Un misionero sabio y precursor PDF Imprimir E-mail
El 11 de mayo de 2010 se cumplirán cuatro siglos de la muerte del padre Mateo Ricci. En 2009 los jesuitas iniciaron la celebración del «Año de Mateo Ricci» en honor a su intensa vida y apostolado profético, convertidos hoy en todo un modelo para el diálogo entre la ciencia y la fe, y el encuentro de civilizaciones. El 17 de mayo de 2009 dieron inicio en Macerata, su ciudad natal, a los actos de solemnidad. Días antes, el 6 de mayo, se había hecho pública una carta de Benedicto XVI al obispo de esta diócesis, Claudio Giuliodori, en la que subraya «la profunda fe y el extraordinario talento cultural y científico» que durante largos años alimentaron los esfuerzos de Ricci para establecer un diálogo entre Occidente y Oriente, al mismo tiempo que se empeñaba en una profunda inculturación del Evangelio en la vida y cultura del gran pueblo chino.
Un poco de su vida
(1552-1610)
Mateo Ricci nació en Macerata (Italia), el 6 de octubre de 1552. En 1568 partió a Roma para estudiar la carrera de Derecho y tres años después ingresó como novicio en la Compañía de Jesús. En 1572 fue destinado a Florencia para estudiar humanidades y entre 1573 y 1577 vivió en Roma, donde estudió ciencias con el famoso físico jesuita Christophorus Clavius, en el Colegio Romano. Ese año se trasladó a Coímbra (Portugal), donde inició sus estudios de Teología; en septiembre de 1578 viajó a Goa (India), junto con otros 13 jesuitas, y allí continuó sus estudios teológicos.
En 1580 fue ordenado sacerdote, llegó a Macao en 1582 e inmediatamente se puso a la dura tarea de aprender la lengua china. Al año siguiente Guo Yingping, gobernador general de las provincias de Guangdong y Guangxi, les concedió a Ricci y al padre Ruggieri el permiso para instalarse en Zhaoquing, al oeste de Guangzhou. Desde ese momento el jesuita emprendió un largo camino, cuyo objetivo era instalarse en el centro del imperio: Beijing. En su residencia tenía un mapa del mundo que suscitaba gran interés entre sus visitantes. Por sugerencia de éstos lo copió, tradujo los nombres de los lugares al chino y lo hizo imprimir en 1584, esa es la primera edición del famoso Mapamundi o Yudi Shanhai quantu y el contacto por el que logró la conversión de unas 70 personas. Posiblemente, para entonces Ricci ya había adoptado su nombre chino, Li Madou.
En 1589 un nuevo gobernador general ordenó a los jesuitas irse de la provincia; pero Ricci logró que los autorizara establecerse en la parte norte de Guangdong, de este modo se trasladaron a Shaozhou. En este lugar adquirieron una casa, construyeron una iglesia y adoptaron los ropajes de los monjes budistas para inculturarse en la nueva realidad. En 1592 la residencia fue atacada y Ricci herido en un pie, incidente que le causó cojera de por vida.
Con la idea que para convertir a China a la fe cristiana debía evangelizar primero al Emperador y a las clases dirigentes, Ricci abandonó Shaozhou y en 1595 viajó a Nanking con la esperanza de seguir hasta Beijing. Pero al no poder quedarse allí por la invasión japonesa de Corea, continuó hasta Nanchang, donde obtuvo el permiso de residencia. Allí publicó su primer libro en chino: Jiaoyoulun (Sobre la Amistad). También tradujo a este idioma y editó, en 1596, su pequeño Tratado sobre Mnemotecnia, con el objetivo de satisfacer a los visitantes que deseaban saber cómo cultivaban la memoria los occidentales.

La larga marcha hacia
 Beijing
En 1598 Wang Hunghui, ministro de ritos de Nanking, se percató de que el saber astronómico y matemático de los occidentales podía ayudar a mejorar el calendario chino. Por ello se ofreció a escoltar a Ricci y al padre Lázaro Cattaneo hasta Beijing. Durante el viaje su compañero jesuita, que era músico y había logrado captar la variedad de tonos usados por los chinos al hablar, ayudó a Ricci a preparar un diccionario de este idioma, Vocabularium sinicum, ordine alphabetico europeorum more concinnatum et per accentus suos digestum, en el que se consignan los cinco tonos y las aspiraciones de las palabras usadas en el lenguaje oficial.
Llegaron a Beijing el 7 de septiembre de 1598; pero, debido a la desconfianza de los chinos hacia los extranjeros, no fueron recibidos. Wang les aconsejó entonces volver a Nanking, adonde llegaron al año siguiente. Una vez establecidos, muchos funcionarios eruditos visitaron a los jesuitas en su residencia. Cuando se le presentó una segunda ocasión de viajar a Beijing, Ricci la aprovechó, pero fue detenido en Linqing –junto con Diego de Pantoja y el hermano Zhong Mingren– durante casi medio año, por orden del director de impuestos. Más tarde, llamados a la capital, arribaron a ésta el 24 de enero de 1601. El emperador Wan Li quedó encantado con los regalos y dio la orden de que los misioneros se hospedaran en el palacio y enseñaran a los eunucos a reparar los relojes y a tocar el clavicordio.

El Catecismo de Ricci
En 1603 apareció la primera edición del Catecismo redactado por Ricci, Tianzhu shiyi (El verdadero significado del Señor del Cielo), que sirvió para las primeras conversiones. Durante los más de 25 años que permaneció en China, el jesuita escribió unos veinte libros, científicos y no científicos. Cinco de sus obras científicas –36.000 volúmenes chinos reunidos bajo el título de Qiankun tiyi (Tratado sobre el Cielo y la Tierra)– se conservan en su totalidad, copiadas en la Siku quanshu (Gran Enciclopedia de las Cuatro Tesorerías). De sus obras no científicas, cinco tienen reseñas en la Siku quanshu zongmu tiyao (Reseñas compendiadas de la bibliografía general de la Gran Enciclopedia de las Cuatro Tesorerías).
La tensión y el cansancio a lo largo de los años debilitaron la salud de Ricci, que murió en Beijing, a los 57 años de edad, el 11 de mayo de 1610. El Emperador permitió a los jesuitas enterrarlo en las afueras de la puerta oriental de la ciudad. El lugar, conocido como Zhalaer, fue entregado en el siglo XIX al cuidado de los hermanos Maristas, pero durante la rebelión de los boxers (en 1900) la tumba fue destruida y luego reconstruida. Durante la Revolución Cultural de Mao (1966) la sepultura fue abatida por segunda vez, aunque luego parcialmente restaurada. Tres años antes, por unanimidad, los obispos chinos que asistieron al Concilio Vaticano II habían pedido al Papa introducir la causa de beatificación del padre Mateo Ricci.
Los misioneros en China
Según los historiadores especializados en misionología y culturas, los evangelizadores más notables en China durante los siglos XVI y XVIII fueron los miembros de la Compañía de Jesús. En estos dos siglos su influencia fue muy importante y se puede decir que el primer gran nexo de unión entre China y Europa, entre Oriente y Occidente, tanto desde el punto de vista cultural como científico. De ahí que suelan considerar a los jesuitas los introductores de la ciencia occidental en China.
Los jesuitas que llegaron a este país –o al menos la corriente dominante entre ellos– estaban persuadidos de que la mejor manera de introducir el catolicismo era llegando primero a las clases dirigentes (políticos y científicos). La solución la encontraron en la ciencia, que por aquel entonces sufría una verdadera revolución en Europa, mientras que el Imperio oriental, en ese momento bajo la dinastía Ming, pasaba por una cierta decadencia. En particular la astronomía y las matemáticas fueron las ciencias que mayor prestigio dieron a los jesuitas y les abrieron las puertas hasta el mismo Emperador.
El diálogo y la armonía entre la ciencia y la fe cristiana
La gran intuición de Mateo Ricci fue que la ciencia puede ser un medio poderoso para la propagación de la fe. En tiempos en que esta era una tarea muy difícil debido a que la teología occidental cristiana se expresaba en un lenguaje filosófico que implicaba un modo de pensar la realidad, de desarrollar los procesos lógicos de la mente y de utilizar unos símbolos que eran incomprensibles en China, ¿era posible desnudar culturalmente la teología occidental para reelaborarle un ropaje que la hiciera comprensible? Tal vez es la misma pregunta que hoy se hacen científicos, filósofos y teólogos que intentan encontrar plataformas comunes de diálogo entre ciencia y religión. En este proceso Ricci fue un adelantado y, con las salvedades culturales y teológicas anacrónicas, señala un camino de presencia inculturada en las culturas y en las ciencias.
El primer paso que Ricci y los jesuitas dieron en China fue aprender la lengua; el segundo, conocer y valorar la cultura; el tercero, la conversión de la cabeza: ya que era un país centralizado, el pueblo seguiría los pasos de sus dirigentes. El cuarto paso era acceder a las clases dirigentes ofreciéndoles algo que no tenían: el saber de Occidente, una ciencia que incluso podía solucionar los problemas políticos y económicos del país. En quinto lugar, el plan de Mateo Ricci señalaba que si se supervisaba el conocimiento científico, se podía controlar también la educación: desde el principio, junto con la tarea misionera el otro gran objetivo de los jesuitas en China fue la creación de una red de colegios.

Mensaje de Juan Pablo II en 2001
El reconocimiento al trabajo de Ricci se expresa claramente en un párrafo del mensaje de Juan Pablo II del 24 de octubre de 2001, con ocasión del Congreso internacional celebrado en Roma para conmemorar los 400 años de su llegada a Beijing: «La misma China, desde hace cuatro siglos, tiene en alta consideración a Li Madou, “el sabio de Occidente”, como fue designado el padre Mateo Ricci. Desde un punto de vista histórico y cultural, como pionero fue un valioso eslabón de unión entre Occidente y Oriente, así como recíprocamente entre la antigua y elevada civilización china y el mundo europeo».
Y continúa: «Como ya destaqué, con íntima convicción, él tuvo un mérito especial en la obra de inculturación: elaboró la terminología china de la teología y de la liturgia católica, creando así las condiciones para dar a conocer a Cristo y encarnar su mensaje evangélico y la Iglesia en el marco de la cultura china. El padre Mateo Ricci de tal modo se hizo “chino con los chinos”, que se convirtió en un verdadero sinólogo, en el sentido cultural y espiritual más profundo del término, puesto que en su persona supo realizar una extraordinaria armonía interior entre el sacerdote y el estudioso, entre el católico y el orientalista, entre el italiano y el chino».