La tentación de siempre PDF Imprimir E-mail
Un pajarito encontró una buena ración de comida y huyó hacia el cielo sujetando fuerte su conquista. Una bandada de aves lo persiguió y lo atacó hasta quitársela trozo a trozo. Al final, el pobrecito tuvo que ceder hasta el último pedacito. Cuando se quedó por fin solo, empezó a volar libremente pensando: «He perdido la comida, pero he reconquistado mi hermoso cielo».
Es cierto que el desapego a las cosas es fuente de paz y serenidad porque sobre los bienes materiales se desencadena la batalla: feroces picotazos y violentas luchas para quitar al otro lo que tiene bien apretado. Engaños, violencia, abusos... son parte de esta terrible danza del poseer. Pero cuando el hombre llega a liberarse de la codicia y saborea la paz, el cielo vuelve a ser radiante, la naturaleza deslumbrante y la vida feliz.
Cierta vez escuché decir: «Es la codicia la que hace el progreso». Pero también es la misma la que provoca la guerra; y «con la guerra hay todo que perder, mientras que con la paz hay todo que ganar», lo dijo Pío XI antes de la segunda guerra mundial. Una lección que el hombre no acaba de aprender cuando es devorado por la ambición.
Recuerdo los versos de Dante Alighieri en el infierno, cuando habla del avaro: «Tiene naturaleza tan malvada, que nunca sacia su voracidad y después de comer tiene más hambre que antes». Se perdonan más fácilmente otros pecados, no el de la avaricia. Quien sufre de esta «enfermedad» se vuelve antipático y mezquino. En El Principito, Exupery así lo describe: «Conozco un hombre tan pobre, pero tan pobre, que lo único que tiene es dinero. ¡Es un hongo!»
Hay poblaciones que se llevan la reputación de tener el primado en tacañería y gozan de una florescencia de chistes prácticamente inagotable. Déjenme recordar hoy a los cuatro avaros (callo la nacionalidad) que, después de haber comido como reyes en un restaurante, al momento de pagar estalló la discusión para ver a quién le tocaba liquidar la cuenta. Visto que no llegaban a un acuerdo, el dueño del establecimiento les dio un consejo: «¿Ven esa tina de agua? Ponga cada uno su cabeza dentro de ella. Quien salga primero, pagará la cuenta». Dicen que se ahogaron los cuatro.
Desde hace 30 años he oído cientos de veces esta canción: «Todos queremos más y más y siempre más». Esto no es verdad, muchos han llegado a ser felices porque se contentan con lo que tienen. Como dice un proverbio italiano: «Quien se contenta, goza». No es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita. ¿Acaso no es esto lo que nos enseña Cristo en el Evangelio? (Mt 6,25).