El otro fútbol de África

Este 2010 el fútbol es el protagonista en África. El 11 de junio comenzará en Sudáfrica el Mundial de Fútbol. Es la primera vez que este acontecimiento tiene lugar en suelo africano, donde hay una enorme afición al deporte rey y existen numerosas iniciativas que usan el fútbol y otros deportes para ayudar a niños y jóvenes a acceder a la educación y salir de la marginación. El terreno de juego sirve también para reconciliar a antiguos combatientes y conseguir más igualdad para las mujeres.A primera vista parece un polideportivo más de cualquier barrio: canchas de fútbol, básquetbol y voleibol ocupadas por jóvenes que corren detrás de una pelota mientras otros chicos y chicas pasean por las instalaciones, animan a voces a sus amigos o conversan animadamente sentados en las sencillas gradas de cemento. Pero el Centro de Jóvenes de Kamenge, situado en las afueras de Buyumbura, la capital de Burundi, es mucho más que un lugar donde pasar ratos de ocio. Durante mucho tiempo fue un oasis de paz en medio de uno de los lugares que sufrieron los peores enfrentamientos de una guerra que se cobró 300 mil vidas entre 1993 y 2003. Kamenge es uno de los barrios marginales de Buyumbura, que durante el conflicto sufrió duras campañas de limpieza étnica en las que se eliminó o expulsó a todos los que pertenecían a la etnia hutu. En otros barrios vecinos fueron los tutsis quienes sufrieron las represalias. Caminar por las calles de estos suburbios fue, durante muchos años, exponerse a ser tiroteado en alguno de los numerosos enfrentamientos que a menudo estallaban en esta parte alta de la ciudad entre el ejército y la guerrilla. Las frecuentes masacres de estudiantes de «la otra tribu» en colegios y universidades contribuyeron a alimentar el odio de estos dos grupos –especialmente de la población juvenil–, que durante siglos vivieron en coexistencia más o menos pacífica antes de la llegada del colonialismo europeo. A nadie se le ocurriría montar unas instalaciones deportivas en medio de un campo de batalla, sobre todo teniendo en cuenta que su construcción – que tardó varios años– corrió paralela al desarrollo de la guerra. Pero, como explica el director de este peculiar centro, el sacerdote italiano Claudio Marano: «El arzobispo de Buyumbura, Simon Ntamwana, nos pidió a principios de los años 90 que hiciéramos algo para que los jóvenes hutus y tutsis se encontraran y aprendieran a convivir, como el mejor antídoto contra el odio tribal».
Algunos de los jóvenes que descansan después de jugar al fútbol son antiguos guerrilleros o soldados desmovilizados. Sorprende pensar que los que hoy son compañeros de equipo hace pocos años estaban en distintas trincheras, enfrentados entre sí. Incluso durante los años de la guerra el centro –que siempre fue respetado por las bandas armadas– acogió a muchachos de las dos etnias, que hallaban en sus patios y locales un lugar donde respirar con calma y encontrarse, algo que la sociedad en la que nacieron les negaba. «A todos los jóvenes les gusta el deporte –insiste el padre Claudio– y eso nos ha servido para que por medio de esta actividad superaran sus prejuicios y empezaran a hacerse amigos». Deporte para sanar heridas
Este uso del deporte en Burundi como medio para sanar las heridas de una guerra no es un caso aislado. Varios cientos de kilómetros más al norte, en Uganda, miles de niños y jóvenes intentan salir de una existencia traumática causada por dos décadas de violencia en el norte del país. Allí la guerrilla del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en siglas inglesas) secuestró desde principios de los años 90 al menos 40 mil menores para obligarlos a combatir entre sus filas. Dos millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus casas y a vivir en campos de desplazados en condiciones infrahumanas. Hoy, aunque aún no se ha firmado un acuerdo de paz, los dos años de negociaciones entre el LRA y el gobierno han dado paso a un período de calma que ha animado a muchos desplazados a volver a sus hogares. Uno de los retos más difíciles a los que se enfrentan las comunidades es la reintegración de varios miles de menores que han escapado de la guerrilla. Este problema adquiere tintes de mayor dramatismo en las niñas, quienes además de ser obligadas a vestir un uniforme y a disparar, fueron convertidas en esclavas sexuales. La mayor parte de ellas vuelven con niños pequeños, nacidos en el bosque, y al tener el estigma de haber sido «las mujeres de Kony» (el extraño líder del LRA), son a menudo rechazadas por sus comunidades de origen. Entre las iniciativas encaminadas a su recuperación destaca la escuela Santa Mónica, en la ciudad de Gulu, que durante muchos años fue el epicentro de la guerra. Fundada originariamente en los años 80 como una escuela de corte y confección, hoy imparte también cursos de catering y secretariado. Hace tres años las Hermanas del Sagrado Corazón, de Uganda, que dirigen el centro, aprovecharon el amplio terreno del que disponía la escuela para construir unas pistas deportivas. El resultado, casi inmediato, fue una sorpresa para todos, como explica la Hna. Rosemary Nyirumbe, directora del centro: «Es increíble ver a chicas a las que veíamos siempre tristes y con la autoestima por los suelos, que de repente cogen interés por jugar al voleibol o al básquetbol y se pasan las horas riendo y disfrutando. Parece como si la pelota les hubiera devuelto la vida que tenían aletargada dentro de ellas». Además, apunta Nyirumbe, muchas jovencitas que malviven vendiendo cuatro cosas en el mercado y que han descartado toda idea de retomar sus estudios, empiezan viniendo a Santa Mónica porque sus amigas las animan a hacer deporte y, una vez allí, se animan a apuntarse a alguno de los cursos, que les da la posibilidad de un futuro más digno. Muchas de las que han terminado allí sus estudios, hoy tienen su propio taller de costura o su pequeño restaurante, que han aprendido a gestionar en las aulas vecinas a las canchas deportivas. Por las tardes, cuando la campana señala el fin de las clases, un tropel de chicas corre hacia los vestuarios. A los pocos minutos salen listas para el entrenamiento: unas llevan camisetas del Real Madrid y otras del Barça. Pero, según confiesan muchas de ellas, sus preferencias de fútbol se decantan hacia el Arsenal, el Manchester y otros equipos de la Liga inglesa, por los que los ugandeses siempre han sentido verdadera pasión. Y es que en África el fútbol es mucho más que un deporte. Como afirma Thomas Hollman, de la Agencia Alemana de Cooperación, «es un medio en el que millones de africanos depositan su esperanza para conseguir ser valorados y obtener una identidad; es un sueño». Según Hollman, «el fútbol en África es político. Si gana el equipo nacional, el poder de los gobernantes queda reforzado, pero sus derrotas hacen vibrar el orden establecido. El entrenador del equipo nacional es el tercer hombre del Estado, sólo detrás del presidente y del jefe religioso». Sudáfrica y Zambia: fútbol contra el Sida En el país que acogerá el Mundial de Fútbol, Sudáfrica, es sabido que el deporte consiguió unir a toda la nación durante la celebración de los campeonatos mundiales de rugby, un deporte considerado tradicionalmente de blancos. Además de contribuir a reconciliar a antiguos enemigos, muchas instituciones aprovechan el poder de convocatoria del fútbol para ayudar a niños y jóvenes de ambientes marginales a luchar contra el Sida. Este es el caso de la escuela salesiana de Ennerdales, situada en Finetown, uno de los «townships» más pobres de Johannesburgo. La ONG española Red Deporte y Cooperación (www.redeporte.org) construye allí unas pistas deportivas y ha formado a monitores. Como explica su cooperante Silvia Bados, «trabajamos para que estos niños y niñas en riesgo de exclusión social puedan no sólo disfrutar de las nuevas instalaciones deportivas y del salón sino también para que la formación que damos a los líderes comunitarios en deporte y en temas referentes al VIH-Sida pueda crear, dentro de lo posible, un entorno más sano y espacios donde los niños puedan vivir su infancia de manera saludable». Sudáfrica atrae hoy a numerosas organizaciones que trabajan con el fútbol para realizar cambios sociales. Silvia recuerda la celebración, en junio del año pasado, del congreso «Football for Hope» (Fútbol de la Esperanza), un evento de tres días auspiciado por la FIFA y por Street Football World (www.streetfootballworld.org), una red social compuesta por más de 70 iniciativas locales en todo el mundo, que utilizan el fútbol para luchar contra la pobreza. Muchas de estas ONGs trabajan codo con codo con instituciones de la Iglesia, particularmente de la familia salesiana, cuya tradición del «oratorio» de san Juan Bosco siempre ha otorgado una gran importancia a los juegos como medio para educar. Este es el caso de la Ciudad de la Esperanza, un colegio situado a las afueras de Lusaka, la capital de Zambia, donde varios cientos de niños y jóvenes procedentes de ambientes marginales reciben una educación de calidad. El centro, dirigido por las hermanas salesianas desde su apertura, en 1994, acoge también a varias docenas de niñas abandonadas que han vivido en la calle, un problema creciente en la capital zambiana. Después de trabajar dos años construyendo pistas deportivas y organizando torneos para estos jóvenes, el cooperante Vicente Iraizoz, también de Red Deporte y Cooperación, confiesa estar impresionado por haber visto «cómo el deporte los ayuda psicológicamente. Es una gran terapia para muchas de estas personas que han tenido un pasado muy duro y tienden a aislarse. A través del lenguaje universal del juego se integran en un grupo y socializan». «El objetivo es crear centros deportivo-educativos en zonas desfavorecidas o conflictivas para que los jóvenes tengan un espacio seguro en el que disfrutar del tiempo libre de una forma constructiva», explica. «Esto tiene un doble efecto positivo: los jóvenes ganan seguridad en sí mismos y se alejan de la delincuencia y del peligro de contagio de VIH, a lo que están abocados en las calles», añade. Vicente, hincha entusiasta del Osasuna, se sorprende al ver que en los países de África donde ha trabajado –Zambia y República Democrática del Congo– los equipos más admirados son los de la Liga española. Y también le llama la atención otro detalle: «Nos llevan la delantera en la predisposición de las mujeres para jugar, algo que sorprende en unas sociedades en las que el machismo y el maltrato forman parte de su cultura».
En los campamentos saharauisEn el otro extremo de África los campamentos saharauis, ubicados en Tinduf (Argelia), albergan a varias decenas de miles de personas cuya vida transcurre de forma monótona y con pocos alicientes. Con la mayor parte del Sahara ocupada por Marruecos, y a pesar de que la Misión de las Naciones Unidas para este territorio lleva ya bastantes años presente en el lugar y de que las ayudas internacionales cubren sus necesidades básicas, el futuro de sus habitantes se presenta incierto y sin visos de solución a corto plazo. «Lo peor es la monotonía que asfixia», dice Silvia Bados. «Cuando se vive en este lugar inhóspito, a pesar de la inmensidad del desierto uno tiene la sensación de estar encerrado en un lugar donde el aislamiento hace mella». Su labor en la ONG Red Deporte la llevó a trabajar en estos campamentos en dos ocasiones, siempre con proyectos deportivos en colaboración con el Ministerio de Educación saharaui, que otorga una gran importancia a la educación física. Según Bados, «el deporte cumple aquí una importante función de ayudar a los jóvenes a ocuparse durante su tiempo de ocio. De hecho, ante la falta de perspectivas y salida de profesionales, la delincuencia juvenil –antes inexistente– ha aumentado durante los últimos años». María Martín Laguna, de la Universidad Ramón Llull de Barcelona, ha trabajado junto con Silvia en la organización de actividades deportivas en los campamentos de Tinduf y también ha realizado investigaciones sobre el papel de la actividad física en la autoestima de las mujeres saharauis. Según explica, «las actividades deportivas ayudan a transformar las relaciones entre hombres y mujeres, y también a cambiar el modelo cultural de imagen femenina. «Según la mentalidad tradicional, la mujer tiene que estar gorda y el hombre espigado. Más allá de la curiosidad que esto pueda despertar y del contraste con la mentalidad occidental en la que el ideal de belleza femenino es todo lo contrario, muchas mujeres sufren importantes riesgos de salud al llegar incluso a tomar pastillas de engorde usadas por ganaderos para sus reses. El deporte ayuda a las mujeres a cambiar esta percepción de ellas mismas», añade. Deporte para la posguerra en SudánEn Sudán Meridional el básquetbol se lleva la palma como deporte con más seguidores. Sin duda, la alta estatura de los dinka, la etnia mayoritaria en el sur del país, tiene mucho que ver con esto. Manute Bol, el gigante dinka de la NBA norteamericana, que mide 2,31 centímetros, es el ídolo de todos ellos. En el patio de la misión salesiana de Tonj, cientos de niños y jóvenes se agolpan poco antes de caer la tarde para animar a dos equipos de la escuela que disputan un reñido partido alrededor de una canasta de aspecto desvencijado. Alex Deng es uno de ellos. Sentado a la sombra de una acacia, este muchacho de 16 años cuenta que hace sólo dos él, sus padres y sus hermanas volvieron después de pasar diez años en campos de refugiados del norte de Uganda. Él y su familia tuvieron más suerte que muchos de sus vecinos, que al quedarse en medio del conflicto sudanés terminaron viviendo como desplazados internos, en pésimas condiciones. Muchos de sus compañeros que, como él, estudian en la escuela Don Bosco, fueron niños soldados en las filas rebeldes del SPLA. La guerra entre el SPLA y las fuerzas de Jartum –que se saldó con unos dos millones y medio de muertos desde 1983– terminó oficialmente en 2005. Desde entonces, los salesianos de Tonj luchan a brazo partido para reorganizar la escuela y ofrecer a sus alumnos una educación que pueda orientarlos hacia el futuro y curar las heridas del pasado. Una tarea nada fácil. Su director, el padre John Peter Savarimuthu, explica que «conseguir materiales de construcción es muy difícil porque hay que traerlos de los países vecinos y a menudo por carreteras peligrosas, pero más difícil aún es conseguir maestros». Más de 20 años de guerra han dejado un país sin profesionales preparados y los pocos profesores que se encuentran proceden de Uganda y Kenia. La educación física ocupa un lugar importante en las actividades escolares de la escuela Don Bosco, donde con la ayuda del Ayuntamiento de Las Rozas (Madrid) los salesianos acaban de construir unas pistas deportivas para que puedan ser usadas por los alumnos y también un pozo de donde se extrae agua por medio de una bomba accionada por energía solar. Son las siete de la noche y los muchachos abandonan a regañadientes la pista de básquetbol, mientras las chicas hacen lo mismo en el vecino campo de voleibol. Todos ellos vuelven a sus casas mientras discuten acaloradamente quién ha jugado mejor y prometen marcar más puntos al día siguiente. Los chicos y chicas de Tonj, de Gulu, de Bujumbura, de Lusaka o de las wilayas (provincias) saharauis tienen la suerte de jugar al fútbol o al básquetbol con pelotas de verdad y en pistas de arena o de tierra batida. En otros arrabales míseros de ciudades africanas o en explanadas de zonas rurales otros niños y jóvenes corren descalzos detrás de una pelota de plásticos viejos o de hojas de platanal hecha por ellos mismos. Cuando llegue el mes de junio de este año se agruparán alrededor de una vieja radio y soñarán mientras animan a sus equipos africanos. Unos equipos en los que juegan grandes estrellas que tal vez un día empezaron como ellos. |