Igualdad de género PDF Imprimir E-mail
A partir de 1975 se han celebrado diversas reuniones y conferencias internacionales en favor de la mujer, en las cuales la sociedad y los gobiernos se han comprometido a colaborar y trabajar en pro de ella. Sin embargo, la desigualdad y la violencia siguen generalizadas y profundamente arraigadas gracias a normas y tradiciones sociales y culturales que refuerzan las estructuras de poder dominadas por el hombre.

Mujeres y culturas
«Las mujeres constituimos más de la mitad de la humanidad. Damos la vida, trabajamos, amamos, creamos, militamos, nos distraemos. Nosotras garantizamos actualmente la mayoría de las tareas esenciales para la vida y la continuidad del género humano. Sin embargo, nuestra posición en la sociedad permanece subvaluada», expresa la Carta Mundial de las Mujeres.
Los datos para argumentar esta situación desventajosa de la mujer en el mundo son más que elocuentes. El Fondo de Población de las Naciones Unidas, en su informe Estado Mundial de la Población 2008 (en adelante EMP 2008), presenta una radiografía de las condiciones que afrontan. De los mil millones de personas más pobres en el mundo, las tres quintas partes están constituidas por mujeres y niñas. De los 960 millones de adultos analfabetos en todo el planeta, dos terceras partes son mujeres. De los 130 millones de menores que no asisten a la escuela, el 70 por ciento corresponde a niñas. De los 200 millones de migrantes extranjeros, la mitad son mujeres. En todos los países las féminas tienen menor remuneración que los hombres, debido tanto a que están concentradas en trabajos mal retribuidos, como a que reciben menos paga por el mismo trabajo. Aun cuando ellas dedican el 70 por ciento de su tiempo no remunerado a cuidar de los miembros de sus familias, esa contribución a la economía mundial sigue siendo invisible.
Además, la mitad de todas las mujeres adultas ha padecido violencia a manos de sus compañeros íntimos. Y casi todos los conflictos armados recientes se han caracterizado por la violencia sexual sistemática contra la mujer, a la cual se la utiliza como instrumento para aterrorizar y para la «depuración étnica», como sucedió en la ex Yugoslavia, en la década de los 90, o en Ruanda en 1994.

Cuestión de culturas
Durante siglos muchas culturas han «naturalizado» la superioridad, el poder y el dominio del hombre. Las civilizaciones patriarcales, por ejemplo, crearon normas, costumbres y tradiciones que perpetuaban la violencia por motivos de género, y en el seno de la familia se enseñaba a ignorarla o aceptarla como algo normal.
Aristóteles, 300 años antes de Cristo, afirmaba que «los libres mandan a los esclavos, los hombres a las mujeres y los adultos a los niños». Todavía en el siglo XVII Rousseau escribía: «Toda educación de las mujeres debe ser relativa a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar de ellos, educarlos cuando niños, cuidarlos cuando mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles grata y suave la vida, estas son las obligaciones de las mujeres en todos los tiempos y esto es lo que desde su niñez se les debe enseñar».
En la actualidad todavía resulta difícil romper estos paradigmas. Así lo expresa el informe del Fondo de Población de las Naciones Unidas: «Desde su más temprana infancia, frecuentemente se enseña a muchas mujeres que son “seres inferiores a los hombres y que suelen ser culpables de la violencia que se les inflige”. En su carácter de esposas o compañeras su deber es mantener unida a la familia a cualquier coste. Tanto las mujeres como los hombres aprenden a hacer caso omiso de la violencia por motivos de género o a aceptarla. En esas circunstancias la violencia en el hogar se transforma en algo “naturalizado e invisible”».
Incluso las propias mujeres son las defensoras de estas conductas violentas. «Cuando las mujeres internalizan percepciones negativas pueden sostener, sin proponérselo e incluso inconscientemente, relaciones de poder nocivas. Es posible que las mujeres no sólo lleguen a aceptar arreglos jerárquicamente desventajosos sino que también los defiendan y sostengan activamente», revela el informe EMP 2008. Por ejemplo, en algunas culturas africanas muchas mujeres aceptan como práctica normal el matrimonio en la infancia, la mutilación genital femenina, el repudio y exclusión por cuestiones de esterilidad, la opresión que ejercen las mujeres de más edad sobre las más jóvenes, los problemas con las co-esposas o las familias políticas.

Avances
La lucha de las mujeres por la igualdad de género lleva ya dos siglos. No ha sido un camino fácil. Sin embargo, ha habido grandes logros: trabajo fuera de casa, mayor independencia económica, participación electoral y política, convenciones internacionales y promulgación de leyes en pro de sus derechos y libertades.
Para documentar nuestro optimismo recurrimos nuevamente al Informe EMP 2008 porque enumera algunos logros en este continente. «En América Latina se viene luchando por erradicar la violencia en el hogar. Los promotores de los derechos humanos de la mujer han trabajado firme y sostenidamente para lograr que los gobiernos dicten leyes y apliquen eficaces políticas públicas. También les preocupa erradicar los valores patriarcales dentro de los ámbitos culturales que apoyan la violencia privada y «desnaturalizada».

Mayor conciencia
En general, se tiene mayor conciencia de que la igualdad de género es un derecho humano; de que empoderamiento de la mujer implica desarrollo planetario; de que su papel es fundamental en la vida social, económica, política, religiosa y cultural de los pueblos.
«Educar a una mujer es educar a un pueblo», dice un proverbio congoleño. Esta frase no es gratuita, está demostrado que educar a una mujer es educar a una familia y educar a ésta es educar a la sociedad. «Recuerdo el día que el marido de una mujer fue a la catedral (en República Democrática del Congo) para dar gracias a los educadores y arrepentirse de todos sus intentos por impedir que su esposa fuera a las clases de alfabetización. Hoy ella sabe leer y escribir, y es quien hace el seguimiento de los estudios de los niños cuando él no puede. Tras la guerra, muchos hombres no trabajan y son las mujeres las que mantienen a la familia. Para los gastos escolares de los niños es la mujer la que se hace cargo de todo», declara la hermana Anoarite Mbuda a la revista Mundo Negro.
La organización Save the Children señala que «educación equivale a futuro, y futuro a prosperidad». Por eso sostiene que brindar formación a las niñas implica beneficios en una sociedad y cambia el rumbo de un país. «De los 130 millones de menores que no asisten a la escuela, el 70 por ciento son niñas; la repercusión que esto tiene para el desarrollo de sus comunidades es vital, si tenemos en cuenta que el crecimiento del uno por ciento en la matrícula de muchachas a la secundaria conllevaría a un aumento del 0,3 por ciento en el crecimiento económico. Si las mujeres recibieran la misma educación que los hombres, la producción agrícola aumentaría entre 7 y 22 por ciento», afirma la ONG española InteRed.

Retos
Falta camino por recorrer. En muchas culturas aún prevalece la autoridad «otorgada», incluso por las mismas féminas, al varón. Hoy en día, por ejemplo, las mutilaciones genitales son práctica común en 16 países de África subsahariana y en aquellos con gobiernos islamistas radicales como Egipto, Yemen, Malasia, Emiratos Árabes, Indonesia o Pakistán. Según la UNICEF, cada año más de dos millones de adolescentes son sometidas a este ritual. Guinea Bissau encabeza la lista de infibulaciones con 98,6 por ciento de mujeres que la han sufrido. Se calcula que para este 2010, 136 millones de jóvenes en el mundo habrán sido afectadas por esta práctica.
Otro de los grandes retos para el desarrollo de la mujer son las nuevas formas de esclavitud del siglo XXI, es decir: el tráfico de seres humanos, la explotación sexual, los niños esclavos y los niños soldados. Por ejemplo, la explotación sexual es la tercera actividad ilícita más lucrativa del mundo –las dos primeras que más ganancias generan son los tráficos de armas y de drogas–, deja ganancias anuales por 12 mil millones de dólares y tiene atrapadas a más de tres millones de personas, en su mayoría mujeres y niñas.

«Espectáculo» y cultura machista
La lucha por el respeto de la dignidad, libertades y derechos de la mitad de la población mundial implica también un análisis crítico ante anuncios que promueven la imagen de la mujer como objeto sexual, como un «ser para agradar al hombre». Todos los días, en todo el mundo, millones de anuncios publicitarios presentan a mujeres semidesnudas que anuncian zapatos, autos, relojes… Diariamente se transmiten programas, novelas, reality shows que presentan al hombre conquistador, agresivo, individualista y hasta misógino.

A manera de conclusión
Como católicos sabemos que hombre y mujer poseen la misma dignidad ante Dios. Este Dios vivo, que es Padre y es Madre, nos ha creado a su imagen y semejanza, y se ha revelado en hombres y mujeres durante toda la historia de la humanidad. Más aún, se ha encarnado en su hijo Jesús por medio de una mujer. Una forma de rendirle culto, como católicos, consiste en hacer de la igualdad un ejercicio diario, un acto de amor hacia él y la humanidad. Debemos sensibilizarnos, avergonzarnos y combatir todas las formas de violencia hacia las féminas. Necesitamos transformar los mitos que dan superioridad al hombre, transfigurar las relaciones de poder y opresión, modificar las normas y prácticas que sostienen las desigualdades y la violencia, promover la aplicación de leyes que protejan los derechos de las mujeres y sancionen a quienes atenten contra su integridad.
En estos dos últimos siglos hemos logrado avances importantes, pero falta mucho por hacer. Como seguidores de Cristo debemos continuar impulsando ese amor al Dios vivo, manifestado en hombres y mujeres por igual. Así, comprometidos y esperanzados, seremos capaces de cambiar y enriquecer aspectos negativos de las culturas de las que formamos parte. No olvidemos que las culturas pueden transformarse y enriquecerse. Como dice don Pedro Casaldáliga: «Hay que soñar andando». Busquemos estos cambios espirituales, personales y culturales que permitan vivir con dignidad y en pleno goce de sus derechos a todos los seres humanos, especialmente a los grupos excluidos. El reto es aplicar en nuestra vida diaria, en la cotidianidad de nuestro hogar, este anhelo de formar un mundo mejor, sin explotación, sin opresión, sin exclusiones y sin violencia; un mundo igualitario, justo, solidario y pacífico para todos los seres humanos.