempo en Ecuador para su formación y ahora está en la comunidad de Pueblo Libre (Lima), a la espera de sus documentos para salir de misión. Ojalá muchos jóvenes se contagien su vocación al leer su testimonio.
¡Qué curioso se me hace ser yo la que ahora escribe esta página! Antes era la que se dedicaba a leerla, pensando e imaginando que la consagración religiosa era sólo para los buenos, los santos, los otros; no para mí. Sin embargo, así como hoy la experimento y como tantos otros hombres y mujeres la han vivido, la vocación religiosa y misionera es un don gratuito de Dios, que nos lo da no porque lo merezcamos o seamos buenos sino simplemente porque él así lo quiere.
Soy Valeria Ruiz, de Iquitos. Hace poco hice mi primera profesión religiosa, en la que Dios me consagró para la misión ad gentes en la familia de las Misioneras Combonianas. Después de diez meses de aspirantado realizados en Lima, luego de un previo acompañamiento, y cuatro años de formación en Ecuador (dos de postulantado y otros dos de noviciado), profesé el día 13 de septiembre del año pasado en Quito (Ecuador), con mis cuatro hermanas de camino: Maricela, Raquel e Ylenia, de México; y Donata, de Italia.
Me parece que fue ayer cuando me despedí de mi familia, ellos con lágrimas en los ojos y yo cantando y silbando para no ponerme a llorar también. Pero tengo la certeza de que dejamos todo por Alguien mucho más grande, que se convierte en nuestro Compañero en el trayecto de la vida.
Durante este tiempo de formación Dios ha puesto en mi camino muchas personas y situaciones para vivir la aventura de mi vocación; recuerdo con alegría a las hermanas Chelita, Naty y Rosita, que me han acompañado en estos años; recuerdo también las comunidades en las que viví y tuve la oportunidad de compartir y descubrir que dejé a mi pequeña familia de sangre por una mayor, pues no son los lazos de la sangre los que nos unen sino los de la fe.
Qué asombro y admiración me causaba ver tantas hermanas de diferentes lugares. Al inicio me preguntaba cómo hacían para vivir juntas latinas, africanas y europeas, hasta que una hermana me dijo: «Valeria, la razón por la que estamos juntas es porque todas tenemos la vocación misionera. El Señor nos ha llamado y es él quien nos congrega para intentar vivir la experiencia del cenáculo de los Apóstoles; y estamos convencidas de que nuestra primera misión es anunciar a Jesús y vivir en comunidad».
Esto es lo que he encontrado y vivido en este tiempo de formación: una comunidad de hermanas que me han acogido como soy, con mis dones y mis fragilidades; una comunidad a la cual yo tenía que acoger como es porque también ahí Dios se manifiesta.
Mi primera destinación luego de mi profesión religiosa es ir a aprender la lengua inglesa para prepararme más y mejor para la misión en el pueblo que Dios me ha enviado. Estoy convencida de que es la familia que el Señor ha pensado para mí.
Finalmente, camino con la certeza que Dios me ha llamado y consagrado. Y me seguirá dando la fuerza para caminar permaneciendo en él, así como él está en mí.