El profeta no comprendido
En este mes de mayo será beatificado el cardenal inglés John Newman, el primero que con el Movimiento de Oxford adelantó el actual ingreso de los anglicanos a la Iglesia católica. Para una familia inglesa como la suya, el catolicismo era en aquel tiempo una religión extraña y extranjera. El trayecto de fe de John Newman fue el camino sufrido y solitario de un peregrino apasionado de la verdad.Para John Newman desde muy joven la fe cristiana fue la búsqueda de una relación personal entre él y Dios, y de la verdad completa. Llegó a abandonar la Iglesia anglicana porque, según él, ésta era en el fondo una sociedad más política y social que religiosa. Estudió en la universidad de Oxford, fue profesor en ella y allí se estrenó, en 1825, como pastor de la Iglesia anglicana. Fue quizás el principal impulsor del llamado «Movimiento de Oxford», que después de 450 años redescubría los aspectos católicos del anglicanismo y promovía una «segunda Reforma», una «vía media» entre anglicanismo y catolicismo. Lo que empezó siendo un movimiento de vuelta a los orígenes, pero no de retorno a Roma, terminó con el ingreso en la Iglesia católica de numerosos y prestigiosos intelectuales ingleses, como Manning, Faber, Chesterton, etc. En 1841 Newman escribió un libro para el cual el concilio de Trento era compatible con los 39 artículos anglicanos. Frente a una reacción negativa del ambiente anglicano, con algunos compañeros se retiró a Littmore en extrema austeridad, a orar, ayunar y estudiar. Cuando el padre Domingo Barbiere, un italiano pasionista cuya ayuda espiritual había pedido, llegó hasta él la tarde del 8 de octubre de 1845, totalmente empapado por la lluvia abundante, Newman se arrodilló frente a él y le pidió ser recibido en la Iglesia católica. Luego hizo su confesión general que duró varias horas. Nunca se arrepintió de su decisión. Sus amigos anglicanos de Oxford no lo entendieron. «Yo era para ellos como un muerto. Los había amado mucho y era apreciado por ellos. Me hicieron el vacío». Solamente la convicción de obedecer a Dios y a su conciencia lo movió a la conversión. «Buscar la verdad, a pesar del sacrificio propio», era uno de sus lemas. Por otra parte escribió: «Desde el momento que me hice católico, mi paz y mi alegría interior han sido perfectas; no he vuelto a tener una sola duda». Viajó a Roma y allí fue ordenado sacerdote el 1 de junio de 1847, tenía 45 años. Entró en la congregación del Oratorio de San Felipe Neri. Esperaba encontrar en esta ciudad una respuesta a las grandes cuestiones modernas. Pero el papa Gregorio XVI no tenía nada que decir sobre esto; reclamaba sus estados temporales y toda evolución política o del pensamiento era condenada. Según Newman, los príncipes de la Iglesia habían dejado de creer que ésta, «más que en el apoyo de los gobiernos, debían confiar en las promesas de Cristo». Quedó aterrado por la poca o nula formación doctrinal del clero. Vuelto a Inglaterra fundó un Oratorio en Birmingham y, ya que los católicos eran excluidos de Cambridge y Oxford, se esmeró por fundar una universidad católica en Dublín (Irlanda), de la que fue rector por unos años. Esta universidad debía ser autónoma y organizarse para enfrentar las grandes batallas del mundo moderno. «No será un lugar para preparar peticiones en favor del poder temporal del Papa, ni para que se destituya al hombre que no las firme, ni para imprimir bulas dogmáticas». Decía: «Una persona no puede entender propiamente la religión cristiana si no comprende lo que el hombre es capaz de hacer sin la ayuda de ella… Limitarse a enseñar un catecismo sin apoyarlo sobre una base general de cultura y sana apologética, no lo salvará del fanatismo». Newman quería que la fe se apoyara sobre firmes convicciones, en el marco más absoluto de la libertad de conciencia. «Lo que me importa es abrir el espíritu del hombre, educarlo para que busque la verdad». Para él la universidad no debía ser «ni un convento ni un seminario sino un centro para preparar para el mundo a hombres del mundo». Newman fracasó con estas ideas por falta de apoyo; lo denunciaron a Roma. Se desahogaba escribiendo: «No me han comprendido, me han atacado y despreciado. Yo no he adulado a los poderosos. He trabajado con las puertas cerradas ante mí. No tengo ningún amigo en Roma. Me han dejado solo. Estoy tentado de mirar atrás. No lo haré, Señor, con tu gracia no lo haré». Quería que se permitiera a los laicos enseñar y dirigir la economía de la universidad. Para él ellos tenían derecho a ser consultados en temas como la política, la educación, etc. «No quiero laicos arrogantes, indiscretos, pendencieros..., sino hombres que conozcan su religión y sepan defenderla; laicos inteligentes que sepan cómo se relacionan la fe y la razón, que sean capaces de expresar lo que sienten y piensan». Intentó la traducción de la Biblia para los católicos, pero también fue boicoteado. Con católicos de vanguardia dirigió un periódico, que duró muy poco porque fue acusado de hereje. Finalmente, Newman escribió: «Se apoderó de mí el pensamiento que soy una persona que molesta. ¡Qué triste y solitaria ha sido mi vida desde que soy católico!» Escribió entonces entre lágrimas, según él mismo cuenta, Apología pro vita sua, un libro autobiográfico que le devolvió el aprecio de anglicanos y católicos por su honestidad y sinceridad. El cardenal Doupanloup lo invitó a ir al concilio Vaticano I, en Roma; él rechazó la proposición por no ser teólogo y por su estado de salud. Sabía que era considerado por muchos como «un católico por la mitad, liberal, sospechoso, no digno de confianza». Newman no contradijo el dogma de la infalibilidad papal definido en ese Concilio, pero no lo veía oportuno y afirmaba la «colegialidad de los obispos»; no podía haber ningún conflicto entre la aceptación del primado del Papa y la colegialidad de los mismos. Escribió proféticamente: «Seamos pacientes, tengamos fe y un nuevo Papa y un Concilio convocado de nuevo pueden orientar plenamente la barca de Pedro». Criticaba que los obispos fueran simples criaturas de la Curia Romana, atacaba el centralismo y autoritarismo excesivo. Tampoco veía cómo declararse en favor del poder temporal de «un Papa que debía ser protegido de sus propios súbditos por bayonetas extranjeras» (primero los austríacos y después los franceses). Según Newman, «el patrimonio de Constantino no formaba parte de la promesa de Cristo a Pedro». En Inglaterra lo acusaron de desinteresarse de las conversiones. «Lo que pretendo no son conversiones inmediatas –escribía– sino influir en el pensamiento con vistas a una época lejana, cuando yo ya no estaré aquí». Y en otro escrito: «Para mí lo primero no son las conversiones sino la formación de los católicos y de los que quieren ser católicos. Es un asunto lento , hay que sospechar de los cambios rápidos. Es lamentable que tantos hombres capaces estén rindiendo tan poco». Estaba en contra de toda imposición o presión: «La verdad tiene fuerza por sí misma y se abre camino, es más fuerte que el error». Newman era un profeta y veía lejos. En una carta al Papa escribió: «Lo que pienso, creo sea válido y bueno; pero quizás, en los designios de Dios, mis deseos se realicen dentro de cien años». En los últimos tiempos, ya más tranquilos, intensificó la correspondencia con los muchos amigos; se conservan 20 mil cartas suyas. El papa León XIII, elegido un año antes, lo nombró cardenal en 1879. Murió en 1890, a los 90 años de edad, rodeado por el respeto de todos. El concilio Vaticano II rescató muchas de sus ideas. La búsqueda incesante de la verdad fue el rasgo más fuerte de Newman, hasta dejarse crucificar por ella. Ya antes de ser nombrado pastor anglicano había optado por el celibato como forma de vida, percibiendo que para un consagrado ese era su camino verdadero. Su honestidad intelectual lo llevó tres años antes de su conversión a renunciar a su parroquia, a todo ejercicio de su ministerio y a sus cargos en la universidad de Oxford ya que su atracción hacia la Iglesia católica le impedía representar a la Iglesia anglicana. En su Apología pudo escribir: «Nunca pequé contra la luz».
|