Entrevista con Adriana Margarita Salcedo Cabello, laica comboniana mexicana PDF Imprimir E-mail
Adriana Margarita Salcedo Cabello es natural de Guadalajara, México; ha trabajado como misionera laica durante seis años en la sierra del Perú. Antes de regresar a su país compartió su experiencia con nosotros.
–¿Cómo conoció a los misioneros combonianos?
–Tuve un retiro en la iglesia Belén de Jesús, de Guadalajara, y ahí conocí a los combonianos. Pedí permiso a la coordinadora de mi grupo para poder integrarme a ellos y me dijo: «Si Dios te llama a ese grupo, anda». A partir de entonces los misioneros me invitaron a sus reuniones que tenían los jueves; nunca falté, hasta que salí de misiones.
–¿Qué la motivó a integrarse al grupo?
–El sentido de hacer algo. Yo tenía múltiples compromisos con la sociedad como contadora pública, pero eso no me satisfacía en el aspecto íntimo, sólo era parte de mi trabajo. Entonces conocí a los combonianos y poco a poco fui adentrándome en el trabajo de la misión, hasta que un día me interrogué: ¿Qué voy a hacer cuando vaya de misión? Enseguida empecé una preparación intensa de catequesis, de crecimiento en la oración, entré a un curso de Biblia… Quería estar preparada.
–¿Cómo nació la idea de venir de misión al Perú?
–Fue parte de la obediencia porque mi interrogante era ¿a dónde voy a ir? Este fue el primer país que me propusieron, me dijeron «te vas a Perú» y gustosa acepté, sin saber qué me esperaba. Para mí es un honor haber trabajado aquí ya que no creo merecer tantas bendiciones de Dios. Las cosas fueron llegando y yo aceptaba lo que el Señor me daba. He estado seis años de misión en este país, empecé en Cerro de Pasco y de ahí me destinaron a Santa Ana de Tusi, en el mismo departamento. Después me propusieron continuar los últimos dos años en la sierra de Huánuco, en Rondos.
–¿Qué actividades ha realizado en este tiempo?
–Realicé trabajos que nunca en la vida imaginé. Por ejemplo, simplemente escuchar a las personas dolidas que tenían secuelas del terrorismo, acompañar el cansancio de los jóvenes cuando iban a las chacras, estar con los niños, dar consuelo a las ancianitas. Asimismo, visitaba las escuelas para complementar las clases de los maestros de religión, ayudaba a los chicos a prepararse a través de dinámicas y juegos para que aprendieran más rápido. También participé en la radio del pueblo, la municipalidad nos dio la oportunidad de animar a la población con música y temas de aliento y alegría, enseñándola a vivir sin violencia.
Además, el párroco de la localidad nos habilitó un local donde los niños podían hacer sus tareas de investigación, tener talleres de danza para mejorar su motricidad y hacer ejercicios plásticos. Y cuando el padre no asistía, celebraba la liturgia del día. Acompañé a la gente en la enfermedad y di charlas sobre cultivos, salud y educación. Por otro lado, motivé a los chicos a inscribirse en el instituto tecnológico. En las áreas que desaprobaban, los apoyaba para que no suspendieran sus estudios ya que hay oportunidad de desarrollo en el pueblo y no siempre tienen que salir a Cerro de Pasco. Fueron actividades pequeñas, pero con gran amor.
–¿Y cuáles fueron las dificultades?
–Las dificultades, más que nada, aparecen cuando uno propone nuevos proyectos. Las personas piensan que se les quiere quitar sus costumbres, se sienten violentadas; entonces uno tiene que tener la capacidad de decir que no es así, que es para mejorar y explicarles que hay otras formas de hacer las cosas, más evangélicamente. En mi misión era un recomenzar cada día, después vieron que los proyectos eran con buena intención y empezaron a colaborar y a expresar su forma de sentir; de esa manera pude armonizar el trabajo. Ver que aceptaran las propuestas fue signo de que quedó algo en sus corazones.
–¿Vivió alguna anécdota?
–Sí. Por ejemplo con eso de las costumbres. Un día llegué a hacer limpieza total al templo y sin saber tiré todas las flores que había porque me dije: «Bueno, ya están marchitas y hay que traer nuevas». Pero resulta que aquí «las flores duran un año en la capilla». Este acto fue algo fuerte para ellos, pues toman poco a poco las flores para hacer oración, para hacer sus ritos como pedir la sanación de las personas. Yo había desechado todo eso y se disgustaron mucho. Entonces, la Semana Santa siguiente tuve que reponerlas; me dijeron: «Como tú has tirado las flores, ahora te encargarás de recolectar nuevas». Y conseguirlas fue difícil porque en esa zona no hay muchas, pero con la bendición de Dios lo logré.
–Alguna experiencia.
–Tuve una experiencia un poco triste. Mi papá murió mientras yo estaba de misión. Pero Dios me concedió la gracia de despedirme de él unas semanas antes, por teléfono. En esa ocasión le comenté sobre el trabajo que hacía y le conté que los padres me habían propuesto quedarme un tiempo más, entonces él me dijo: «Aprovecha, hija, que tienes la oportunidad de realizar ese trabajo». Le pregunté si contaba con su bendición y me dijo que sí, «que Dios bendijera a los padres y a todos en el pueblo». Esa fue la despedida porque unas dos semanas después falleció. Yo no pude viajar porque él murió un viernes y lo enterraron un sábado. Por la falta de comunicación recién me avisaron el domingo. El lunes pude viajar a Cerro de Pasco para llamar a mi familia y ya habían iniciado el novenario de misas. Sólo pude acompañarla con el sentimiento y la oración.
La gente en la comunidad me preguntaba: «¿Tú no guardas luto?» Yo les decía que lo llevaba por dentro, que era como una ofrenda que hacía al realizar los consejos que mi papá me había dado en vida, como hacer oración por él. Recuerdo que cuando me dieron la noticia estaba rodeada de niños que no tienen papá, están en Lima o los han abandonado; entonces di gracias al Señor por la bendición de haber tenido un papá y una mamá que me dieran cariño.
–¿Qué se lleva a México?
–Para mí ha sido un honor realizar este trabajo. Me ha llenado de bendiciones tanto a mí como a toda mi familia y a mis amigos más cercanos. Ellos en parte son como misioneros porque siempre que les comenté sobre mi labor, me ayudaron económicamente y con la oración para poder llevar una ayuda a la gente que la requería por enfermedad o para las mamás que más necesitaban. Esa fue una forma de invitar a todos los que me rodean en mi pueblo a vivir la misión.
–¿Qué mensaje deja a los lectores de la revista Misión sin Fronteras?
–La misión es un estilo de vida que se puede realizar no solamente saliendo sino también desde los hogares, al dar a conocer y vivir el Evangelio; con la atención a los más pobres; el amor que podemos llevar al enfermo, al indigente; y el acompañamiento con la oración, principalmente.
La gente de la sierra es incomprendida porque tiene mucho sufrimiento y heridas por sanar. De ahí deriva la violencia entre las familias y en la sociedad. Por eso los invito a ir en grupo a la sierra para hacer algún trabajo de apoyo social. Ayudar no solamente es enviarles y darles lo que sobra en casa sino también darnos un poco, que sepan que no están solos y darles la mano. Cuando estas personas llegan a la ciudad para poder llevar algo a sus familiares, encuentran agresividad y falta de apoyo para conseguir un trabajo; y regresan más dolidos y resentidos porque durmieron en las calles o los parques y no lograron sus objetivos. Entonces, les pido que les den la mano, los ayuden a capacitarse en algún oficio. Los jóvenes son despiertos y pueden contribuir a mejorar la sociedad.
–Y a los jóvenes…
–Cuando llegue la desesperanza, no se sientan solos. Hay muchas personas a las que pueden acudir; por ejemplo, a las que se dedican a compartir esta aventura tan linda que es la misión y son partícipes, de una forma u otra, de la difusión del Evangelio; ellas las están esperando para brindarles su hombro. Yo pensaba que sólo saliendo podíamos ayudar, pero hay muchas formas de experimentar la misión. Sean soñadores porque los sueños se pueden hacer realidad.
–¿Qué hará al regresar a su país?
–Primeramente iré a acompañar a mi mamá que está delicada de salud y necesita alguien que la atienda. Una vez que mejore, veré de qué forma puedo apoyar a la misión, ya sea trabajando en mi profesión o con mi labor misionera en otro lugar. Mi prioridad es estar con los misioneros porque he visto que ellos son sensibles al dolor humano, cómo reciben a la gente, con qué cariño tratan a todos sin distinción. Estoy orgullosa de eso y es un honor trabajar con ellos; gracias a la familia comboniana.