| La vocación del Hermano comboniano |
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Durante mi etapa de formación en el postulantado llegué a pensar que, tal vez, mi vocación era ser Hermano misionero comboniano, así que con toda la fuerza de la vocación que surge como lava de un volcán en erupción, fui al encuentro mensual con el formador y, sin esperar a que empezara el diálogo con el clásico ¿cómo te sientes?, disparé yo primero: «Quiero ser Hermano comboniano y no sacerdote». Él, con la calma del hombre sabio y acostumbrado a los arranques primarios y frutos de la emoción del momento, me respondió: «Siéntate y cálmate». Y sin más preludio continuó con cariño: «Tú no tienes madera para ser Hermano comboniano». Así acabó mi vocación a Hermano. Hoy, después de algunos años de trabajo misionero en África, le doy gracias a Dios por la vocación sacerdotal que me regaló y me sigue regalando cada día. Hace pocos días me llamó un joven profesional en administración de empresas que sentía inquietud por la vida consagrada como Hermano, no como sacerdote. Cuando nos encontramos y tuve la oportunidad de hablarle sobre la vocación de Hermano comboniano para la misión, vi como sus ojos y su rostro se iluminaban ante lo que le presentaba sobre esta forma de servicio a Dios, como diciéndome «sí, esto es lo que busco, este es el modo como quiero vivir». El Hermano comboniano está llamado a vivir y testimoniar la fraternidad de Cristo a todos los hombres y en todos los campos de la vida profesional en los que trabaja específicamente. Este testimonio al que está llamado, nos hace recordar que somos una gran familia de sacerdotes, hermanos y hermanas, y a la vez un «pequeño cenáculo de apóstoles» llamados a irradiar a todo el que se fija en nosotros el amor de Cristo por los más pobres y abandonados de este mundo, como quería san Daniel Comboni. Juan Pablo (así se llama el joven) me decía: «Padre, a ti te dijeron que no tenías madera para ser Hermano comboniano; entonces, ¿qué cualidades se necesitan para serlo?, ¿qué madera es necesaria?» Muchos hermanos son profesionales en diferentes campos, pero ciertamente eso no basta. El Hermano misionero comboniano es, primero que nada, un consagrado; y desde su consagración hace presente a Cristo con su profesión ahí donde es enviado a servir, porque en el servicio al ser humano sirve a Dios y experimenta el «África o muerte» que los combonianos vivimos en los diferentes lugares del mundo en los que nos encontramos. «No tienes madera para ser Hermano», me dijo mi formador. Sólo ahora comprendo el porqué. Cuando contemplo la vida de aquellos Hermanos santos y capaces que he conocido a lo largo de mi vida como sacerdote misionero, me digo a mí mismo: «Mi formador tenía razón, la madera de la que está hecho el Hermano comboniano es especial, dura como el roble y al mismo tiempo blanda y ligera como la de balsa, pronta a ser transformada y adaptada a las diversas necesidades del trabajo de la misión.En mis años como misionero comboniano en África, me he encontrado con Hermanos que con su profesión de mecánicos, doctores, enfermeros, arquitectos, etc., han dado y siguen dando testimonio de la fraternidad que están llamados a vivir. Recuerdo de manera especial a uno, con el que tuve la oportunidad de trabajar durante algunos años en la misión y cuyo ejemplo de vida hacía que la gente dijera de él: «Es un hombre de Dios». Es que el Hermano comboniano está llamado a ser hombre de gran piedad, vida pura y virtud sólida; a colaborar con el Señor en la misión; a ser modelo y evangelio vivo; a ser sembrador del Evangelio y a vivir como Jesús, haciendo el bien. Todo esto y más tenía el Hermano del que les hablo; y aunque ahora ya no está físicamente con nosotros, sé que desde el Reino en el cielo que se ganó construyéndolo entre sus «amados hermanos africanos», continúa intercediendo por nosotros y, sobre todo, sigue siendo ejemplo para los que de él recibimos tanto. Al conocerlo comprendí la frase que por mucho tiempo resonó en mi mente y corazón: «No tienes madera para ser Hermano comboniano». Hoy sé que esa madera, de la que hablaba mi formador, hay que recibirla, es dada; es un don que viene de Dios y no es gratuito porque hay que hacer de él vocación de servicio fraterno». Muchos jóvenes con los que me encuentro, profesionales o en vías de serlo, sienten el llamado a la vida consagrada no como sacerdotes sino como Hermanos y buscan esta forma de vida religiosa. Quizá tú tengas la «madera que se necesita para serlo» y te estés preguntando: ¿Por qué yo no? Quizá la madera de la que estás hecho sea precisamente la que Dios busca para que la vocación y misión del Hermano misionero comboniano se haga presente en el mundo. |



Durante mi etapa de formación en el postulantado llegué a pensar que, tal vez, mi vocación era ser Hermano misionero comboniano, así que con toda la fuerza de la vocación que surge como lava de un volcán en erupción, fui al encuentro mensual con el formador y, sin esperar a que empezara el diálogo con el clásico ¿cómo te sientes?, disparé yo primero: «Quiero ser Hermano comboniano y no sacerdote».
misión.