| Romper los límites |
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La guerra deja huella en las costumbres cuando llega la paz. El toque de queda obligaba a los sudaneses a regresar a sus hogares antes de las siete de la noche. Hoy, cuatro años después de la firma del acuerdo de paz entre el gobierno de Jartum y el ejército del Sur (SPLA), continúa volviendo a sus casas al atardecer. A esa hora debemos acabar las actividades en la parroquia San Daniel Comboni de Wau: preparación de los catecúmenos para el bautismo en árabe y dinka (la etnia más numerosa), Legión de María, preparación para la primera comunión y confirmación, grupo de jóvenes, promoción de la mujer… Este hábito limita mucho las posibilidades pastorales pues el tiempo para trabajar con la gente queda reducido a dos horas. La palabra límite acompaña también la vida cotidiana. Muchos días no hay electricidad o está restringida a unas horas, el agua desciende lentamente cuando te duchas, la conexión a Internet a través de la línea de telefonía celular es extremadamente lenta, los periódicos llegan sólo de vez en cuando, no hay canales de televisión… No son cosas esenciales, pero las circunstancias nos obligan a limitarnos en el uso de cada una de ellas porque son bienes escasos. No comparto esta experiencia con añoranza de la abundancia; al contrario, siento alegría de poder relacionarme con las cosas materiales de esta manera. Por otro lado, se han roto muchos límites aquí en Wau. La guerra y las minas antipersonales sembradas en los campos y caminos habían limitado nuestro servicio misionero a la ciudad, los poblados de la sabana habían quedado aislados. Hoy podemos visitarlos, escuchar a sus gentes y formar comunidades cristianas. ¡Son tantos los poblados que piden nuestra llegada!, en algunos casos porque tienen verdadera sed de la Palabra de Dios, en otros porque piensan que nuestra presencia les traerá mejoras materiales en sus vidas. Por eso les cuesta aceptar que en vez de traer soluciones a sus problemas desde el exterior, intentamos activar sus propios recursos y hacerlos protagonistas activos de su crecimiento. Este proceso es lento y doloroso. La guerra ha limitado el horizonte de la gente ya que le impide pensar en actividades que mejoren la calidad de su vida a largo plazo: agricultura, educación… Nuestro trabajo consiste en alargar esos horizontes, estimularlos a romper los límites que generan muerte y conservar los que generan vida. En cierto sentido esto es lo que debería suponer en nuestras vidas la encarnación del Verbo. Dios eligió el límite al asumir nuestra humanidad y nacer en un pesebre. De esta manera rompió los límites que nos atenazaban y nos abrió los horizontes ilimitados de una vida que no acaba. Tras nueve meses en Jartum y dos y medio en Port Sudan al servicio de los desplazados del Sur, ahora puedo conocer la región de donde provienen. El 16 de enero por fin me establecí en Omdurmán, aquí continuaré mi servicio misionero. Todos estos viajes me han ayudado a aprender a elegir lo esencial en cada desplazamiento. Que la Encarnación del Verbo nos ayude a vivir fundamentados en aquello que no pasa. |



La guerra deja huella en las costumbres cuando llega la paz. El toque de queda obligaba a los sudaneses a regresar a sus hogares antes de las siete de la noche. Hoy, cuatro años después de la firma del acuerdo de paz entre el gobierno de Jartum y el ejército del Sur (SPLA), continúa volviendo a sus casas al atardecer. A esa hora debemos acabar las actividades en la parroquia San Daniel Comboni de Wau: preparación de los catecúmenos para el bautismo en árabe y dinka (la etnia más numerosa), Legión de María, preparación para la primera comunión y confirmación, grupo de jóvenes, promoción de la mujer… Este hábito limita mucho las posibilidades pastorales pues el tiempo para trabajar con la gente queda reducido a dos horas.