La despedida y partida de un misionero PDF Imprimir E-mail

El padre Rodolfo Coaquira Hilaje, misionero comboniano nacido en el altiplano y formado en los valores culturales y religiosos del pueblo aymara, nos cuenta su experiencia.

Fui llamado por el Señor a la vida misionera hace tres décadas. Con mucha pena y alegría dejé el Perú apenas ordenado sacerdote, en 1992. Pena porque dejaba mi familia, mis amigos, mi país. Pero también alegría porque llevaría el Evangelio de Jesucristo a los pueblos chichewa y tumbuka de Zambia, en África, con los cuales permanecí durante nueve años.
Allá comprendí que Dios ya estaba presente en aquellos pueblos. Como dueño del universo y de la historia les había revelado su amor a la medida de su cultura. Me tocaba a mí nacer y aprender los caminos del Señor desde la perspectiva de unas culturas totalmente diferentes a la mía. Como discípulo y apóstol de Jesucristo aprendí a confiar más en él que en mis capacidades humanas.
Los últimos ocho años –nuevamente en el Perú– me tocó servir a la Iglesia acompañando a los futuros misioneros en la casa de formación de Lima. En este tiempo he tratado de compartir con los estudiantes mi experiencia misionera en África y la alegría de la vocación religiosa.
Ahora he sido llamado nuevamente a partir para África. Tendré que quitar el polvo de las gramáticas chichewa y tumbuka, y preparar la mochila misionera. Aunque ya estuve allá, tengo cierto temor pues seguramente no encontraré el país como lo dejé, hace ocho años. Por lo tanto, será un nuevo comienzo para mí. Los cristianos de Zambia han tomado el liderazgo en la Iglesia; nosotros, los misioneros, ya no somos la fuerza principal de la evangelización. Sin embargo, la necesidad de misioneros es todavía urgente.
Partir por segunda vez tiene sus ventajas, pero también comporta miedos y suscita muchos interrogantes. Al mismo tiempo, el espíritu del Señor se manifiesta con más fuerza, lo que hace que vaya con alegría y entusiasmo, con la certeza de que la misión de la Iglesia no es un proyecto humano sino divino: «Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo» (Mt 28,19-20).
Les pido su oración para que pueda anunciar la buena noticia de Jesucristo con fidelidad y perseverancia en aquellas tierras lejanas.