Cariño, ¿nos vamos de pesca? PDF Imprimir E-mail
«Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Le contestaron: “También nosotros vamos contigo”» (Jn 21,3). No, no se trata de una invitación a pasar una semana de pesca en el río. Es algo mucho más interesante. Ya pasaron las cobardías y desorientaciones de la noche de la Pasión. Los discípulos están renovados con el regalo del Espíritu Santo, se sienten nuevos, ven las cosas de otra manera. Y además sienten que Jesús les ha dejado un encargo muy serio: ser los continuadores de su obra en el mundo.
San Juan presenta esta inquietud evangelizadora y misionera con la descripción de la pesca en el lago. Pedro se decide a lanzarse: «Me voy de pesca». No al lago, como cuando lo encontró Jesús por vez primera. Se va de pesca por los caminos del mundo. Los demás tampoco quieren sentirse menos y allá van: «También nosotros vamos contigo». Ha comenzado la obra misionera de la Iglesia. Ya no es la hora de discutir si creemos o no, si lo seguimos o nos vamos, si el camino nos parece difícil o fácil, si sus palabras son duras o suaves. Es la hora de vivir, la hora del anuncio. Y la Iglesia sale por los caminos del mundo al encuentro de los hombres.
Hemos vivido una mentalidad un tanto rara en la Iglesia. Pensar que el anuncio del Evangelio era cosa de curas y monjas. Olvidamos que era asunto de la Iglesia y por tanto de los bautizados. Incluso se llegó a pensar que en la vida había que tomar dos opciones: sacerdote-religiosa-misionero o casado. Y los que optaban por el matrimonio quedaban liberados de los deberes misioneros. Esta situación se está revirtiendo, felizmente. Los esposos están llamados a vivir el misterio y misión de la Iglesia de una manera diferente, como pareja. Hoy son muchos los casados que incluso sienten la necesidad de dedicar algunos años de sus vidas al servicio directo en zonas misionales, que anuncian el Evangelio por los caminos del mundo.
Los esposos deben ser una invitación mutua a «ir de pesca»: ir de anuncio, ir de misión. Esta vocación y tarea misionera deben vivirla en situaciones y posibilidades diferentes.
La fe que vive la pareja no puede quedarse en ella. Está llamada a florecer e iluminar hacia fuera. «El sacramento del matrimonio que plantea con nueva fuerza el deber arraigado en el bautismo y en la confirmación de defender y difundir la fe, constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo “hasta los confines de la tierra”, como verdaderos y propios “misioneros del amor y de la vida”» (FC, 54).
El sacramento del matrimonio no es un recorte del bautismo, tampoco es un recorte y limitación de las exigencias de la confirmación. Ratifica y robustece estos dos sacramentos y a la vez marca caminos nuevos de realización. El bautismo de los esposos sigue en toda su realidad y necesidad de donación en la experiencia sacramental del matrimonio. Por lo tanto, como bautizados los esposos son bautismalmente misioneros. El sacramento del matrimonio cualifica la vocación misionera del bautismo de los esposos, los hace «misioneros del amor» y «misioneros de la vida». Es el campo propio y adecuado de la experiencia misionera de la pareja.
«Misioneros del amor». Están llamados a anunciar el amor a los hombres con el testimonio de su amor. Son una invitación a todos a vivir en el amor, a entenderse amándose, a realizarse no en la fuerza del poder sino en la fuerza misteriosa del amor. Misioneros de un amor fiel e indisoluble que revele al mundo la «alianza nueva y eterna» del amor de Dios a los hombres.
«Misioneros de la vida». Como nadie, los esposos saben de la vida. Ellos son el manantial de donde ésta brota. Están llamados a anunciar la vida, el valor de la vida, el amor por la vida. En una cultura anti-vida la acción misionera evangelizadora de la vida es esencial para el mundo. La pareja está llamada a ser el «Evangelio vivo de la vida». Es necesario que la cultura materialista y utilitarista deje de cegar tantos manantiales de vida. Donde los manantiales mueren, los campos quedan desiertos.
Las parejas creyentes unidas por el sacramento tienen otra invitación no menos importante: ser luz para aquellas otras que por circunstancias de la vida aún no han llegado al Evangelio o lo han dejado enfriarse en sus corazones. La acción testimonial y misionera de la pareja es esencial en la Iglesia. Ellos pueden hablar del amor desde su amor, desde la alegría de su amor. Pueden hablar de fe desde su amor, desde su fe. Nadie mejor para hablar de amor y de fe que quienes viven amándose y creyendo a la vez.
La pareja no es sólo manantial de vida, es también manantial de conciencia misionera. No vive encerrada en sí misma sino abierta al quehacer misionero de la Iglesia; está, de alguna manera, sembrando semillas de esta vocación en los hijos. Se ha dicho que la actual educación «no forma para ser personas» sino para «ser útiles-productivos» y para «ganar más». Sin embargo, aún queda un espacio donde lo gratuito es posible, donde los ideales del hacer gratuito son creíbles. Y es ahí donde se despiertan las vocaciones consagradas y misioneras.
¿Y van más lejos, hasta los territorios mismos de misión? También cabe esta posibilidad dentro de las exigencias de fe de los esposos. Es decir, el único horizonte que recorta el panorama de la pareja es el de la Iglesia y el del mundo. Por lo tanto, un horizonte abierto a todos los ideales, a todos los riesgos y a todos los sueños de aventura de la fe.