| Un jesuita peruano en Chad |
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El padre Alfredo Vizcarra Maurice nació en Lima, en 1960; pero durante su infancia y adolescencia vivió y estudió en diversos lugares del Perú. «En realidad toda mi vida –nos relata el sacerdote– la he pasado yendo de un lugar a otro. Mi padre, que es militar, ha estado por todas partes». Al volver a Lima para su último año de colegio, el profesor de religión le habló de un grupo de jóvenes universitarios y del último año de secundaria que se reunía en la iglesia de Fátima, en Miraflores. «Yo me interesé –continúa el padre Alfredo– quizá porque acá en Lima no tenía raíces, no tenía muchos vínculos. El grupo, llamado “Siempre”, era asesorado por el jesuita Luis María Grández. Ya no existe en la actualidad, pero en aquellos tiempos era grande y los jóvenes provenían de varias universidades limeñas».Ingresa con los jesuitas Alfredo entró a estudiar Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pero después de dos años y medio abandonó los estudios para ingresar al noviciado de los jesuitas en Barrios Altos, en el jirón Conchucos, muy cerca de la «Huerta perdida»; allí los novicios hacían su trabajo pastoral y posteriormente pasaban al juniorado, sito en Breña, para continuar con los cursos de letras y humanidades. Una vez terminada esta fase de la formación, Alfredo dejó el Perú para ya no volver de forma estable. En 1986 viajó a Chile para hacer los estudios de filosofía. Al terminar estos, y antes de iniciar la Teología, los jesuitas pasan por una experiencia de trabajo, una obra apostólica de la Compañía que puede durar dos o tres años. Alfredo fue destinado a Chad y para ello tuvo que aprender el francés, lengua que en parte conocía ya que durante el juniorado la había estudiado. Al terminar su experiencia en el país africano, inició los estudios de Teología en Brasil. En 1994 fue ordenado sacerdote. La misión Una vez ordenado y destinado a desempeñar su trabajo sacerdotal en el país donde había hecho su primera experiencia apostólica, el padre Vizcarra necesitaba saber el árabe. Por esta razón estuvo dos años en Dar Comboni, en El Cairo (Egipto), estudiando esa lengua. Continuó su aprendizaje por un año más en Líbano. Al llegar a Chad trabajó tres años en una parroquia de la región de Gera, en el Sahel, en el centro del país. En la actualidad sigue allí, en lo que es ahora el recientemente establecido vicariato apostólico de Mongo. «Chad es un país grande, mil kilómetros cuadrados menos que el Perú –nos dice el padre–. Los primeros sacerdotes llegaron en los años 30 para “fundar la Iglesia”. Cuando llegaron los jesuitas, en el año 46, ya estaban establecidos los capuchinos y los oblatos, y hubo una cierta confusión o discusión sobre quién se encargaría de tal o cuál zona. La labor de estos misioneros, junto a la de los jesuitas, ha sido promover actividades agrarias, obras de desarrollo para la producción agrícola.La mayoría de los habitantes del vicariato son musulmanes. Los cristianos son menos del uno por ciento. A pesar de la diferencia, la relación entre los dos grupos religiosos ha sido buena, sobre todo por la presencia de la Iglesia católica en Abeché, en la frontera con Sudán, y luego en Gera. En el tiempo en que llegaron los jesuitas, mucha gente se hacía católica. No había tantos musulmanes, pero más tarde llegaron las conversiones al islam, sobre todo después del triunfo de Hissène Habré, que fue presidente del país. La Iglesia se ha creado un prestigio gracias a las escuelas que fundó desde un principio, a los dispensarios y a la actividad desarrollada con los campesinos. Ésta última se ha organizado de forma tal que el agricultor aprende a prever los tiempos difíciles y no depende completamente de la naturaleza, de si llueve o no llueve, o de si hay plagas. De esta manera puede evitar las hambrunas». Fe y Alegría en Mongo El padre Alfredo ha venido de vacaciones al Perú, pero también para ponerse en contacto con el Movimiento Fe y Alegría. «Comenzamos en 2007 como Fe y Alegría –nos dice–, pero el trabajo ya lo habíamos iniciado antes. Este Movimiento es una federación de colegios católicos presente en 17 países de América Latina. El fundador es el padre Vela, que ya tenía en la mente que pudiera llegar a otros sitios del tercer mundo y su mira era África, ir más allá hasta alcanzar otros continentes, quería llegar a Asia. Nosotros hemos construido módulos para escuelas de tres aulas en 40 poblados, pero nos hacía falta una institución que diera una orientación al trabajo que hemos hecho porque no basta con construir las aulas. Las escuelas comunitarias nacen porque la comunidad las quiere. No había maestros formados, entonces pensamos en Fe y Alegría y entramos en contacto con ellos, con el coordinador de la federación, para que dieran una orientación a nuestras escuelas. Vinieron a Chad a visitarnos y nos llevamos una sorpresa cuando nos dijeron que ya teníamos Fe y Alegría. Esto por la participación que tiene la gente en el trabajo de la escuela, porque las aulas han sido construidas por la comunidad y porque junto con los colegios hemos procedido luego a la construcción de graneros comunitarios para hacer frente a las necesidades de la gente. Hemos construido también barreras para retener el agua y alimentar las capas freáticas subterráneas para que haya agua el mayor tiempo posible». Una Iglesia pequeña queda testimonio El vicariato se entiende como una Iglesia pequeña, para la cual la prioridad no está en las conversiones. «Nos interesa una Iglesia pequeña, de servicio y testimonio, de desarrollo y promoción humana –nos dice una vez más el padre Alfredo–. Todo lo que hacemos no es sólo para los cristianos sino para todo el mundo. Nuestra experiencia de Iglesia no sólo es un aporte para la Iglesia chadiana, lo es también para la vida social del país, para ir construyendo identidad nacional porque se trata de una nación en la que el 60 por ciento de la población es musulmana y el resto se divide entre católicos y protestantes, con un remanente de animistas. Nuestro propósito es en realidad trabajar por el Reino, hacia el cual la labor de la Iglesia está encaminada». El trabajo realizado en la misión del padre Alfredo responde a una palabra: participación. «Yo soy el párroco –afirma–, pero mi interés es que la parroquia no sea propiedad del cura sino de toda la Iglesia, que los miembros asuman su responsabilidad. Todo lo que es administración está en manos de los laicos. La comunidad parroquial se logra con la participación de la gente, los laicos son quienes deben ocuparse de la parroquia. Yo soy el pastor que los acompaña. Cada quien tiene su propia responsabilidad. ¿Cómo puedo decir que la Iglesia es el cuerpo de Cristo si los cristianos no están incluidos en él?» Dificultades y alegrías El padre Alfredo habla de su misión y del ambiente tan austero en el que vive. Dice de Chad que es una región semiárida, con una geografía a la que no estamos acostumbrados. La vegetación es escasa y lo mismo los alimentos. No hay mucha variedad. Las lenguas son diferentes y las relaciones son también austeras. Hacen falta muchos años para poder establecer relaciones con los grupos étnicos. El francés alcanza a poca gente. El árabe, sin embargo, le ha abierto las puertas. Pero en medio de una vida tan austera hay otras compensaciones. Las personas son muy afectuosas. El misionero aprende mucho de la solidaridad que existe entre la gente; del espíritu fraterno. Esto hace que privarse de ciertas comodidades no pese tanto frente a la manifestación de la fraternidad. Todos son hermanos. Un mensaje final El padre Alfredo se entusiasma ante el tema de «la pasión de Dios, la pasión por los hombres». «Hay que vivir de manera apasionada –nos dice–. Yo presento lo que estoy haciendo. El trabajo de Fe y Alegría es una pasión que no es mía sino que Dios se apasiona por todos nosotros y por nuestras pasiones. Éstas nos comunican la pasión de Dios. La vida es una pasión. Todo lo que hagamos es un lenguaje para expresar la pasión. El apasionamiento, la vida, es una efervescencia en realidad; la creación es eso, un desborde. Para los jóvenes que están buscando un futuro, un qué hacer, qué decidir, les digo que el “qué hacer” no es un objetivo, es un lenguaje para expresar lo que llevamos más hondo: la pasión por la vida. Lo que está pasando en Chad con medios tan pequeños, con pocos recursos, es que la gente quiere progresar. Es la pasión por la vida. Podemos tener mil medios, pero si no hay pasión… de nada sirve». |



El padre Alfredo Vizcarra Maurice nació en Lima, en 1960; pero durante su infancia y adolescencia vivió y estudió en diversos lugares del Perú. «En realidad toda mi vida –nos relata el sacerdote– la he pasado yendo de un lugar a otro. Mi padre, que es militar, ha estado por todas partes». Al volver a Lima para su último año de colegio, el profesor de religión le habló de un grupo de jóvenes universitarios y del último año de secundaria que se reunía en la iglesia de Fátima, en Miraflores. «Yo me interesé –continúa el padre Alfredo– quizá porque acá en Lima no tenía raíces, no tenía muchos vínculos. El grupo, llamado “Siempre”, era asesorado por el jesuita Luis María Grández. Ya no existe en la actualidad, pero en aquellos tiempos era grande y los jóvenes provenían de varias universidades limeñas».
Cuando llegaron los jesuitas, en el año 46, ya estaban establecidos los capuchinos y los oblatos, y hubo una cierta confusión o discusión sobre quién se encargaría de tal o cuál zona. La labor de estos misioneros, junto a la de los jesuitas, ha sido promover actividades agrarias, obras de desarrollo para la producción agrícola.
Una Iglesia pequeña que
estoy haciendo. El trabajo de Fe y Alegría es una pasión que no es mía sino que Dios se apasiona por todos nosotros y por nuestras pasiones. Éstas nos comunican la pasión de Dios. La vida es una pasión. Todo lo que hagamos es un lenguaje para expresar la pasión. El apasionamiento, la vida, es una efervescencia en realidad; la creación es eso, un desborde.